En puerta, la designación de su candidato presidencial
Recientemente, el senador Manlio Fabio Beltrones hizo severas declaraciones sobre la manera en que su partido, el PRI, ha venido definiendo a su candidato presidencial.
Imposible hacerlo bajo los viejos cánones donde el propio presidente de la república lo designaba. Desde hace dos periodos sexenales no es dueño de Los Pinos.
Pero tampoco se alejó gran cosa de dos razones que a la larga le pesaron al PRI conduciéndolo a la derrota: la primera es la necesidad de caudillos y la segunda la manía de que una vez que tienen designado al nuevo líder salvador, aparece la cargada y los elogios sin medida para ese personaje que de la nada pasó a la grandeza. ¿No hay democracia, no cuentan las opiniones de las bases, de los militantes que han pasado por momentos difíciles sin perder la fe en el partido?
¿Quién hizo candidato presidencial a Enrique Peña Nieto? ¿El PRI masivamente luego de discutir las distintas personalidades que tiene, no muchas, por cierto? ¿Recibieron una carta celestial diciéndoles que era el afortunado para conducirlos de nuevo a la presidencia de México?
Manlio Fabio Beltrones lleva tiempo señalando la necesidad de formular un proyecto y una definición ideológica para el PRI, y sobre eso, el punto siguiente es el candidato.
De lo contrario, tal partido, a pesar de su recuperación (basada fundamentalmente no en su buen desempeño, sino en el pésimo comportamiento del PAN y del PRD) no será la solución para un país que ha visto en poco tiempo derrumbarse aspiraciones y posibilidades de crecimiento en cualquier sentido.
De entre todos los aspirantes presidenciales, pareciera que Peña Nieto es uno de los más adecuados. La torpeza de Felipe Calderón impidió que sus colaboradores más cercanos, de entre los cuales metería a uno a la chistera y enseguida lo mostraría con la sorpresa del viejo priismo, en el mismo estilo: miren, las fuerzas del partido, han designado a Fulanito como el mejor panista para sucederme.
Por otro lado, en ese cúmulo de basura llamada por algunos izquierda, no hay más que un aspirante fuerte: Andrés Manuel López Obrador y tiene asegurada la derrota, pero lo mismo le pasará al saltimbanqui político, hombre de refinada perversión, que responde al nombre de Marcelo Ebrard, tampoco triunfará: sus organizaciones han enlodado más a la política de lo que el PRI y PAN juntos avanzaron en décadas. PRD y corrupción van de la mano.
Parece, así lo muestran las encuestas, que el PRI regresa a la casona presidencial. Nadie piensa en otro que no sea Peña Nieto. Por lo menos, para fingir pluralidad y lineamientos novedosos, deberían trabajar, como señala Beltrones, en el proyecto de nación y enseguida invitar a sus más distinguidos militantes a mostrar sus posibilidades de hacer un buen papel en caso de éxito. No al revés.
En efecto, todavía el nuevo PRI huele a naftalina, las bolitas blancas que mantienen en perfecto estado los trapos viejos. Puede ser Peña Nieto el elegido, pero no de una manera que nos recuerda el antiguo sistema y duplica la cargada en busca de favores. Que al menos pase por un debate con otros aspirantes, que nos diga cómo y con quiénes van a gobernar un país complejo.
¿O ya Dios lo eligió para sacar el país de la grave crisis en que el PAN lo metió? Si hoy el PRI es un partido político, plural, democrático, novedoso y no una fábrica de empleos burocráticos, que lo muestre.
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