Carmen Galindo
En la década de los cincuentas del siglo XX, William Faulkner y Ernest Hemingway dominaban la literatura de los Estados Unidos, y la literatura de ese país, la del mundo. El primero, se ocupaba del “profundo sur”, descomponía el orden cronológico de la novela, empleaba el flujo de la conciencia y narradores tan poco habituales como “Benjy, el idiota” de El sonido y la furia. Los ecos de la Biblia resonaban en su prosa. De algún modo, Hemingway era la antípoda. Su estilo, como el de Albert Camus, era periodístico, ajeno a la retórica, una especie de grado cero de la escritura.
Si bien se usaba para otros escritores, para Hemingway parece haberse acuñado el término de “relato”, una narración un poco más extensa que el cuento (aunque no necesariamente), pero lo que la singularizaba era la ausencia de un final, que parecía privativo del cuento. Este dejar el cabo suelto desconcertaba al lector que tenía que completar, por su cuenta y riesgo, el final. Se incubaba lo que habría de ser la obra abierta. El más famoso de los relatos de Hemingway lleva por título “Los asesinos”, en su trama asistimos a una persecución y el relato termina cuando se abre una puerta (creo recordar que Ole Andreson se ha refugiado en un hotel) y los previsibles asesinos se disponen a entrar. No sabemos las razones de la cacería, ignoramos incluso si el protagonista tiene una culpa que pagar o es inocente. Al conjunto de esos relatos, los críticos intentaron encontrarle un sentido. Postularon, con razón, que un personaje Nick (que aparecía en varios relatos como observador) se enfrentaban a una experiencia límite: la violencia.
Otro de los relatos, en el cual un médico asiste a un parto y el padre del niño, un indio, se suicida de modo sangriento, sirve de ejemplo de estas escenas sueltas –sin moraleja, sin explicación- que enfrentan a la violencia ciega, sin sentido. En el médico y Nick que observa lo ocurrido pronto se identificó al padre y al mismo autor de niño, que vivió esta experiencia atroz acompañando a su padre, un ginecólogo. Esta violencia absurda, tema caro a la guerra y la posguerra, alcanza a algún personaje de Adiós a las armas, cuando, ya firmada la paz, es muerto por combatientes enemigos que ignoran que la guerra ya había terminado.
Las nieves del Kilimanjaro. al pie de la autobiografía, tiene una tensión muy especial con el protagonista al borde de la muerte por gangrena y en espera de un avión que le salve la vida. Las reflexiones de Larry y de su rica esposa –textual de la vida real- constituyen la novela. Este verse a las puertas de la muerte y la espera con rachas de conciencia e inconsciencia, narrado todo sin darle vueltas al asunto y con escenario y personajes africanos, no atrapa, hipnotiza al lector. Se permite el autor, por fidelidad a la realidad, que el avión, luego de rescatarlo, se accidente, giro que parecería un truco literario excesivo, pero que la vida real, sin pagarle tributo a lo verosímil, se permitió y Hemingway respeta.
De las obras de Hemingway, hay una que me fascina y es París era una fiesta. Ahí postula dos temas de importancia literaria. Uno es su famosa teoría del iceberg y la otra es que ahí se narra el porqué se llama a la suya la generación perdida. En sus páginas, se cuenta que Hemingway llega una tarde a la casa de Gertrude Stein y ella, recuperando una frase que escuchó. exclama: son ustedes una generación perdida refiriéndose al propio Hemingway y sus amigos. El calificativo no le gustó al escritor, quien asegura que al menos evita estar borracho cuando visita a Miss Stein pero la denominación hizo buena fortuna en los medios periodísticos y académicos, y acabó por conocerse con ese nombre a John Steinbeck, Francis Scott Fitzgerald, John Dos Passos, Ezra Pound y el mismo William Faulkner.
El iceberg, también definido en París era una fiesta, es la metáfora del recurso literario que consiste en que el escritor omite una amplia parte del relato y sólo deja visible la cumbre, precisamente como un iceberg, cuya inmensa masa de hielo está sumergida en el mar. Advierte Hemingway que ese hiato del relato, lo que se escamotea al lector, no es truco y debe ser concebido y perfectamente conocido por el escritor.
(Si no recuerdo mal, Elena Poniatowska en Tinísima imagina que María, un personaje de Hemingawy de Por quien doblan las campanas, es Tina Modotti que lucha por los republicanos en la guerra civil española.)
El 2 de julio de 1961, hace nada menos que 50 años, se suicidó, en la Habana, Ernest Hemingway. Hoy se revela que lo espiaba, por su estancia en Cuba, el FBI. En ese momento, su suicido pareció natural, por su afición a las armas, por el suicidio de su padre que lo torturó toda su vida e incluso por su cultivada imagen pública de hombre rudo que había practicado el boxeo, que gustaba de la cacería, de las corridas de toros y en especial, de las mujeres. Pamplona lo recuerda hasta la fecha con su habitación de hotel intacta, en Cuba existe la hermosa Marina Hemingway y en El Floridita todavía se sirven los descomunales daiquiris Papá Hemingway.
