Juan Antonio Rosado

La síntesis de la trayectoria de un poeta, ese juego de selección, esa voluntad de concisión, se manifiesta en una antología personal que nos otorga una perspectiva más definitoria del creador sobre su propia obra. El poeta mexicano de origen argentino Eduardo Mosches (Buenos Aires, 1944) ha trazado un camino de palabras y acciones que lo estrechan con distintas realidades sociales y políticas, internas y emocionales que pueblan un entorno envuelto en la cada vez mayor crisis universal. La voz no cesa. Cuando el intelectual o el poeta sienten la impotencia, toman la palabra para alejarla de su mero sentido utilitario y hurgar en ella lo esencial. A fin de cumplir su cometido, el artista se alía con Mnemosine, la memoria, y sus diversas reencarnaciones.

Afirma Eduardo Milán en el prólogo de Avatares de la memoria (antología poética): “La memoria para Eduardo Mosches es una especie de flujo que integra la cotidianeidad. Vivir, hacer la tarea de la vida común es hacer memoria”. El primer poema de este volumen, “Buscando”, publicado por vez primera hace 32 años, ya implica memoria y deseo: “Sus labios me observaban/ silenciosos/ quise leer en ellos mi presente o pasado/ buscar entre zarzales/ la respuesta/ pero sólo encontré/ al viento desnudo/ entre las hojas quietas/ y a un caracol sordo/ sin mar”.

Los poemas de esta antología han sido tomados de Los lentes y Marx (1979), Los tiempos mezquinos (1992), Cuando las pieles riman (1994), Viaje a través de los etcéteras (1998), Como el mar que nos habita (1999), Molinos de fuego (2003) y Susurros de la memoria (2006). Siete libros en los que Milán detecta cuatro obsesiones: “el amor, la conciencia social y política, el estado de lo humano y la vida común”. Dentro del vasto tema amoroso, habría que agregar el dolor de la separación: “Los dedos se convierten en pañuelos de despedida” y, por supuesto, el erotismo, pero también el viaje, que implica un etcétera, signo de la poesía y de la misma memoria, por lo que tienen de inabarcable.

Y justo uno de los logros más fecundos de la poesía es hacer vivir al lector en un no-lugar de cuyas costas brotan botellas con mensajes a veces cifrados, que vinculan a ese mundo con el engaño llamado realidad. Por ello muchos de los versos de este poeta sugieren expectación, abismo, lo inmensurable, una caída vertiginosa a lo desconocido y la imposibilidad de contar todo lo que somos. El lirismo de las imágenes, la brillantez de ciertas metáforas subyacen bajo el signo de la contraposición naturaleza-ciudad. Se trata de una poesía eminentemente urbana, en que la podredumbre de las apariencias citadinas se combinan con los gratos encuentros: “El avión ronronea/ especialmente para mí/ me desembaraza de museos/ con sus recuerdos momia…”. ¿Olvidar el pasado para dirigirse hacia el insospechado futuro? A veces, el poeta alinea las fichas de un rompecabezas onírico y pretérito para que, al reconstruirlo, desaparezca el pasado y surja la memoria.

Cada parte nos abandona en la expectación y la continuidad. La sensación de viaje hacia atrás o adelante es también a través del lenguaje y sus adverbios. En el poema “Inusitadamente real”, se afirma: “Tengo deseos/ de denotada influencia sádica/ por lo tanto golpeteo con saña/ las nalgas de la máquina./ Van rebotando las palabras/ letra a letra/ en la pared de los deseos”. Las palabras rebotan para formar las imágenes de una intensidad que se detiene por fin en lo inabarcable. El viaje carece de término porque se instala en un recorrido ascendente donde hay memoria, mas no retorno.

Eduardo Mosches, Avatares de la memoria.Antología poética (1979-2006).

Dirección de Literatura UNAM (Textos de Difusión Cultural), México, 2010; 272 pp.