Patricia Gutiérrez-Otero y Javier Sicilia

Muchos nos preguntamos, ¿qué pasó para que México haya llegado a esta situación de violencia de todo tipo: en la familia, en el trabajo, en las calles, bajo el crimen organizado; pobreza generalizada y caída de la clase media mientras tenemos a algunos de los hombres más ricos del mundo en el país; abandono del campo y dependencia alimentaria del extranjero; bajísima producción local y aumento de las maquilas; juventudes desinteresadas, negadas, viviendo el hoy por hoy que no es la presencia al presente, sino la evasión de éste; una política basada en partidos que no presentan grandes diferencias entre ellos, ni en su ideología ni en sus prácticas; pérdida de derechos laborales que tomó un siglo construir; una aceleración en el ritmo de vida que no permite vivir ni tener tiempos de ocio o de construcción de lo social?
El desarrollo histórico del Occidente globalizado puede explicar esta debacle, en particular con la introducción del capitalismo y el neoliberalismo económico, así como las ideologías que lo sostuvieron, privilegiando al individuo voraz, depredador, siendo un ser competitivo y terminando por reducirse a un homo economicus, como lo llamó el gran pensador Iván Illich. Los principios que mantenían a las sociedades precapitalistas, y que propagaba en gran parte la religión, como la solidaridad, la compasión, el respeto, la bondad, la hospitalidad, etcétera, aunque no fueran moneda corriente, lograban contener, y no fomentar, lo que algunos llaman “antivalores” corruptores de la unidad social. El aumento del capitalismo y del neoliberalismo económico, la pérdida la fe y de la confianza en las instituciones religiosas, la construcción ideológica que fomentaba el desarrollo a ultranza, la desconfianza de los grandes relatos, fueron dejando al ser humano, como individuo y sociedad, en una pérdida de sentido. El imaginario colectivo se impregnó de los valores que propugnaban el desarrollo económico, científico y tecnológico. Aquí no se puede pensar que otro tipo de vida pueda ser mejor que la que ofrece el “progreso”. Así como la Ilustración o Época de las Luces tildó de obscurantista y supersticioso el pensamiento medieval y ofreció que con la pura razón el hombre encontraría el recto actuar; el pensamiento capitalista-neoliberal calificó la vida no industrializada como una vida indigna del hombre y le prometió que la técnica y la libre competencia llevarían al hombre a un estado de dicha y confort que en algún tiempo se llamó the american way of life. ¿Tuvo razón la Ilustración al tachar todo lo medieval como inválido y no respetar su propia lógica simbólica? Creemos que no. El espacio no nos permite argumentarlo en este momento. ¿Tuvo razón el neoliberalismo de negar que una vida buena sea posible sin entrar en el sistema de libre mercado y todos sus atuendos? Tampoco lo creemos. A tal punto que autores como Leonardo Boff indican ya que estamos en la crisis terminal del capitalismo: “Al agravarse la crisis crecerán en todo el mundo las multitudes que no aguanten más las consecuencias de la superexplotación de sus vidas y de la vida de la Tierra, y se rebelen contra este sistema económico que ahora agoniza, no por envejecimiento, sino por la fuerza del veneno y de las contradicciones que ha creado, castigando a la Madre Tierra y afligiendo la vida de sus hijos e hijas”. Por ello, recomendamos leer a Schumacher, Lo pequeño es hermoso, y más actualizado al economista francés Serge Latouche, La apuesta por el decrecimiento y/o, entre muchos otros, La desconolización del imaginario colectivo.
Además, opinamos que se respeten los Acuerdos de San Andrés, se libere a los prisioneros políticos, se limite a las transnacionales en México, se investiguen los crímenes impunes, se detenga la guerra de baja intensidad contra indígenas, se frenen las campañas televisivas del miedo, se salve a Wirikuta y que nos activemos como sociedad civil.