El poeta inglés Wystan Hugh Auden (21 de febrero de 1907-29 de septiembre de 1973) emigró a Estados Unidos en 1938, casado con Erika Mann, hija del novelista. Se dedicó a la poesía, la academia y el teatro. Fue un entusiasta de la novela policiaca. Transcribo las primeras líneas de su curioso ensayo “El vicariato culpable. Notas sobre la novela policiaca por un adicto”, traducido por Federico Patán para la antología El ensayo informal en Inglaterra (UNAM, 2006).
Una confesión. Para mí, como para muchos otros, la lectura de novelas policiacas es una adicción como el tabaco o el licor. Sus síntomas son: en primer lugar, la intensidad del ansia: si hay un trabajo pendiente, he de tener cuidado de no hacerme de una novela policiaca porque, una vez que la comienzo, no puedo trabajar o dormir hasta haberla terminado. En segundo lugar, su especificidad: la trama debe conformarse a ciertas fórmulas (me resulta muy difícil, por ejemplo, leer una que no esté situada en la Inglaterra rural). Y, en tercer lugar, su proximidad. Olvido la novela en cuanto la he terminado y no siento deseos de volver a ella. Si, como a veces sucede, comienzo a leer una y a las cuantas páginas descubro que ya la leí, no puedo continuar.
Tales reacciones me convencen de que, al menos en mi caso, las novelas policiacas nada tienen que ver con obras de arte. Sin embargo, es posible que un análisis de la novela policiaca, es decir del tipo de novela que yo gozo, lance luz no sólo sobre su función mágica sino también, por contraste, sobre la función del arte.
Definición. La definición vulgar, “novela de enigma”, es correcta. He aquí la fórmula básica: ocurre un asesinato; hay muchos sospechosos; van siendo eliminados todos ellos menos uno, que es el asesino: arrestan al asesino o éste muere.
La definición excluye:
1) Estudios sobre los asesinos cuya culpa se conoce, como en Malice Aforethought. Hay casos limítrofes en que se conoce al asesino y no hay falsos sospechosos, pero faltan las pruebas, como en muchas historias de Freeman Willis Crofts. La mayoría de éstas son aceptables.
2) Thrillers, historias de espionaje, historias sobre fulleros maestros, etcétera, cuando la identificación del criminal queda subordinada al fracaso de sus planes criminales.
El interés del thriller está en el conflicto ético y erístico entre el bien y el mal, entre Nosotros y Ellos. El interés en el estudio de un asesino está en la observación, por los muchos inocentes, de los sufrimientos del culpable. En la novela policiaca el interés radica en la dialéctica de la inocencia y la cumpabilidad.
Como en la descripción aristotélica de tragedia, hay Ocultamiento (el inocente parece culpable y el culpable inocente) y Manifestación (el culpable verdadero queda descubierto). También hay peripecia, en este caso no una inversión de la fortuna sino una inversión doble, de culpa aparente e inocencia y de inocencia aparente a culpa […]
En la tragedia griega el público conoce la verdad; los actores no, pero descubren o hacen que ocurra lo inevitable. En la tragedia moderna, digamos la isabelina, el público conoce tanto o tan poco como el más enterado de los actores. En la novela policiaca desconoce la verdad; uno de los actores –el asesino– sí la conoce; y el detective, llevado de su propia voluntad, descubre y revela lo que el asesino, por voluntad propia, trata de ocultar.
La tragedia griega y la novela policiaca tienen una característica en común, por la cual se diferencian de la tragedia moderna y es, a saber, que las acciones no cambian a los personajes […]
