Oralba Castillo Nájera

Gladys es una guerrera, por eso su memoria está cargada con acontecimientos y gestas rebeldes en pos de justicia y libertad.

Sus recuerdos no quedan detenidos en el tiempo, petrificados como objetos de arqueología, sino que alumbran acontecimientos presentes.

¿Cuántos maestros, que hoy enseñan luchando en las calles, no reivindican los principios de la Preparatoria Popular? ¿Cuántos se rebelan hoy en contra de la represión del Estado? ¿A cuántos luchadores sociales mantienen en cautiverio, torturados, desparecidos, perseguidos o asesinados por defender un ideal, por ser disidente o diferente? ¿Cuántas mujeres, de hoy, continúan luchando por su libertad económica, sexual y política? Y ¿la Guerra Sucia, ya terminó? Estos, son algunos de los temas que Gladys nos presenta en su libro titulado Ovarimonio[i].

Faltaba al discurso libertario que se le sumaran las voces de mujeres que lucharon, y pagaron con cárcel y tortura su osadía al desear un mundo con paz, justicia, democracia y libertad.

De entre las muchas batallas que Gladys ha dado y da, está en primer lugar su decidida participación en la Preparatoria Popular.

En 1967, cientos de estudiantes de secundaria fueron rechazados en las preparatorias, a estos chicos el Estado les negó el futuro: Indignados se organizaron, fueron a la Facultad de Filosofía y Letras a solicitar ayuda, un grupo de maestros, entre ellos Elí de Gortari y José Revueltas, les impartieron clases, sin cobrar sueldo. La historia de este proyecto educativo revolucionario, es una aportación del libro de Gladys, se trata de la creación y defensa de un espacio en que se discutían problemas del país y del mundo: Vietnam, el movimiento chicano, el Black Power y la revolución cubana.  Su terquedad les valió que la UNAM les cediera una casona abandonada en la calle de Liverpool 66. Para acondicionarla, los estudiantes la hicieron de albañiles, pintores, plomeros y electricistas. En solidaridad llegaron pizarrones, gises, cuadernos y máquinas de escribir. Llevó más esfuerzo elaborar programas de estudio y crear una organización, nombrar un director y una secretaria, siempre en asamblea general. La Prepa Popular fue solidaria con luchas indígenas, campesinas, obreras y de presos políticos.

Ovarimonio es referente de la historia de la Preparatoria Popular de la que  Gladys fue secretaria y alumna clandestina, sus papás no se imaginaban que ella, necia, estuviera estudiando. Según la ideología familiar, las mujeres debían casarse y tener hijos. Gladys rompió con esos tabúes, y su valor la llevó a diseñar su existencia en otros territorios.

Ovarimonio, también,  recuerda la vida en la cárcel, que Gladys conoció de muchas maneras. En 1967, transitó por primera vez por Lecumberri, yendo a  dar solidaridad a los amigos de su hermano, que no tuvieron la suerte de él, quien por su corta edad fue confinado a un reclusorio para menores. Los presos eran integrantes del  Movimiento de Izquierda Revolucionaria Estudiantil (MIRE), que detonó una bomba en la embajada de Bolivia protestando por el asesinato del Che Guevara. Eran los años de la emergencia guerrillera en América Latina, también en México los setentas están marcados por efervescencia revolucionaria, perseguida con represión salvaje y escondida. En silencio, la Guerra Sucia sembró terror al reprimir las luchas populares.

Gladys, en el Castillo Negro, conoce a Pablo Alvarado, él tenía 23 años, ella 16, Pablo era profesor rural y participó en las luchas agrarias de Chihuahua,  incorporándose, en 1965, al Grupo Popular Guerrillero de Arturo Gamiz, mismo que asaltó el cuartel Madera, emulando lo acontecido en el Cuartel Moncada, asaltado por el grupo de Fidel Castro. En Cuba, muchos cayeron asesinados, otros fueron confinados a prisión;  en Chihuahua los trece guerrilleros que participaron en el asalto fueron acribillados. (En la novela Las armas del alba, el escritor Carlos Montemayor deja testimonio de esos hechos). Pablo Alvarado pudo refugiarse en la ciudad de México y ser maestro de la Facultad de Economía en la UNAM, pero la temida Federal de Seguridad lo tomó preso, sometiéndolo a tortura y encerrándolo, sin derecho a juicio, en Lecumberri. Con Pablo, Galdys aprendió que había otra forma de ver la realidad, fue su compañero sentimental. En la cárcel también se pelea por libertad.

