Cosas de la patada
En un país donde las cosas están de la patada, el triunfo de los jóvenes futbolistas de la selección sub-17 es una bocanada de aire fresco, un respiro, una demostración de que no todo ha de ser fracaso; una prueba de que, pese a todo, México cuenta con inmensas reservas de energía para revertir la situación.
Como se sabe, el futbol no es sólo un juego, sino el centro de un entramado mundial en el que están imbricados fuertes intereses económicos y múltiples aspectos políticos que van desde el prestigio personal de los mandatarios hasta los fantasmas ideológicos que prohíjan las actitudes más acentuadamente chovinistas y xenófobas.
Los once jugadores son el sucedáneo de los ejércitos en esas guerritas que se desarrollan sobre el césped a lo largo de 90 minutos. Los futbolistas son guerreros en calzoncillos que si triunfan nos envanecen, pues alimentan nuestras ínfulas de superioridad; y si pierden, nos deprimen al ponernos nuevamente en sintonía con la triste grisura de la realidad cotidiana.
Pero sería necio considerar al futbol como un mero mecanismo enajenante. Para una persona mentalmente sana, es una práctica física que prepara a las personas para lograr un adecuado despliegue de energía en sus actividades diarias, nos enseña a competir en busca del triunfo, lo que es condición de la vida social, y nos lleva a aceptar la derrota sin experimentar humillación.
Invariablemente los políticos de todo el mundo buscan subirse al carro de los vencedores y ofrecen los triunfos deportivos como resultado de su gestión, en tanto que los atletas ganadores son presentados ante la nación como prueba de que sí se puede, de que somos un pueblo capaz de obtener triunfos y de que las adversidades de hoy serán superadas.
Estudios realizados en los grandes centros industriales de Italia han mostrado que la productividad se eleva en la semana que sigue a una victoria del equipo de la ciudad, y que ocurre lo contrario cuando la squadra pierde el juego dominical.
El futbol puede desatar los demonios del odio y transformar el sentido de pertenencia a un país, a una ciudad, a unos colores, en agresividad frente a los extraños; pero también, no sin contradicciones, ha sido un medio de acercamiento entre los pueblos, un canal de conocimiento mutuo y una forma de entenderse en la diferencia y aun la rivalidad.
Por todo eso, celebremos el triunfo de nuestros chamacos en el campeonato mundial sub-17. Ellos, en la triste situación del país, nos recordaron que también podemos ganar. Qué bueno.

