Carlos Jiménez Macías

Por primera vez desde su creación, un latinoamericano, el brasileño José Graziano da Silva, ha sido electo director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). El resultado se obtuvo gracias al voto conjunto del Grupo de los 77 integrado por los países en vías de desarrollo de Asia, Africa y América Latina, de la cual forma parte, claro está, nuestro país.

Sin embargo, México fue el único país de la zona que votó en contra de Graziano, pues a nuestro secretario de Agricultura, de cuyo nombre no quiero acordarme, el español Miguel Angel Moratinos, le pareció la mejor propuesta y la mejor persona.

Los periódicos del mundo, al referirse al voto conjunto de Latinoamérica, subrayaron el salvo México. Así, no solo nuestro país fue el único esquirol de un bloque de países que se oponen a la preponderancia de las potencias que desde la FAO han atendido más a sus propios intereses que a aquellos de los países emergentes, sino que volvimos a perder. Quedamos solos frente al oprobio de no haber sido solidarios con el grupo al que pertenecemos en la geografía, en la historia y, además, en la ONU. Un error de visión que nos cuesta y nos costará muy caro, pues nos ha convertido, al menos en la apreciación de nuestros socios del mundo industrializado, en servidores genuflexos de la política de los Estados Unidos y la Unión Europea; inmersos, por lo visto sin remedio, en la órbita americana, hacemos el triste papel de comparsas secundarios en el complejo esquema de un mundo en transformación.

Escuchando dócilmente el canto de sirenas de la OCDE y adoptando la doliente metáfora del país que como brújula sólo mira al norte, hemos dado la espalda a las naciones de nuestra América, cada vez más alejadas de nuestros horizontes.

Y es que no hace mucho, nuestro país hizo un desafortunado papel ante la nación carioca, en ocasión del traspaso de poderes en Brasilia. Con pretextos fútiles, el presidente Calderón no se dignó aceptar la invitación formulada para asistir a la toma de posesión de la presidenta de Brasil, invitación que sí aceptaron los presidentes de Chile, Venezuela, Colombia, Uruguay, Perú, entre otros, así como los príncipes de Asturias y Hillary Clinton. Por México, sólo se comisionó a un subsecretario para representar a nuestro país en tan importante efemérides brasileña. ¡Qué lejos estamos de aquellos tiempos idos, cuando mantuvimos, incluso frente a la adversidad, una política exterior libre, independiente y digna, que nos valió el respeto de la comunidad internacional! Ahora ya no es así: ausentes en el BRIC —no porque hayamos rechazado una invitación, sino porque ésta nunca se formuló—, mantenemos la ilusión de llegar a ser un país primermundista a costa de la dignidad, aunque eso signifique negar la triste realidad que vivimos —un país rico con habitantes pobres— y se imponga la demagógica ceguera del gobierno federal, ya en irremisible retirada, a los que todavía les quedan 17 largos meses para seguir dando al traste con nuestra diplomacia nacional.

La conducción por demás errática de los asuntos internacionales del país ha sido la constante en la presidencia de Calderón, si no, recordemos el cabildeo apresurado y tan poco aseado que emprendió el gobierno para proponer la candidatura del doctor Agustín Carstens al FMI, quien no sólo fue expuesto innecesariamente al carecer de posibilidades reales para arribar a buen puerto, a pesar de ser un destacadísimo economista, sino como coinciden todos los expertos internacionales y del país, este hecho se sumó al traspié del voto solitario y en contra del brasileño Da Silva, quien sí obtuvo la victoria para la FAO. A eso hay que agregar que la política exterior desplegada por el gobierno de México está ignorando las estrategias comprometidas por el propio gobierno en el Plan Nacional de Desarrollo 2007-2012, donde estableció que América Latina sería siempre una región prioritaria para nuestra nación. Al negar el apoyo al candidato latinoamericano, México dio otra muestra contundente de sus equívocos en las definiciones y líneas estratégicas para recuperar el liderazgo de nuestro país en la región; la que debería construirse a partir de la congruencia y coincidencia en los intereses comunes que como espacio geográfico representamos, junto con los países de América Latina y el Caribe.

El doble discurso que ha caracterizado a la actual administración y que he denunciado con absoluta contundencia desde el Senado de la República, se sigue estructurando bajo la retórica de propiciar el acercamiento y estrechar la colaboración con los gobiernos latinoamericanos, cuando en los hechos resulta exactamente lo contrario. De pifia en pifia, seguimos perdiendo frentes…

cjimenezmacias@yahoo.com.mx