Desde luego, Gladys se templó en el movimiento estudiantil del 68 y en el jueves de Corpus, en su Ovarimonio recuerda vívidamente lo ocurrido en San Cosme, la persecución de los Halcones y esa noche buscando compañeros en hospitales, delegaciones y morgues. El dolor y solidaridad de médicos y enfermeras que protegieron a los heridos para que no fueran rematados, como sí ocurrió en el hospital Rubén Leñero. La masacre del 10 de junio es una página más de la Guerra Sucia.

El halconazo, como se conoce ese día, contó de parte de los estudiantes con más organización que en 68, esta vez se logró captar las ondas cortas de los radios de los patrulleros dando órdenes a los Halcones, se fotografiaron a los paramilitares vestidos de civiles, que como provocación portaban camisetas con el lema de Hasta la Victoria Siempre, del Che Guevara.  Los estudiantes pudieron dar la versión real de los hechos, dejaron en claro que la masacre fue ordenada por el Estado. La prensa  quiso hacer aparecer la situación como una pelea entre jóvenes. No lograron su objetivo, las pruebas en su contra fueron muchas y contundentes. La pérdida de un querido amigo Francisco Treviño, y la mucha sangre derramada injustamente, decidieron a Gladys a seguir ligada a los presos políticos.

Ovarimonio contiene la memoria de la huelga de hambre que iniciaron los presos políticos del 10 de diciembre de 1969 al 31 de enero de 1970, recuerda que se fue del penal un poco antes de que los guardias atrancaran las puertas y encerraran a los familiares. Los guardias abrieron las celdas de los huelguistas y soltaron a más de dos mil reos comunes drogados, borrachos y armados de palos que golpearon y robaron a los presos políticos debilitados por la huelga de hambre. Este acto vil, es conocido como Operación Fuente Ovejuna. (El propio Revueltas escribió y publicó un texto denunciando el ataque)- Las mujeres: esposas, madres, hijas y hermanas realizaron acopio de cobijas y denunciaron lo ocurrido.

Las visitas a Pablo en Lecumberri tomaron carácter político, se había llevado al cabo “la Operación Guerrilleros”, compañeros, ellas y ellos, cayeron en la cárcel, convivieron militantes de la Asociación Nacional Revolucionaria (ACNR) de Genaro Vázquez Rojas, miembros del Movimiento Armado Revolucionarios (MAR), del Frente Unido Zapatista (FUZ) y otros que emanaron de sectores radicalizados por las represiones de 1968 y 71. Con Pablo llegaba gente a las que explicaba la lucha de clases, la guerra de guerrillas del Che. Adicta a la adrenalina, como Gladys se define, se convirtió en enlace entre grupos guerrilleros, con quienes formó redes, cuando se hacían esfuerzos por integrar a las guerrillas urbanas y rurales. La persecución del Estado era endemoniada, la Guerra Sucia infiltró “orejas“ en los grupos guerrilleros, compró, vigiló, y detuvo a un grupo del Comando Armado del Pueblo (CAP), formado por profesores de la Preparatoria Popular. Gladys se sintió vigilada, Pablo opinó que tenía delirio de persecución. Pero un día, saliendo de Lecumberri se le acercó un policía, y le avisó que tuviera cuidado, que gente de la temida Brigada Blanca había preguntado por ella. En un santiamén se vio rodeada de policías, le pusieron esposas, venda y mordaza, así la aventaron al piso de un coche, poniendo los pies sobre ella. Sufre humillaciones, golpes, amenazas de violación, incluida por un caballo. Y ni una palabra, Gladys no sabe nada, no conoce los nombres de a quienes llevaba recados; mucho menos dónde viven, no sabe nada. Nazar Haro vigila la tortura. Desnuda e impotente, atada y vendada la zambullen en la pileta con agua helada, de vez en vez, le propinan toques eléctricos y comienza el interrogatorio absurdo: ¿Dónde se esconden Genaro y Lucio? ¿Cuántos grupos guerrilleros hay? Se le ocurrió dar nombres de porros y la llevaron esposada y en coche a recorrer calles en busca de guerrilleros. El guardia que la vigilaba le llevó tortas y refrescos, pero resulta que Gladys había trabajado con un abogado que defendía a los policías despedidos sin causa; y le estaba agradecido. Gladys le pidió hablara a su familia, avisara dónde estaba. Su papá, desvelado y envejecido, fue a su encuentro. Aunque no compartía sus ideas, estaba con ella.

La acusaron de terrorista, agitadora, encargada de organizar el 10 de junio, ser contacto con grupos guerrilleros y organizaciones chicanas, tener relación con Ángela Davis y el Black Power. A la tortura se agregó la amenaza de matar  a su familia. Aun en este estrecho margen de libertad, Gladys hizo teatro, fingió desmayos, se hizo la victima y repitió “no sé nada”, consejos aprendidos en manuales de cómo resistir la tortura. “A los veinte años había sido violentada, física, verbal, sexual y socialmente”, denuncia Gladys.

