Martín Tavira Urióstegui

Hay dos maneras de entender la política: como actividad pragmática que busca lo útil, inmediato para beneficio personal, o de grupo, sin importar principios, programas, cambios económicos, sociales, políticos y culturales. Para Aristóteles, en la Antigüedad, los animales estaban sometidos a la necesidad, a las leyes ciegas de la naturaleza. ¿Cuándo el animal de la naturaleza se convierte en “animal político”? Cuando forja una comunidad y dicta las leyes para la convivencia, es decir, cuando funda la polis -la ciudad-Estado- con un gobierno también sujeto a normas. ¿Cuál es el asunto toral de la política? La intervención de los ciudadanos en el Estado, como gobernantes o como gobernados. Pero la participación de los ciudadanos no se agota en los actos puramente electorales. Antes tienen que entrar en movimientos para trazar los lineamientos en la organización del Estado, en los programas del desarrollo social en sus múltiples aspectos. Después, para impulsar y vigilar el cumplimiento de las metas trazadas. Desde este punto de vista, la política es una ciencia. Así la consideró Vicente Lombardo Toledano: “La política -escribió- es la ciencia dedicada a dirigir a la sociedad. Requiere el conocimiento de las aportaciones que han hecho otras disciplinas que se refieren a los problemas humanos: la biología, la sicología, la geografía, la historia, la antropología, la economía política, el derecho, la religión, la arquitectura y el arte, cuyo remate es la filosofía, síntesis de la cultura universal y arma suprema para el logro del cambio progresivo de la sociedad humana”. Si no vemos la política así, como actividad que implica conocimiento y reflexión, podemos caer en el practicismo absurdo, en oportunismo que aprovecha situaciones coyunturales para llevar agua al molino de quienes buscan egoístamente la satisfacción de intereses bastardos. La humanidad y México tienen experiencias de siglos en este terreno. Por eso el pueblo ha considerado a la política como una actividad deshonesta y a los políticos como personas carentes de honradez. ¿Qué vemos en el panorama político de México hoy en día? Lo que vemos en los medios de comunicación: escándalos de corrupción, acusaciones a diestra y siniestra, lluvia de publicidad con candidatos y precandidatos sonrientes, con frases de mercadotecnia huecas, que no le dicen nada al pueblo. El artículo 41 de la Constitución General de la República dice que “los partidos políticos son organizaciones de interés público (y) tienen como fin promover la participación del pueblo en la vida democrática…” ¿Y cómo el pueblo podrá participar en la vida democrática si carece de educación política? Por tanto, los partidos políticos debieran contribuir a esa educación política de los ciudadanos ¿Cómo? Difundiendo ampliamente sus programas permanentes y sus plataformas electorales, sus ideas directrices que los guían en la práctica política. Los partidos políticos debieran salir a la calle y en los medios de comunicación con sus estudios, sus análisis y su valoración de la realidad nacional, estatal y municipal, así como con sus propuestas concretas para resolver los problemas viejos y nuevos que están afectando la vida diaria del pueblo y de la nación. Claro que en este aspecto de los programas hay para todo: tanto para hacer planteamientos serios como para hacer demagogia de la más pedestre. Hubo candidato a gobernador de Michoacán que prometió en su campaña crear 50 mil empleos durante su mandato. Un partido opuesto dijo que esa propuesta no era científica; a lo que el candidato contestó que él no era científico, pero que conocía la “problemática” de Michoacán al dedillo. Pero es innegable que este político echó a volar la cifra sin ton ni son, sin un programa de empleo que señalara las ramas de la actividad laboral en donde se iban a generar tantos más cuantos puestos de trabajo. Una modalidad muy recurrente en México es que candidatos de un mismo partido político lanzan cada uno sus plataformas. ¿Qué no son los partidos políticos los que debieran elaborar los programas, someterlos a la consideración de sus militantes y a la aprobación de sus órganos correspondientes? ¿No debieran ser los candidatos abanderados de esos programas de sus partidos? Cabe otra pregunta: ¿primero el programa y después el candidato? Porque en México, y en Michoacán en lo particular, primero se lanzan los “aspirantes” y comienzan sus campañas con tanta intensidad como si se les fuera la vida. Se avientan al vacío sin brújula, desplegando sus personales banderas, a veces descoloridas, sin contenido alguno. ¿Podrá llegarse el día en que sean las masas del partido -si es que las tienen- las que propongan los candidatos, por ser ciudadanos con “patriotismo acreditado con servicios positivos, y tener luces no vulgares”, como decía el artículo 52 de la Constitución de Apatzingán? En Michoacán ya se han abierto las compuertas para que las aguas de la política comiencen a fluir. Las campañas internas de cada partido están a todo vapor. Dentro de poco las candidaturas ya registradas saldrán a la palestra. ¿Con qué plataforma electoral? Parece que los partidos todavía no las elaboran, porque para ellos primero es el candidato. A estas alturas ya debieran estar circulando los programas, para que los ciudadanos pudieran conocer los estudios que cada organización ha elaborado de la realidad michoacana y ha propuesto ya los caminos para conquistar metas superiores de progreso social. De esta manera los partidos políticos darían luces para que el pueblo de Ocampo se orientara en el camino de la democracia.