Sin duda alguna son tiempos difíciles; a la pobreza de la mitad de la población y el desempleo de un gran número de connacionales, se suma la crisis de salud provocada por la pandemia de Covid-19 que está por entrar en su carta ola ahora con el arribo de la nueva variante surgida en Sudáfrica bautizada como “omicron”; y por otra parte, la creciente inseguridad que campea en casi todo el territorio nacional.

La violencia criminal nacional creció como nunca antes en la historia del País. De enero 2019 a diciembre 2020 se registraron  76 mil 841 muertes violentas, lo que hace un promedio de 97 homicidios diarios, sumados a la defunciones causadas por Covid hacen que nuestro País se encuentre en luto permanente, esto derivado de una atención sanitaria deficiente y a la política de seguridad de abrazos no balazos, y que además ha propiciado que en algunos sectores de la población se hagan justicia por propia mano provocando los crecientes actos de barbarie que hemos testimoniado en últimos días en estados como Zacatecas, son prueba irrefutable de que la espiral de violencia todavía alcanzará cotas insospechadas.

La Política Pública de Seguridad del actual régimen, careció de un diagnóstico certero para su diseño, previo a la ejecución de dicha política, ésta se fue construyendo de manera  reactiva,  conforme la inseguridad se fue agravando y el Estado se ha ido enfrentando a fenómenos inéditos en el País, como los la violencia política acaecida en varios estados de la República durante los procesos electorales del presente año. Cada cierto tiempo cuando la violencia demencial que nos azota y lastima, el hartazgo lleva a muchos a defenderse por sí mismos, excediéndose en número o fuerza, generando un clima en el que impera la ley del más fuerte, en el que en ocasiones, inocentes son confundidos y linchados en condiciones de una anarquía total.

Las Fronteras Norte y Sur son altamente “porosas”; siguen cruzando drogas y miles de migrantes; en la norte, de México hacia E.U. cruzan toda clase de drogas y migrantes indocumentados y de E.U. hacia México cruza dinero, armas y mercancías ilegales.

 

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Como política de contención el Estado Mexicano demando a las armadoras norteamericanas por la gran cantidad de armas que son compradas en Estados Unidos por grupos delictivos, sin antes proponer mejorar  la supervisión en las fronteras mexicanas para que sean más herméticas por lo que hace al contrabando de armas.

En estas condiciones el país no promete un futuro feliz para sus habitantes entre ellos para miles de jóvenes en la flor de su vida, con esperanzas de trasformar su entorno, como hay millones de jóvenes en nuestro México, que hoy enfrentan su destino, en un entorno de miedo, sangre, balas, desempleo, precariedad sanitaria, impunidad y cerrazón autoritaria del Gobierno.

La percepción mayoritaria de la población es que se está perdiendo el enfrentamiento contra las bandas delincuenciales, que de nada ha servido la creación de la Guardia Nacional y que lo único que ha producido es una violencia irracional. El descontento, la cólera sorda y la crispación resultante de la muerte innecesaria de civiles inocentes, de las ejecuciones extrajudiciales, de la desaparición forzada e involuntaria de personas y de las violaciones de derechos humanos, crecen y se extienden en todos los estratos de la sociedad.

Cada vez es mayor el número de ciudadanos que consideran como verdad aceptada y así lo sostienen: que la ineptitud de quienes están al frente del Gobierno, ha generado un rompimiento institucional y ha fracturado el tejido social. Las movilizaciones de la sociedad civil, no deben desdeñarse, ignorarse o adosarlas a intereses oscuros, están allí, son reales y pueden agigantarse.

La cerrazón autoritaria patente en la irracional respuesta del titular del Ejecutivo, quien pareciera que ha perdido el sano juicio y reacciona con reclamo emocional a los señalamientos sociales, es sólo evidencia de su alejamiento de la realidad, por lo demás sintomático de quien ya perdió el piso bajo el peso del poder,  característica de los presidentes desde el viejo sistema, en el cual el Presidente en turno secuestrado por sus allegados y corifeos se sentía dueño del destino de la patria.