Juan Antonio Rosado

Educar es una actividad que implica dos realidades: el maestro y el alumno. El primero emite discursos que implican determinados mensajes, pero también proyecta una actitud —coherente o incoherente— ante esos mensajes. El problema esencial de todo maestro surge cuando éste se interroga o incluso cuestiona por la manera en que los alumnos perciben los discursos y actitudes que da a conocer. Michel Foucault menciona cuatro modos en que las cosas se relacionan entre sí: por conveniencia, emulación, analogía o simpatía, pero son “la simpatía y las emulaciones las que señalan las analogías”. Si aplicamos estos términos a la relación maestro-alumno, percibimos como un logro la relación de simpatía entre ambos; sólo así el alumno emulará al maestro, asimilará sus discursos y, si le conviene, los aplicará en la vida. Debe existir una absoluta coherencia, por parte del maestro, entre sus discursos y sus posturas. Así el estudiante se identificará con él y tendrá seguridad al sentirse análogo con alguien. A veces, el joven intenta conocer los puntos débiles del profesor, ya por conveniencia o por reto. Lo anterior es común en la adolescencia. El maestro sensible ubicará al alumno en su realidad socio-bio-psico-sexual y establecerá una relación de respeto. La conveniencia en las relaciones maestro-alumno suele implicar una escala endeble de valores, producto de intereses momentáneos y personalistas. Una relación de conveniencia sólo se guía por el interés y, en materia de educación, representa una incongruencia entre discurso y actitud. Afirma Martín Luis Guzmán que uno de los peores males de México es la falta de virtud y, por tanto, la inmoralidad: “es muy difícil —sostiene— que todos los mexicanos seamos leales a nuestro deber […] Por lo general, el mexicano antepone sus intereses personales”. Si recordamos una de las propuestas de Justo Sierra: que la educación integral debe incluir la cultura moral, intelectual, física y estética, nos percatamos que hoy existe una relativización, un vacío en el primer aspecto: la cultura moral, lo que produce personalismo y corrupción. No obstante, una cosa es la enseñanza de la moral y otra la educación moral. Moralidad y virtud son hábitos, y éstos se expresan mediante ejemplos, mediante la repetición cotidiana de actitudes. En la educación elemental, las relaciones maestro-alumno son más formativas que informativas; llevan a la búsqueda del ser del alumno y, consecuentemente, del deber-ser. Por ello, es necesaria la congruencia entre discurso y actitud. Los maestros, ante todo, deben infundir hábitos de moralidad, encaminar al alumno hacia la ejecución de actos virtuosos. Dice Justo Sierra que para esto no se requieren libros sino ejemplos, así como el deseo “de formar constantemente hábitos morales dentro del niño”. Agrego que tampoco se necesita estar casado con un sistema religioso, mitológico o ideológico. No es cuestión de ideas o creencias, sino de valores y actitudes. En suma, no puede existir la educación del ser humano completo si se prescinde de su educación moral.