Les cuento un sueño que tuve
Guadalupe Loaeza
Soñé con San Pedro. Soñé que estaba muy enojado respecto a la beatificación de Juan Pablo II. Soñé, que todos en el cielo, santos y ángeles estaban escandalizados con la actuación del Vaticano, al querer elevar a los altares a Karol Wojtyla.
De pronto, en mi sueño, apareció el biógrafo del ahora beato, Giancarlo Zizola: “Corren malos tiempos para la Iglesia romana, y la beatificación apareció como un intento de terapia urgente. Muchos representantes de la Iglesia optaron por apropiarse de la figura de Juan Pablo II y así poder reforzar su papel actual”.
El también se veía muy afectado. Por mi parte, estaba igualmente indignada: “Créanme que en México somos muchos los que estamos conscientes de todas las aberraciones que cometió el padre Maciel”.
Por otro lado, hay que decir, no obstante, que desde 2002 muchos sectores de la sociedad mexicana, especialmente los ricos, preferían mantenerse, respecto a las acusaciones de Maciel, bien calladitos, a pesar de que ya en 1997 en el Canal 40, se habían transmitido las primeras denuncias acerca de sus abusos sexuales. Era evidente que los Legionarios de Cristo reaccionarían con “todo el poder de su firma”, con todo el poder de su dinero, pero sobre todo, con todo el poder de su apoyo incondicional en relación con los otros legionarios, es decir, los empresarios, los banqueros y los dueños de grandes consorcios: “Ya no más anuncios en esos canales donde se mencionen esas habladurías”. “El padre Maciel ha formado a nuestros hijos, a generaciones de jóvenes”.
Bueno, hasta el mismo papa Juan Pablo II, dijo entonces que el fundador de los Legionarios de Cristo había sido “un guía eficaz de la juventud”.
Antes que la verdad, los ricos mexicanos, especialmente los que habían invertido grandes sumas en la congregación de los Legionarios de Cristo, no tenían empacho de ejercer la doble moral, la hipocresía y la negación de la verdad. Preferían acordarse de las cosas buenas del padre Maciel que de las malas, pensaban que éstas eran inventadas.
¿A cuántos de ellos no los casó? ¿Cuántas veces no les hizo el “honor” de bautizar a sus hijos, de darles la primera comunión o de atenderlos personalmente, cuando tenían uno que otro problemilla con la adolescencia de sus muchachos?
“¡Era un tipazo!” “Parecía un santo”. “Lo único que quieren esos muchachos que se dicen sus hijos naturales es lana…”.
“Con todos los problemas que hay en el país, ¿para qué dedicarle tanto tiempo a un sacerdote, que tenía sus defectos y sus cualidades, como cualquier ser humano?”.
“A sus detractores, habría que decirles: «El que esté sin pecado que tire la primera piedra…»”.
Todos me escuchaban azorados. “¿Cómo puede ser santo Wojtyla, si ni siquiera pudo proteger a niños inocentes? Vaya que si sabía acerca de los abusos sexuales. Allí están los documentos en los archivos del Vaticano, con todos los testimonios donde lo señalaban como pederasta…”
No acababa de terminar la frase, cuando de repente vi en mi sueño al religioso belga Gregorio Lemercier, introductor del psicoanálisis en los monasterios benedictinos de México, quien conociera perfectamente al violador. “No te preocupes. Maciel nunca pudo entrar al cielo, ni al infierno. Es el único morador de lo que queda del Purgatorio…” En ese preciso instante, me desperté con una enorme sonrisa en los labios…
