José Fonseca
Por segunda ocasión en siete años de colaborar en Siempre!, disiento de una posición de esta casa editorial, que también es mi casa.
En el número de la semana pasada se abordó la beatificación de Juan Pablo II y la presencia del presidente Felipe Calderón en la ceremonia.
Sobre el viaje presidencial, me asombra la capacidad de tantos mexicanos para seguir atrapados en el pasado, un pasado que al final, como dijo Carl Sandburg, es un cubo de cenizas.
Libramos en el siglo 21 las batallas del siglo 19 porque mientras el mexicano de a pie asimiló oportunamente el choque cultural de la secularización, las élites no. Por eso aún pelean batallas de hace ya casi ocho generaciones.
La semana pasada, cuántos opinaron, regocijados, que la Iglesia católica se tambalea.
Ahora es Juan Pablo II la razón para otra encarnizada batalla ideológica.
Quien esto escribe piensa que la figura de Juan Pablo II dio brillo a la Iglesia, al cristianismo, por la inspiración religiosa en millones de personas, particularmente jóvenes.
Es cierto, durante su pontificado se develaron los despreciables escándalos de pederastia, escándalos que causaron más víctimas que quienes fueron vejados.
Las otras víctimas son los millares de monjas y sacerdotes que han sido fieles a sus juramentos.
Y los millones de fieles defraudados que son la Iglesia católica.
Lo dijo mejor Morris West en Las sandalias del pescador, cuando uno de sus personajes, el cardenal Leone exclama: “La Iglesia es Cristo y los seres humanos, los que quieren saber si hay o no hay un Dios, cuál es su relación con ellos y cómo volver cuando se extravían”.
La gente quiere renovar su esperanza y conectarla con su fe en Dios. En ese nivel, Juan Pablo II tuvo un éxito espectacular.
Acusan de los errores y pecados durante el papado de Juan Pablo II. Sí, pero los santos son primeramente humanos, sus vidas tienen fallas, contradicciones y a veces fracasos. Quizá las heridas necesitarán una generación para sanar totalmente.
Pero sanarán, porque para los católicos está vigente la vieja promesa al rudo pescador judío del mar de Galilea que le negó tres veces: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…”
Insisto, me asombra y desconcierta que las diferencias ideológicas de hace medio siglo sigan vigentes para algunos creyentes y no creyentes.
Me asombra y desconcierta, porque pienso que como nación necesitamos el diálogo fructífero entre creyentes y no creyentes. Eso que algunos llaman la amistad civil, es decir, la capacidad de compartir y trabajar conjuntamente a pesar de las diferencias.
Una amistad civil que exige el respeto mutuo, sin él nada será posible.
México necesita ahora de la amistad civil entre creyentes y no creyentes.
Los creyentes aportan su terca insistencia en lo que el británico Paul Johnson llamó “su insistencia en las posibilidades del hombre para el bien”.
Porque, citando al mismo autor, no se puede ser indiferente ante la inmensa capacidad humana para la maldad, como la que cotidianamente ensangrienta a las comunidades de la república.
Por eso, pienso, que a la amistad civil entre creyentes y no creyentes hay que acercarse con menos soberbia, con menos orgullo, con más comprensión, porque al final del día, los creyentes buscan en su fe sencilla las respuestas a las eternas preguntas de la humanidad, las eternas preguntas sobre el bien y el mal.
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