Elena Vega De la Mora 

Toda cultura política ha empleado la arquitectura como un medio para contar una historia del poder. Desde las primeras civilizaciones, los poderosos han deseado ver confirmada en una obra física y material su visión del mundo y sus ideales políticos.  A través de una obra arquitectónica puede expresarse el pleno significado de la visión que del poder político tienen los hombres y mujeres de poder, ya sea para glorificarse a sí mismos y a su régimen así como para intimidar a sus adversarios o impresionar y seducir a sus adeptos.

 

 Arquitectura totalitaria: Adolf Hitler.

 Los dirigentes totalitarios emplean la arquitectura como parte de su estrategia para demostrar que están en una posición en la que son capaces de controlar los acontecimientos y que basta con imponer su voluntad para cambiar la forma del mundo.

 Desde el punto de vista de un dictador cualquier edificio debe estar indiscutiblemente al servicio de su causa. Stalin, Hitler y Mussolini, en su busca de prestigio, construyeron cuanto pudieron para mostrar su energía y, como en el caso de la transformación que hizo Stalin de las oficinas de una compañía de seguros en la sede de la KGB, para proporcionar un recordatorio amenazador de su afán por sembrar el terror.

III Reich: símbolo del poder de la Alemania Nazi. Fuente: Wikipedia

III Reich: símbolo del poder de la Alemania Nazi. Fuente: Wikipedia

Hitler intentó reducir en una maqueta arquitectónica la Alemania nazi con el objeto de expresar un renacimiento cultural y espiritual en Alemania como parte del Tercer Reich.  El dictador utilizó la arquitectura para poder  controlar cada aspecto de la vida cotidiana y para establecer firmemente su autoridad.Uno de los principales objetivos de la arquitectura Nazi era  reflejar la creencia del socialismo nacional, celebrar la identidad nacional alemana y glorificar la idea de la dominante raza aria, tal como era percibido por Hitler y sus asociados.

 El poder para la modernidad y el progreso: arquitectura porfiriana

Hace un poco más de cien años, Porfirio Díaz se dio a la tarea de erigir los monumentos y los edificios públicos que conmemorarían a la patria con motivo de las fiestas del Centenario de la Independencia de México. El Paseo de la Reforma, el Monumento a la Independencia, el Hemiciclo a Juárez, el Panteón Nacional y el Palacio Legislativo representaban a las instituciones republicanas que legitimaban al régimen. Las hubo también de control social: el Palacio de Lecumberri y el Manicomio de la Castañeda. Al erigirse estos edificios y monumentos el régimen coronaba la ideología del progreso y de la modernidad y apostaba por su legitimación y por la conciliación nacional.

Monumento a la Independencia. Fuente: Wikipedia

Monumento a la Independencia. Fuente: Wikipedia

 El discurso arquitectónico del porfiriato tradujo el lenguaje del poder político del presidente Díaz en la idea de una nación moderna y de un Estado dinámico, que anda por todas partes y que todo lo controla. La gran cantidad de monumentos y edificios construidos durante el Porfiriato legaron íconos arquitectónicos de identidad nacional. El Ángel de la Independencia, inaugurado el 16 de septiembre de 1910,  tuvo como propósito exaltar la historia del Estado mexicano y de los héroes patrios así como plasmar el éxito y eficacia de los treinta años del régimen de Porfirio Díaz.

La destrucción de un símbolo: el atentado a las Torres Gemelas

 Atentar contra una obra arquitectónica, como a las Torres Gemelas del World Trade Center, expresa el poder icónico de la arquitectura y un intento de desestabilizar el poder político y económico del país más poderoso del mundo mediante la eliminación. El hecho de que uno de los secuestradores que se puso al mando de los aviones fuera licenciado en arquitectura no hace más que subrayar esta idea.

Destrucción de un ícono del poder: Las Torres Gemelas. Fuente: Internet

Destrucción de un ícono del poder: Las Torres Gemelas. Fuente: Internet

Arquitectura del no poder: la Estela de Luz

 La obra arquitectónica de la “Estela de Luz”, proyectada para conmemorar las fechas cívicas y patrióticas que han dado al Estado mexicano identidad política, social y cultural –la Independencia y la Revolución-  ha dejado mucho que desear en cuanto a la visión que del poder tienen las generaciones actuales en la administración del gobierno. La cereza del pastel de las fiestas del Bicentenario, la Estela de Luz, terminó conmemorando la ineptitud e ineficacia de una mala, negligente y dispendiosa administración del poder.