(El Evangelio de Lucas Gavilán y la trilogía de Los albañiles)
Edgar Díaz
Pienso que no he sido más
que escritor y creo que un
escritor, aunque parece
redundante, lo que hace es
escribir en cada una de las
formas. Yo veo al cine como
escritor, veo al teatro como
escritor, veo a la novela como
escritor.
Vicente Leñero.
Vicente Leñero es un hombre que ha abarcado casi, si no es que todo ámbito literario: es narrador, dramaturgo, periodista y guionista. Y ha aplicado una manera distintiva a lo que hace; alguna vez el autor de Pueblo rechazado dijo que «Lo interesante de una historia es cómo se cuenta. Hay mil historias que pueden ser buenas, malas o regulares, pero en el ‘cómo contar’ está la clave; eso es lo que debe aprender un escritor: cómo contar una buena historia»; él ha encontrado esa forma de “cómo contar las cosas”. Dos muestras fehacientes son El evangelio de Lucas Gavilán y Los albañiles.
El evangelio de Lucas Gavilán es precisamente eso: un evangelio escrito por Lucas Gavilán. Un evangelio situado en México con un Jesucristo mexicano: Jesucristo Gómez David. Un Jesucristo nato en la década de los cuarenta dentro de una vecindad, sucia y paupérrima, del Centro Histórico de la ciudad de México, rodeado por lúdicos niños pobres, un agria portera y compasivas prostitutas. Toda la historia de esta novela-evangelio sucede tal y como en el Evangelio original; Leñero toma dicho escrito y lo transporta a una ciudad confundida que no confusa en los años cuarentas y setentas. Cada pasaje del divino escrito es representado por una retahíla de personajes comunes que dejan de serlo una vez que se encuentran con Jesucristo Gómez. Jesucristo Gómez, como es obvio, tiene un final como el del Evangelio original, empero con una pequeña diferencia: no es crucificado. Jesucristo Gómez muere a causa de los golpes a los que es sometido por parte de las personas que lo capturan y muere desangrándose dentro de una camioneta panel de la policía acompañado de dos ladrones –uno de ellos, aprovechando la muerte de Jesucristo, la confusión de los policías que lo transportaban y el sucedáneo temblor, escapa-. No hay una cruz que cargue con el peso de este Jesús mexicano, pobre y rodeado de pepenadores como discípulos. Es un Jesucristo asesinado por los intereses de los ricos y poderosos y no por los pecados del hombre –al menos no como en la historia original-. En toda la obra es posible notar el discurso de la clase explotada. El mensaje ya cliché hoy día de que todo en este país es manejado por gente de poder, donde los que necesitan o quieren algún cambio no lo obtienen debido a que no gozan de “palancas” o dinero. Es un discurso ya dicho miles de veces por la mayoría de los que han vivido situaciones similares, y que Leñero lo hace a su manera, utilizando un recurso tanto peligroso como efectivo: la religión.
En Los albañiles también existe un Jesús que también es un albañil, sólo que éste no cumple con una misión de ayuda que se presume desinteresada, rayana en lo celestial. Muy por el contrario, este Jesús bien podría ser un exacto representante del hombre por el que murió el Jesús milenario en la cruz: un hombre pobre, malhablado, blasfemo, con problemas mentales, con “endemoniados” dentro del cuerpo, casado con una esposa que lo engaña con el maestro de obras, enfermo, dipsómano, adicto a la mariguana, pederasta; en pocas palabras, un hombre lleno de pecados.
En Los albañiles sí existe una cruz, una cruz adornada o “vestida” con papel de china color morado. Una cruz instalada en lo alto de la construcción. Una cruz que no carga el peso de un Jesucristo, pero que carga con el testimonio de un asesinato, carga con la muerte de don Jesús. Sí, el Jesús de esta obra también es asesinado, asesinado por una mano misteriosa. Una ignota extremidad que con un tubo destroza la cabeza del albañil velador es la que da pretexto a Vicente Leñero para que a su forma retrate, de manera cruda, real y, en ocasiones, desgarradora, a un grupo social, un grupo rechazado por la sociedad misma y por ellos mismos: los albañiles. Es entonces este crimen el que sirve como punto de partida para que una vez más Leñero utilice la narrativa y la flexione a su antojo. Es este crimen el que nos permite introducirnos sin permiso de los personajes a sus mentes, saber lo que viven, cómo lo viven, para qué lo viven. La obra literaria de Los albañiles es además de una novela, una obra dramática y una película –de ahí que me haya atrevido a llamarle trilogía- y por esto es que funciona como trilogía. Cada escrito es independiente aunque el tema central y el eje narrativo sea el mismo. La obra dramática complementa a la obra cinematográfica y ésta a su vez complementa a la obra literaria y ésta a su vez a la dramática. Es un círculo enriquecedor de una historia por demás rica.
Los albañiles es una clara muestra del enorme talento de Leñero para torcer la narrativa, para jugar con el tiempo y con el espacio: de un momento a otro nos conduce de la construcción, a la vida de uno de los albañiles que forman parte de ella. Nos lleva de los interrogatorios, donde es golpeado algún albañil, a la historia de cómo Jacinto obtiene los materiales para construir su casa, para transportarnos luego a un aspecto de la vida del occiso, que líneas después deja de estar muerto para tentalear a un peón quinceañero, para regresarnos letras después al interrogatorio donde golpean ya a otro albañil, para después contarnos cómo el ingeniero Zamora pudo obtener el terreno donde sucede todo para nuevamente trasladarnos a la bodega donde don Jesús prepara un cafecito para contarle a Isidro la historia de cómo mataron a su padre de un machetazo en la cabeza para después leer cómo el Nene mata a don Jesús para enterarnos después que fue el plomero, Sergio García, quien mató a don Jesús por haber abusado de su hermana para que después declare Isidro, el peón manoseado, que aún no lo es, y novio de la hermana del plomero, que fue en realidad Jacinto el que con saña mató a don Jesús para regresarnos a la bodega donde el Nene perdió su cartera y que presumiblemente tiene el ya, pero todavía no, muertito.
En ambas novelas es explicito el discurso de denuncia, denuncia no sólo dirigida contra las autoridades que abusan de su autoridad y que protegen a los que no necesitan protección, que es la otra clase social que se hace llamar alta, sino para los hombres en general, porque aun cuando Jesucristo Gómez se empeña en ayudar a todo aquel que en verdad necesite ayuda, siempre y cuando no tenga dinero, existen hombres como El diablo Samperio que intenta persuadir a Jesucristo a que renuncie a su inútil tarea de cambiar a las personas y a que mejor se haga de mucho dinero con su capacidad envidiable de construir casas. Porque aun cuando los albañiles sufren y son víctimas de un sistema judicial y social inmisericorde, ellos mismos son capaces de muchas cosas terribles, como Jacinto que intenta matar a su propia hija porque ésta por accidente ha matado a su hermano, el primogénito de Jacinto, el único que es de él. Porque en ambas novelas, al final, como en la vida, todo es lo que parece ser pero nada parece lo que en realidad es.
Porque en ambas novelas existe un Jesús que dice, como Ignacio López Tarso en su papel de don Jesús en la película Los albañiles, «Para eso estoy yo aquí: para cargar con tu mugre, y con la de todos los demás». Porque como dice El Patotas en respuesta a una justicia divina que él no espera: «Pobre del pobre que al cielo no va, se friega aquí y se friega allá… Bueno, pero cada quien… ahi nos vemos mañana».
