El caso del Estado de México
Juan José Rodríguez Prats
En 1946, Jorge Negrete propuso como candidato a la Presidencia de la República a Mario Moreno Cantinflas, quien de inmediato respondió: “Para ser presidente se necesitan tres cosas: ser persona que no tenga cola que le pisen; que no siendo muy ilustrado, tenga un buen sentido común y ser un buen mexicano y asumir los problemas del país como propios”. Posteriormente se autodescartó.
La reflexión del gran cómico mexicano es acertada. Podrían agregarse algunas otras habilidades al perfil de un buen presidente, pero sin duda las tres señaladas son indispensables, de manera particular el sentido común, del cual carecemos hoy en nuestra vida política. Y los ejemplos más evidentes han surgido en los tiempos recientes en el caso de la fallida alianza en el Estado de México y con la visita de Lula da Silva.
En el primer caso, la autollamada izquierda —que hoy representa la mayor resistencia a cualquier cambio— cayó en una serie de contradicciones. ¿Por qué resulta tan difícil alcanzar un acuerdo con los partidos de esta corriente? Me refiero a un acuerdo que se base en algún grado razonable de confianza mutua. En el caso del Estado de México existe la prioridad de terminar con un sistema corrupto y corruptor, un objetivo mínimo que nos debe unir en lo fundamental. Sin embargo, no se alcanzó el acuerdo. Quizá la razón esté en la respuesta a otra pregunta: ¿cómo ven los supuestos izquierdistas a los panistas? Tal parece que ellos, convertidos en una nueva inquisición, nos catalogan como hombres que tratan de resistirse a las leyes de la historia. En el fondo, es un dejo de la ortodoxia marxista: “los panistas tratan de oponerse injustificadamente a las leyes de la naturaleza; son necios o criminales”.
En este contexto, cuando una de las partes se siente dueña de la verdad, la posibilidad del acuerdo —que es la esencia de la política— se desvanece. Los partidos dizque de izquierda postularán a Alejandro Encinas, un candidato que no cumple los requisitos exigidos por la Constitución del Estado de México, como en su momento fue expresamente reconocido por él mismo. Por mucho que se quiera manosear el derecho, los requisitos están claramente establecidos. ¿Qué pretenden entonces? No me cabe la menor duda: beneficiar al PRI y a su candidato. Si combatir la corrupción y la violación de la ley no nos une, ¿qué podría hacerlo? Sorprende la actitud de Encinas que, consciente de su impedimento, persista en embarcar a sus adeptos en una aventura estéril.
En el caso del ex presidente brasileño, como también se dio hace algunos años con la visita de Ricardo Lagos, se confirma que hay una izquierda moderna en América Latina dispuesta a corregir ciertos dogmas y actitudes que por mucho tiempo la caracterizaron. Desde la vieja apología de Sócrates, se insistía en que un político debe ser más consciente de lo que ignora porque sobre él recae una mayor responsabilidad. Lula da Silva dijo en su breve estancia en México lo siguiente:
El Estado no debe tener miedo de establecer sociedades con la iniciativa privada. (…) Hoy Petrobras cuenta con el segundo mayor centro de investigaciones del mundo, la mayor capacidad para exportar petróleo en aguas profundas y un patrimonio que pasó de 5,000 millones de dólares a 215,000 millones de dólares. (…) Hacía 30 años que no se construía una nueva refinería en Brasil. Hoy se están haciendo cinco (…) Las decisiones fundamentales en Petrobras las toma el gobierno, pero la empresa se maneja de manera técnica. (…) En Brasil es común que haya concesiones de servicios públicos a empresas privadas. ¿Cuál es el problema? Si el Estado no tiene el dinero, ¿por qué no permitir que los privados construyan y operen carreteras y aeropuertos?
Cuando el PAN y el presidente Calderón intentaron adoptar políticas públicas similares, el PRI y el PRD se opusieron. Esto es incurrir en una grave inmoralidad, pues si existe el deber de reconocer lo que uno ignora, es aun más ético adoptar lo que sí funciona. Esto refleja justo lo que Cantinflas atinadamente señala: tener sentido común.
Estoy convencido que los acontecimientos violentos, cada vez más preocupantes, de la delincuencia organizada y del narcotráfico en México, han prendido en tal magnitud porque hay algo grave en la sociedad mexicana que no se resolverá enfrentando a ésta con el Estado o sugiriendo negociar con los delincuentes. Tenemos que retornar a lo elemental, a vincular ética y política, aunque esta idea parezca mítica o anticuada a algunos. De esta manera podríamos alcanzar acuerdos y vencer mezquindades. Es el mínimo deber de quienes participamos en la toma de decisiones que a todos afectan.
Sentido común, una forma elemental de retornar a los principios de la ética. México seguirá entrampado si quienes se denominan de izquierda persisten en ver las contiendas democráticas como una lucha maniquea entre ellos —los puros, los incólumes, los dueños de la verdad— y nosotros, los simples mortales que con todo y nuestras dudas pretendemos regenerar la vida política como paso indispensable para mejorar la vida social.
