No habrá noche de cuchillos largos ni purgas estalinistas, tampoco exilios deshonrosos o intervenciones de las fiscalías, no veremos linchamientos mediáticos ni acusaciones estridentes. Permanecerá la retorica de fidelidad al Movimiento, de custodios diligentes del legado, de lealtades absolutas al fundador. Lo que vemos en este segundo año de la Presidenta Sheinbaum es una purga blanda, la ruptura es suave, cuidada. Es lenta pero estratégica, corta con esmero pensando en incomodar lo menos. Casi como pidiendo perdón, tengo que hacerlo.

Este domingo quería comentar el libro de Julio Scherer, “Ni venganza ni perdón”, al que diversos analistas han dada la categoría de bomba. En cierta forma lo es, no por las revelaciones que muchas eran conocidas, sino porque uno de los más encumbrados en el sexenio anterior hace señalamientos específicos contra el intocable; es muy bueno con la gente humilde y austero (¿en serio?), pero no sabe de economía y gobierna a impulsos caprichosos. Aún en la ruptura pública Scherer cuidó las formas al extremo. Diferente con Jesús Ramírez, Gertz Manero, Manuel Barttlet, Adán Augusto. En ellos descargó su furia de amigo y confidente traicionado.

Su libro es parte del proceso rupturista emprendido por Sheinbaum, la publicación coincide con los movimientos de la Presidenta: Alejandro Hertz Manero de la Fiscalía General de la República, Adán Augusto de la coordinación de senadores y Marx Arriaga de la SEP. En esos movimientos existe un patrón; la resistencia feroz de los aludidos a dejar el cargo. Casi tienen que sacarlos por  la fuerza, Arriaga el caso más patético. Es una insubordinación grosera a la autoridad presidencial, apalancada en otra fuerza dominante, la de López Obrador desde Palenque. La resistencia de los caídos a dejar el cargo es prueba inequívoca de la confrontación entre los bandos que hoy las podemos definir válidamente como lopistas contra claudistas.

En esta guerra por el poder López Obrador tiene aliados estratégicos; las organizaciones criminales buscando impunidad en sus negocios ilegales y los radicales acomodados en espacios políticos relevantes. Ambos hacen mancuerna, la complicidad criminal con la política tolerada o alentada durante el pasado gobierno. Sheinbaum tiene un aliado incómodo; los Estados Unidos. La presión de Trump ha sido tan fuerte que la dejó sin opciones, o actúa o intervienen directamente en territorio nacional. Al sentirse amenazada por la poderosa fuerza militar apura los cambios y cataliza la disputa del régimen por el control del país.

Era un factor que no estaba en los cálculos de López Obrador cuando, todavía Presidente, asignó cargos estratégicos a los adversarios internos de Sheinbaum, las corcholatas, designó a los nuevos dirigentes del Partido e impuso a los principales secretarios del gabinete. Sabía que necesitaba dejarla cercada en garantía de mantenerla fiel, pues “no hay pelele con poder”, como declaró durante una de las mañaneras queriendo acallar versiones de que seguiría mandando en el retiro. Por eso entregó el bastón pero se quedó con el mando, la necesitaba de su pelele en previsión de traiciones, él no se equivocaría, lo dijo varias veces, como Cárdenas con Ávila Camacho.

Su planeación quedó rota, despedazada por los nuevos intereses del gobierno Norteamericano y los excesos cometidos protegiendo a las organizaciones criminales, los excesos y complicidades del pasado le cobran factura donde menos esperaba. Sheinbaum aprovecha la coyuntura e, inteligente, procura tomar ventaja. Las resistencias, sin embargo, son feroces: A Hertz Manero tuvieron que ofrecerle la embajada de su elección, en vez de mandarlo a su casa; Adán Augusto conservó el fuero en prenda de impunidad y la reta fantaseando con nombrar candidatos a gobernador; Arriaga ni la embajada en Costa Rica aceptó, debió ser echado por la fuerza entre acusaciones de traición al obradorismo.

La fuerza de López Obrador es todavía poderosa, su sombra sigue cubriendo a la Presidenta en funciones. Ella no ha sido capaz de dar los golpes definitivos, deja las cosas a medias con riesgo de que vuelvan contra ella. Necesita dar el manotazo con autoridad suficiente o terminará depuesta, en el juego del poder nunca ganaron los tibios o indecisos. Supongo que tiene una ruta trazada y en ella está la renuncia de Jesús Ramírez quien le jugó contras en la disputa por Ciudad de México, que los gobernadores señalados en el libro de Scherer por recibir financiamiento del narcotráfico (Rocha Moya, Villareal y Durazo) sufrirán alguna consecuencia y que mentecatos como Noroña, Salgado Macedonio y Corral irán siendo desplazados.

Uno a uno funcionarios del gabinete, gobernadores, senadores y diputados irán definiendo sus lealtades. De hecho da la impresión que ahora mismo está sucediendo el realineamiento de fuerzas, parece que Luisa María Alcalde, Ricardo Monreal, Mario Delgado, Ariadna Montiel, antes leales a López Obrador, se han corrido hacia Claudia Sheinbaum. Es lo que sucede cuando los movimientos chocan entre sí, las lealtades empiezan a cambiar, las traiciones son moneda corriente y los antes confrontados en silencio se radicalizan elevando el tono.

Es el momento que vive hoy el régimen al que su fundador llamó, arrogantemente, cuarta transformación; implosiona como muchos otros movimientos de la historia, aunque la reacción sea lenta. Despedazarse entre sí es regla en los populismos demagogos. En el caso mexicano es una ruptura peculiar, Claudia Sheinbaum sigue ofreciendo

impunidad de pandilla, hace prevalecer la certeza de que se irán con lo robado sin ser molestados en sus bienes o personas, a veces hasta con apetecibles premios diplomáticos.

Pero la impunidad que antes proporcionaba cohesión al movimiento, hoy es insuficiente, perdió la garantía de unidad. Desde Palenque, los desplazados exigen el poder, lo reclaman creyéndose legítimos herederos.

El fundamentalismo y las ambiciones incontenidas de poder y dinero alimenta sus entrañas, arrogándose derechos inexistentes y exigiendo lealtades ciegas. En este juego de lealtades ya empezaron las acusaciones de los asociados a Palenque, pronto recibirán respuestas públicas de los leales a Palacio. Esto plantea un problema de interpretación patriótica, según su retórica maniquea: ¿quiénes son hoy los traidores a la Patria, si los que se acusan son los mismos? El reacomodo de las fuerzas está en marcha, irá creciendo atizada por los intereses del Imperio, ya no hay forma de que la detengan.