Utoya es una isla rural, la cual se encuentra a 20 kilómetros de la capital de Noruega. A esta isla, rodeada de rocas y pinos altísimos, los cuales parecen tocar el cielo, sólo se puede llegar en barco.
Dicen los que la han visitado que el paisaje es único, tanto por la claridad de su luz, como sus flores silvestres. De allí que sea el lugar de encuentro por excelencia de políticos, periodistas e intelectuales, así como el destino ideal para los amantes de viajes de campamento.
Otros de los visitantes asiduos son los jóvenes. Antes del viernes negro del 22 de julio que padeció Noruega, allí se sentían seguros y muy libres. Tan era el caso, que desde hace mucho tiempo, el Partido Laborista impartía, año con año, su conferencia de la juventud.
Asne Seirstad, periodista y residente de Noruega, dice que en esa isla “recibieron nuestros ministros socialistas sus primeros besos, tuvieron noviazgos adolescentes y debates de los de «quedarse levantados toda la noche salvando el mundo»”.
“Esta isla es el paraíso de mi juventud”, dijo el primer ministro, Jens Stoltenberg, en el discurso que dirigió a la nación la noche del ataque. “Ahora se ha convertido en un infierno”.
¿Qué se les dirá, a partir de la matanza, a los turistas que quieran viajar a la isla? ¿Terminará poniendo el gobierno noruego una placa que diga “aquí murieron más de 76 jóvenes asesinados por un terrorista?”.
O bien, ¿decidirán poner en una mampara gigante todas las fotografías de las víctimas con su respectivo nombre?
Es difícil saber cómo honrarán las autoridades de la isla a sus muertos, pero lo que resulta indiscutible es que, de la noche a la mañana, esa isla idílica se convirtió en un verdadero infierno de muerte y de dolor. Eran más de 600 jóvenes socialdemócratas los que se encontraban en la isla, cuando Breivik, disfrazado de policía, cruzó el lago Tyrifjorden, para intentar matarlos a todos.
Seguramente muchos lectores pensarán que solamente a un loco se le puede ocurrir semejante monstruosidad, pero según Yngye Ystad, el psiquitara forense y asesor de la policía, declaró que son pocas las posibilidades de que Breivik sea efectivamente un loco: “Es muy arriesgado hacer predicciones en este caso”, ha dicho, “pero no creo que le declaren enfermo mental. Planeó el crimen durante mucho tiempo. Y no ha sufrido alucinaciones o alteraciones graves”.
Además, Ystad ha añadido que una persona bajo los efectos de las drogas, como se encontraba Breivik, el viernes 22 de julio para darse fuerza y estar alerta, es totalmente responsable de sus actos, según las leyes noruegas.
Loco o no loco, Breivik se ha autoproclamado salvador de Noruega. Como dice la periodista Asne Seierstad, el terrorista quisiera restablecer una “Noruega blanca”, es decir, sin inmigración.
“En los años setenta y ochenta era muy poco frecuente ver a una persona de piel oscura, tanto para mí, que crecí en una ciudad de provincias, como para él [Breivik], en un barrio de clase alta de Oslo. Breivik es un cristiano extremista de esos que planean un «martirio de masas» en una iglesia”.
Nunca como ese fin de semana negro para los noruegos, se sintieron acompañados en su dolor gracias a las redes sociales. No había Twitter ni Facebook, ni blog que no repitiera una frase sumamente emblemática: “no dejaremos que el terror nos cambie”. Todos, incluyendo al primer ministro Jens Stoltenberg, han dejado bien claro que se responderá al ataque con más democracia y más apertura.
Porque como bien dice la colaboradora del diario El País, Seirstad: “Porque no se ha atacado sólo a nuestro Gobierno o nuestro sistema político, sino también a nuestro modo de pensar, nuestra actitud abierta, inocente y confiada. Hay una forma de perder frente a un ataque como este, y es dejando de confiar unos en otros, permitiendo que la sospecha se instale donde antes vivía la confianza”.

