Experiencias en Latinoamérica

Elena Vega De la Mora

La posibilidad de competir con un candidato independiente a la Presidencia de la República en el 2012, no resulta del todo exagerada si se toma en cuenta que el elector en México está votando más por candidatos que por partidos políticos. Este hecho se ha visto reflejado en los resultados de las últimas encuentas que demuestran que entre un 30 y 35 por ciento de los ciudadanos no se sienten identificados con ninguno de los partidos políticos regristrados ante el Instituto Federal Electoral. Es en este contexto en el que se abre el debate sobre las candidaturas independientes.

El profundo desgaste de las maquinarias electorales de los partidos políticos, aunado al hecho de que el ciudadano común y corriente los culpa de incapacidad, insensibilidad y aun de corrupción, son dos factores que favorecen las condiciones para que se cocine un caldo de cultivo de personalidades políticas que desde distintas trincheras se presenten como las únicas alternativas aceptables para la población.

Colombia

No obstante la eficacia y viabilidad que las candidaturas independientes han demostrado en algunos países de América Latina –en Colombia, el caso más llamativo fue la elección de Antanas Mockus como alcalde mayor de Bogotá para el periodo 1995-1997–, en contextos de extrema vulnerabilidad política y social, la opción por un candidato outsider o independiente puede llegar a recaer en personalidades políticas reconocidas por su trayectoria en los asuntos públicos -como lo ilustra la primera elección de Alvaro Uribe a la Presidencia de Colombia en el año 2001-, o bien, en personalidades mesiánicas y autoritarias como lo demostró la elección presidencial peruana de 1990 que le dio el triunfo a Alberto Fujimori.

El éxito de la campaña del candidato independiente Antanas Mockus en 1994 para la Alcaldía de Bogotá, evidenció la profunda insatisfacción por los partidos Liberal y Conservador, dominantes en aquel periodo. El triunfo de Mockus tomó por sorpresa al establishment político colombiano, pues no contó con el apoyo de los sectores empresariales y políticos, no utilizó medios publicitarios tradicionales y su presupuesto fue mínimo.

El ex rector de la Universidad Nacional, Antanas Mockus, logró un apoyo considerable de la ciudadanía gracias a su distanciamiento de las viejas maquinarias políticas y a su imagen de outsider. Su elección fue un síntoma del hastío ciudadano con el clientelismo y la corrupción política, y marcó un primer paso hacia una nueva cultura política en la que los ciudadanos jugaron un papel protagónico. El lema de su campaña fue “No P´s: No Propaganda, No Política, No Partido y No Promesas.” Mockus llegó a la Alcaldía de Bogotá con el 66% de la votación y derrotó en 19 de las 20 localidades del Distrito Capital al candidato liberal Enrique Peñalosa, quien obtuvo un 28% en las urnas.

Alvaro Uribe hizo su primera aparición como candidato para las elecciones presidenciales de Colombia en el año 2001. En ellas se presentó como un candidato independiente de los partidos políticos tradicionales, a pesar de haber sido gobernador del departamento de Antioquia a nombre del Partido Liberal. Sorpresivamente, Uribe ascendió vertiginosamente en las encuestas de intención de voto, pasando del 1% a más del 50% en pocos meses.

Según especialistas, su triunfo se debió en buena parte a una hábil campaña que supo capitalizar los sentimientos  de inseguridad y de rechazo de los colombianos frente a la actividad de los políticos corruptos como a las acciones de los grupos armados.

En ese entonces, los diagnósticos de la situación social, económica y política en Colombia emitían siempre juicios bastante funestos, y los colombianos percibían que los asuntos públicos iban por mal camino. Para muchos, Uribe se erigió como el líder que, con mano dura, cambiaría radicalmente ese panorama. Con el slogan de campaña “Mano dura, corazón grande”, Uribe alcanzó un amplio triunfo en la primera vuelta electoral, con 53% del electorado a su favor.

Perú

En la región latinoamericana, la experiencia peruana en el ámbito de las candidaturas independientes llama la atención por el tipo de personalidad que llegó al poder bajo esa figura: Alberto Fujimori. La contienda electoral por la Presidencia de Perú en 1989 fue protagonizada por dos candidatos outsiders encarnados en las personalidades del escritor Mario Vargas Llosa y del agrónomo socialista de origen japonés Alberto Fujimori. El proceso electoral se desenvolvió en un contexto de extrema susceptibilidad política en la que los partidos políticos existentes se hundieron en un profundo descrédito que se agravó durante el gobierno del presidente Alan García.

En 1987 la publicación del libro prologado por Vargas Llosa El otro sendero dejó claro en el Perú lo que era un secreto a voces: seis de cada diez peruanos viven y trabajan al margen de la ley en la llamada economía informal. Desde ese momento empezó a dominar en el debate nacional el tema de la informalidad, pero sin tener necesariamente una expresión política cabal. Un año antes de las elecciones, Vargas Llosa lideró las encuestas y aventajaba por más de 20 puntos a su más cercano opositor. No obstante, su campaña sufrió numerosos traspiés, al extremo de desmoronarse en los últimos meses.

Para el periodista Enrique Ghersi, el error estratégico de Vargas Llosa fue haber abandonado el discurso de la informalidad como recurso ideológico y espacio político al aliarse con los partidos conservadores tradicionales del Perú.

Entre la primera y segunda vuelta electoral se descubrió, según Ghersi, el singular modus operandi utilizado por Fujimori para ocupar el espacio político abandonado por Vargas Llosa.

“Su base original de respaldo fue una curiosa coalición de Iglesias evangélicas que utilizó a sus misioneros para fines políticos-proselitistas”, asegura el periodista.

De esa forma, Fujimori pudo llegar a la preferencia electoral de los informales a través de un mensaje político muy elemental dirigido a destacar más las insatisfacciones ajenas que las propias virtudes. Así al grito de “el chino es la voz” empezó un movimiento político que lo llevó a la Presidencia del Perú con el 60% de los votos a su favor.

En abril de 2009, Alberto Fujimori fue condenado por la Corte Suprema del Perú a 32 años de pena privativa de la libertad por haber cometido delitos de lesa humanidad, agravios contra el Estado peruano y corrupción.

México

México forma parte del grupo de los 21 países –de 233– que no reconoce en su legislación la figura de las candidaturas independientes aun cuando en la opinión pública y en los círculos académicos se discuten con frecuencia las ventajas y desventajas de su regulación.

Mientras tanto, los partidos políticos enfrentan el delicado reto de construir candidaturas y programas de gobierno aceptables para una población cada vez más incierta e insegura sobre el futuro del país.