Luis Mesa Delmonte*
El reciente acuerdo alcanzado entre la República Islámica de Irán y el llamado Grupo P5+1 (Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia, China y Alemania), resulta ser un paso más hacia la solución negociada del conflicto nuclear.
Aunque existe una tendencia en los medios de comunicación a hacer referencia a este acuerdo (y otros previos), como pactos acabados, tratados definitivos, o final de una historia, realmente es un nuevo escalón dentro de un largo e intenso proceso diplomático que comenzó en el año 2006 y cuyo antecedente más cercano fue el Acuerdo Marco de Lausana, Suiza de abril del 2015. De aquí que exactamente lo acordado en Viena sea un “Plan de Acción Conjunta”, un programa de trabajo que será sometido a verificación constante, un acuerdo que podrá facilitar nuevos avances o hacer retroceder la realidad en caso de incumplimientos y presiones.
No obstante, es de enorme importancia que se haya podido concretar, pues marca un hito en este proceso. Mientras el presidente iraní Hassan Rohani considera que se abre un “nuevo capítulo” en la relación de Irán con el mundo que llevará a la eliminación definitiva de las sanciones, el presidente Obama resalta que con el mismo se elimina la posibilidad de que Irán desarrolle un programa nuclear estratégico y especifica que el acuerdo “no se basa en la confianza, sino en la verificación”. Por otra parte, la voz del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, sigue siendo disonante y contraria al gran consenso negociador internacional, cuando una vez más repite argumentos desgastados de los últimos años, e insiste en calificar el acuerdo como un “error de proporciones históricas” que le brindará a Irán miles de millones de dólares para financiar su máquina de terror y su proyección agresiva y expansiva por todas partes del mundo.
En los próximos 60 días, el Congreso de los Estados Unidos procederá a la aprobación o no del acuerdo, aunque ya Obama ha dicho claramente que vetará cualquier intento por bloquearlo. Más allá de las dinámicas políticas internas estadounidenses, y especialmente las tensiones entre demócratas y republicanos en medio de una campaña presidencial incipiente, la administración contará cada vez más, con el apoyo de los sectores financieros y comerciales de diversas esferas de los Estados Unidos y que están muy interesados en invertir en Irán y participar en su actividad económica, llamada a experimentar una fuerte revitalización.
El levantamiento de las sanciones por parte de Estados Unidos y la Unión Europea, llevará a Teherán a múltiples empresas rusas, chinas, francesas, británicas, alemanas y otras europeas y asiáticas, no solo interesadas en el central tema energético. El gran capital estadounidense mostrará su alta disposición de competir y participar.
El acuerdo del 14 de julio contempla entre sus puntos centrales:
- Reducción en dos terceras partes el número de centrifugadoras para el enriquecimiento. No introducirá nuevos modelos durante 10 años, y el enriquecimiento quedará limitado a solo un 3,67% en los próximos 15 años para garantizar que su empleo sea exclusivamente civil. Al mismo tiempo, las existencias de hexafloruro de uranio no podrán sobrepasar los 300 kilogramos e Irán tendrá que deshacerse del 98% de sus existencias actuales de uranio enriquecido.
- Las actividades de investigación y desarrollo estarán limitadas a las instalaciones de Natanz. La planta de enriquecimiento de Fordow se convertirá en un centro tecnológico internacional, y el reactor de Arak será modificado con ayuda internacional y se destinará a investigación pacífica y producción de isótopos. No producirá agua dura ni plutonio.
Además de estos aspectos técnicos que han sido centrales en las discusiones durante años, también se decidió mantener la prohibición de importación de armas por cinco años y componentes para la fabricación de misiles por ocho años. Teherán tendrá que brindar acceso permanente a los inspectores del Organismo Internacional para la Energía Atómica a sitios nucleares, pero en el caso de instalaciones militares, Irán podrá decidir si acepta o no.
En la medida que se avance, las sanciones se irán eliminando, pero en caso de incumplimiento podrán restaurarse inmediatamente.
El logro diplomático es innegable. El intenso trabajo diplomático ha desembocado en una solución del tipo de “todos ganan”, aunque obviamente, no existen acuerdos perfectos.
El proceso tiene enormes posibilidades de seguir avanzando, no obstante, van a seguir surgiendo obstáculos, tanto de parte de los sectores más conservadores de la política estadounidense, de figuras centrales del gobierno israelí, o de Arabia Saudita y alguna que otra monarquía del Golfo. También dentro del escenario político iraní veremos posiciones muy distintas: a favor, en contra, y oscilantes y ambiguas.
En medio de una región con un alto nivel de conflictividad y de violencia extrema, un proceso negociador como este demuestra que a pesar de las enormes dificultades, cuando se conjugan intereses específicos y voluntades políticas, pueden darse nuevos pasos diplomáticos en favor de un mayor entendimiento y flexibilidad. Pero también es esencial comprender, que en medio de estrategias militares fracasadas, crisis armadas, desastres humanitarios y manifestaciones extremistas islamistas, la opción negociadora de Washington con Teherán, y todos los esfuerzos dedicados a ello, están basadas en una nueva lectura de la geopolítica regional y en el convencimiento de lograr no solo un “modus vivendi” con Irán, sino un mayor nivel de cooperación y concertación bilateral. De aquí, la preocupación de varios de los aliados tradicionales de los Estados Unidos en la zona.
*Académico COLMEX.

