Después del triunfo de la Selección de Futbol Sub-17, ahora campeona del mundo, ¿qué tanto habrá cambiado, efectivamente, México? Si nos preguntamos es porque para Felipe Calderón este cambio era un hecho irrefutable, tal como lo asegurara el 11 de julio, al felicitar en Los Pinos a nuestros nuevos “niños héroes”.

Queridos lectores, a continuación, por favor, lean despacito la declaración de Calderón, para que la grabemos en nuestro corazón y no la olvidemos jamás: “Yo honestamente quiero darles las gracias, muchachos, porque nos han traído algo más que la Copa del Mundo, que el trofeo de Campeón del Mundo, mucho más que el trofeo de Mejor Jugador o los mejores jugadores que se ganaron a pulso: nos han traído una gran alegría a todo México”, manifestó, rodeado por los jóvenes en las escaleras de la residencia Miguel Alemán.

Le ha de haber gustado tanto lo dicho, que todavía abundó más sobre el tema: “Yo estoy convencido de que México no va a ser el mismo que antes después de este campeonato del mundo”.

Claro que después matizó para que sus detractores no lo tacharan de triunfalista: “Hay muchas cosas que hacer, desde luego, los problemas siguen, pero creo que tiene que cambiar, y ésa es la responsabilidad de todos los que estamos fuera de la cancha: tiene que cambiar la manera como enfrentamos las cosas, tiene que haber un espíritu distinto y mejor”.

Confieso que casi me convence la declaración del Presidente. Lo que sucede es que siempre me he considerado como una persona optimista y hacía mucho tiempo no escuchaba una buena noticia. Hace mucho tiempo, estoy urgida de buenas noticias: de ahora en adelante, prefiero no leer el periódico, ni escuchar las noticias por radio, ni verlas en la tele, por temor a que no muestren cuánto ha cambiado México, gracias al triunfo del Sub-17, me dije.

Así es que al otro día de los buenísimos augurios de Calderón, no me enteré del ase sinato del joven arquitecto Javier Serrano Orozco, ocurrido en la madrugada del domingo en Zihuatanejo.

Tampoco me enteré, afortunadamente, del destape de Santiago Creel, porque de haberlo hecho habría corroborado que México no había cambiado ni un ápice a pesar del triunfo de la Sub-17.

De hecho, hasta hoy, mientras escribo este texto (julio 20), puedo decir, no sin absoluto desencanto, que no he visto ni un solo cambio en nuestro país. Todo está igual.

Estoy tan enojada, que en realidad debí de haber intitulado mi colaboración de la revista Siempre!: “Antes y después de Calderón”.

He allí el meollo del problema.

¿Cuánto costaba la tortilla antes y después de Calderón? ¿Cuántos muertos a raíz del crimen organizado, antes y después de Calderón? ¿Cuántos triunfos del PAN, antes y después de Calderón? ¿Cuántos turistas internacionales han visitado nuestro país, antes y después de Calderón? Y por último, ¿qué país tenemos, antes y después de Calderón? Pero volvamos a lo que provoca el futbol, incluso en el inconsciente de los presidentes.

Dice Pablo Nacach en su texto de la revista Letras Libres de diciembre de 2006, titulado “Dios es redondo, Juan Villoro”, que como el autor sugiere, habría que analizar este deporte: “Convirtiéndolo en unidad de análisis y partiendo de la hipótesis que apunta (Villoro) que el futbol sucede dos veces, una en la cancha y otra en la mente del público, el autor se infiltra en los intersticios de dicha encrucijada y acomete la tarea de diseccionar sus misterios, de resolver la cuadratura del círculo comenzando por el principio, esa causa sui imprescindible, verdadero nóumeno para los pseudoespecialistas que en vano han intentado cartografiarlo y que, por eso mismo, lo han desechado como problema sociológico de primer orden: la íntima relación que el futbol mantiene con la infancia”.

¿Qué tan buen jugador de futbol era de niño Felipe Calderón? Algo me dice que en lugar de meter goles, le metían goles constantemente; algo me dice que nadie lo quería en su equipo y algo me dice que nunca entendió las reglas del juego…