Emma Elena Valdemar escribió que antes de amar debe tenerse fe. Afirmó que preguntar por el pasado es no tener corazón; su canción es similar al discurso con el que René Bejarano se presenta ante los ciudadanos siete años después de convertirse en la estrella de la corrupción, acompañando nuevamente los pasos de Andrés Manuel López Obrador.
La meta es la misma: el escenario es distinto, pero el duo dinámico pretende nuevamente convencer a la ciudadanía que aun cuando se llenan los bolsillos con desesperación, primero son los pobres y por ellos todo su amor.
Entre choferes con sueldos millonarios, secretarios que apostaban el presupuesto en Las Vegas o diputados reventando los bolsillos con billetes de dudosa procedencia, mientras nos vendían el discurso de la honestidad, armaron el verdadero complot, el más grande engaño usando la esperanza como estandarte y como escudo.
Ahora piden olvido porque les conviene. Bejarano siempre ha sabido que si algo lo puede proteger más que el fuero que perdió es la desmemoria de la gente, y por eso, el dirigente de la corriente perredista identificada como Izquierda Democrática Nacional reaparece en el escenario político, después de haber llorado y pedido perdón.
Llegó a exigir que se oficializara su lugar en la dirigencia del partido del que nunca se fue, para el que nunca dejó de operar.
En las manos de René, el tabasqueño ha depositado la responsabilidad de dirigir los esfuerzos y diseñar la estrategia que lo lleve a Los Pinos, tal vez porque sabe que cuando caiga lo hará en blandito, entre ligas que han sujetado siempre con la elasticidad de sus principios a quienes encuentran en la política una manera de servirse.
Olvidar el pasado es asegurarles a otros un futuro que jugará en contra de los ciudadanos, en contra de un país que requiere dejar atrás prácticas y costumbres que lo anclan. La esperanza no debe ser nunca más el motín de nadie.