Y a pesar de los muros de la cárcel, supo que los estudiantes de la Prepa Popular amenazaban con volar tres estaciones del Metro, si no la presentaban a la luz pública.

La obligaron a firmar papeles sin leer, si se negaba mataban a su familia y la llevarían al Campo Militar número uno. Firmó.

Llegó a Santa Martha Acatitla, donde por vez primera conoce a los miembros del Comando Armado del Pueblo, del cual aseguraba la policía era jefa, además de acusarla de participar en el secuestro de Rubén Figueroa y planear la muerte del embajador de los EU. Fueron presentados a la prensa rodeados de pistolas y metralletas, un montaje que las condenaba, tenían prohibido hablar.

En la conocida como cárcel de mujeres, se encontró con presas políticas del MAR y de la ACNR que le hicieron un cordial recibimiento. Gracias a su solidaridad se adapta a la vida de la cárcel, la reconfortaban la cantidad de cartas y regalos que le llegaban por montones, era tal la cantidad de personas que la visitaban, que las autoridades tomaron medidas como no permitir más de cuarenta. Entre sus invitados llegaba Judith Reyes quien llevaba su guitarra para alegrar el día.

Las presas políticas aligeran su pena preparando comida, adornando sus celdas, se incorporan a las clases de yoga, pintura, danza, inglés, deportes, elaboran un periódico de formación política y hacen artesanías que se venden en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, gracias a la solidaridad de Isaías Morales, el Zorri. Los de la Prepa Popular reúnen  papel, máquinas de escribir, lápices, plumas, con lo que Gladys imparte clases de secretariado a las reclusas. Logra le realicen exámenes de la carrera de Economía; la UNAM permite que continúe sus estudios en prisión.

El 4 de diciembre de 1971 escuchó por radio que Pablo Alvarado había muerto. Se trató de un asesinato, lo sometieron a tortura en el Campo Militar número Uno y Nazar Haro lo condena a dos meses en la celda de castigo. Alvarado no resistió. Su cadáver jamás se recuperó, a pesar de que la familia de Gladys lo solicitó. Al igual que sus compañeros de Chihuahua, Pablo Alvarado fue tirado a una fosa común.

Después de tres años, Gladys logra la libertad condicional, para pagar su fianza se realizó una “Peña” en dónde cantaron Judith Reyes, Anthar y Gabino Palomares. Un amigo puso su casa como garantía del préstamo para la fianza que otorgó una financiera.

Reintegrarse a la vida de afuera la llevó a resignificar su existencia, se sentía minusvaluada, temerosa, sentía culpas por haber hecho sufrir a su familia. Buscó trabajo con el agravante de ser ex presa política.

Desde luego Gladys se ha abierto camino y continúa haciendo de cada rincón un bastión de lucha, hoy trabaja en Servicios a la Navegación en el espacio Aéreo Mexicano, en donde asume trabajos sindicales Además  pertenece a un grupo “Confluencia Guerrillera” formado por ex guerrilleras, ex presas políticas, luchadoras sociales, ex desparecidas, dedicadas a recuperar la memoria.

Hoy celebramos la aparición de Ovarimonio, ¿yo guerillera?, libro con el cual Gladys López Hernández suma su voz a las de: Raquel Gutiérrez, Cristina Bottineli, Erika Zamora, Ana María Vera Smith, Pilar Calveiro, Lourdes Uranga y muchísimas más que con valentía comparten con nosotros sus tormentos y resistencias, su prisión y liberación. Cada experiencia va hilando un rebozo en el cual caben los y las luchadoras, las y los inconformes con este caos deliberadamente producido para invisibilizar la Guerra Sucia que hoy todavía padecemos.

La lucha de Gladys no ha terminado, porque como bien lo dijo Rosario Castellanos en su inolvidable Memorial de Tlatelolco:

Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.

Duele, luego es verdad. Sangra con sangre

y si la llamo mía traiciono a todos.

Recuerdo, recordemos.

Esta es nuestra manera de ayudar a que amanezca

sobre tantas conciencias mancilladas,

sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,

sobre el rostro amparado tras la máscara.

Recuerdo, recordemos

hasta que la justicia se siente entre nosotros.”

7 de septiembre de 2013. Casa Frisso, Tlalpan

 


[i] Gladys López Hernández. Ovarimonio ¿Yo guerrillera?  México, Editorial Ítaca,  2013.