Lo Mágico y paradójico
Néstor López Aldeco
No debemos anteponer al extraordinario poeta, la enorme figura del dramaturgo, novelista, investigador, promotor de la cultura, así como, del mejor teatro que ha visto nuestra ciudad (ya pensemos en el teatro profesional universitario, ya en la Compañía Nacional de Teatro, que dirigió) al elogio, que debe ir primero, al magnífico ser humano, que fue el Dr. Carlos Solórzano por su ejemplar desempeño, como maestro, sabio y generoso, de la juventud.
Recibió el reconocimiento de las grandes figuras de la dramaturgia y los más importantes teatristas de todas las latitudes, por haber consagrado su vida a la creación literaria.
De forma tranquila, durante el sueño, después de padecer las más hondas tragedias, la muerte de su primogénito, el descalabro de su enfermedad, la muerte de su maravillosa esposa, la escultora Beatriz Caso, muere el día 30 de marzo en su casona, que tanto amó.
Repetiré dos párrafos que con motivo de la publicación de su obra, por Conaculta, en su colección, Lecturas Mexicanas, leí el 8 de mayo de 2003 en la Facultad de Filosofía y Letras.
“Cuando leo las obras de mí queridísimo maestro, el extraordinario dramaturgo, Carlos Solórzano, o veo sus representaciones, en las puestas en escena de mis alumnos, concurre a mi pensamiento, emocionado, su vigencia, la verdad que de la vida recoge en cada una de sus palabras; en los movimientos que marca su delicada didascalia.
El orgullo levanta mí paso ante tal experiencia, el descubrimiento de la luz, que con claridad observo en la mirada, en el rostro juvenil de los estudiantes de teatro. Ellos como yo, universitarios.
Cuando era joven estudiante, reconocí en sus textos dramáticos, al poeta, agudo, profundo, que arrebata a la vida la naturaleza del hombre americano, para hacer notar, no su singularidad sino su universalidad”´
El conocimiento, producto de una acuciosa disciplina y sistematización en las metodologías para el estudio de las Letras, lo hizo conocer la construcción de acuerdo con las estructuras genéricas consagradas por la preceptiva. Sin embargo, aporta originalidad y un lúcido brillo en sus novelas acrecentando la narrativa para formar parte del impactante auge o Boom Latinoamericano.
Su dramática conlleva, de forma independiente, al conocimiento de sus subgéneros, tamizados por velos de tonos opalinos, el secreto refugio de la intimidad y de la misma manera, el color cálido de la América Profunda.
Gracias a la severa investigación, siempre sistemática, del teatro de lengua hispana en nuestro continente, se acercó a los dramaturgos de Latinoamérica, conversó o mantuvo contacto personal con cada uno de ellos, destacando sus valores. Vertió su conocimiento en el aula y en la publicación de antologías de dramaturgos latinoamericanos que aportan la posibilidad de su lectura, así como, el análisis del marco que los rodea y de la forma, de la estructura de sus obras. Sin él, quizás, no tendríamos idea acerca de ellos; gracias a él, los conocemos de otra manera.
Sobresalió su fascinación- de la misma manera que en Elena Garro, de la que fue entrañable amigo- por las propuestas del teatro del siglo XX. Revisó los nuevos caminos del espectáculo y de sus contenidos, así como de las formas a que se atreven los renovadores del teatro, sin olvidar, la formación académica que lo convirtió en una autoridad en los fenómenos de la escena. Por haber comulgado con las nuevas alternativas experimentales que fincan los renovadores, se puede afirmar que se adelantó a muchas propuestas del espectáculo actual.
Esteta por excelencia, su obra descubre, como una propuesta, la imagen de lo Mágico-paradójico, envuelto en un númen poético, que nos hace considerar la existencia acorde con el misterio que crea.
Indudablemente, como sucede con Sergio Fernández, el tiempo dará el justo valor de sus magníficas creaciones. Son, ambos, artistas que serán revalorados por las nuevas generaciones.
Poeta, afirmó, con convicción del conocimiento de las Letras. Rescató del tiempo el precioso segundo para hacer de él, una vivencia compartida.
Metáfora del sentimiento, del pensamiento, de las vivencias, fenómeno catártico, con profundidades que conducen al observador-lector al contacto estético, milagro de la apertura a la sensibilidad.
Tomo de su novela, Los falsos demonios el siguiente trozo rítmico con el propósito de manifestar el poético paso del tiempo, en su exquisita prosa:
Desde que era niño, y arrebujado en mi cama sentía la tentación de caer en uno de esos tristes soliloquios sexuales a los que se entregan los muchachos con frecuencia, sabía contenerme, porque pensaba que “no era sano”, que aquello de alguna manera que no podía prever “acortaría mi vida.
Después en el tiempo de la monótona felicidad de Guatemala, veía pasar los días idénticos y pensaba que aquel lento discurrir no tendría fin. Me veía todos los días varías veces en el espejo, no para comprobar el mal trazo de mis rasgos, sino para contemplar, satisfecho, que el tiempo no dejaba su huella.
Desde los 20 años hasta los 35, en que sufrí la sacudida del destierro, mi cara fue la misma. Ni una arruga más, ni un dolor que no tuviera ya a los 20. Mis achaques, que no progresaban, eran el mejor testimonio de que mi salud se conservaba igual.
Nunca quise alcanzar lo perfecto. Me bastaba con conservar lo que tenía. Esa es la explicación de toda mi triste aventura.
Porque he luchado por conservar algo que no me pertenecía desde el principio.
Y muero prematuramente. Lo sé hoy, cerca de la muerte. En eso te llevo ventaja. Hoy que tú, en plena juventud, crees tener en tus manos las vidas de tantos hombres que no te pertenecen, pues eres tú quien pertenece a ellos, puesto que has buscado la carrera militar y quizás la política, por horror a la intimidad.
Poeta es del tiempo como de la tersura del relato, con ese sentimiento manejado suavemente, como el viento del crepúsculo.
De la novela Las Celdas escuchen el siguiente diálogo en que queda manifiesto lo Mágico-paradójico en la estructura lírica del escritor:
…Es que…no sé lo que va a pensar usted de mí. Me siento confundido. Cuando logro unir afuera de mis imágenes reñidas, siento que algo muere dentro y que eso me causa un intenso dolor. No sé explicarme…Todo es ahora tan distinto. Vivo preguntándome qué haré para seguir viviendo, qué se ha hecho de mi antigua fe, la de todos nosotros.
¿Adónde ha ido a parar?
Casi sin meditarlo ella respondió, angustiada;
-¿No sigue estando aquí?
-No es verdad -gritó él, rotundamente. Me refiero a nuestra fe en Dios, en los santos, jerarquías de la Iglesia.
Con la misma nerviosidad, enlazando sus palabras a las de él, como si temiera al silencio, la joven agregó:
-Dentro de mí, esa fe se ha transformado en otra cosa, que no sé muy bien lo que es y que comienza a crecer…
Las interrogantes ontológicas se hacen presentes en el diálogo como espinas que laceran las consideraciones en relación a la existencia, a la vida.
-Eres, a tus años, como yo cuando era niño. Me habían dicho que en la noche, fuera de mi cuarto, rondaban los demonios. Tenía mucho miedo. Pero una vez, haciendo un esfuerzo, me levanté de la cama y llegué a la ventana. Y, ¿sabes? No había demonios. Eran falsos. Eso te pasa a ti. Mientras no lo comprendas no dejarás de ser como eres.
Ciudad Universitaria, D.F., 17 de abril de 2011
