Domingo 3 de julio
El guatemalteco Augusto Monterroso es autor de uno de los relatos más cortos jamás escritos en lengua española: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí”, dice el texto íntegro de este minicuento titulado “El dinosaurio” que parece hecho a la medida para describir nuestra actualidad político-electoral: la permanencia de una clase política prehistórica que creíamos extinta, pero que en realidad sólo estaba dormida y despertó para recuperar lo suyo.
Por su larguísima estadía en el poder y por las prácticas viejas y tramposas que usó para mantenerlo, el PRI es el dinosaurio en el imaginario popular. La pérdida de la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados en 1997 y de la Presidencia de la República en 2000 sugirió la muerte de esas viejas prácticas antidemocráticas y, por lo tanto, la defunción del partido tricolor o, en el mejor de los casos, la asimilación de la derrota para su renovación y su incorporación plena a procesos políticos legales y equitativos en la busca del poder, a partir de su legítimo derecho de representar a una parte de la sociedad política del país.
Pero ni Fox ni Calderón con el PAN en Los Pinos han sido capaces de conducir el desmontaje y sustitución de las estructuras autoritarias y antidemocráticas con que operó el viejo PRI. De hecho quedaron intactas, y en ese contexto es pertinente preguntar si el Revolucionario Institucional realmente se renovó.
Antes de aproximar una respuesta hay que reconocer que desde las elecciones federales de 2006 y 2009, el priísmo regresó por sus fueros, y aunque tropezó con los resultados “aliancistas” de Oaxaca, Puebla y Sinaloa el año pasado, este domingo 3 de julio arrasó en el Estado de México, Coahuila y Nayarit.
Veamos y comparemos algunos números de la elección más emblemática de los procesos recientes, la del Estado de México, ya con resultados oficiales dados a conocer el miércoles pasado: el PRI y Eruviel Avila ganaron con 63% de los votos; el PRD y Alejandro Encinas quedaron en segundo lugar con 22%; y el PAN y Luis Felipe Bravo Mena en tercero con 13%, con un nivel de participación ciudadana de 43% del total del padrón.
Eruviel sacó una ventaja de poco más de 40 puntos a Encinas y de 50 puntos a Bravo. Incluso logró un porcentaje de votos mayor al que obtuvo hace seis años Enrique Peña Nieto con 47.6%.
Encinas, por su parte, mandó al sótano al candidato del PAN a quien sacó una ventaja de casi diez puntos, aunque sus resultados estuvieron todavía por debajo del 24.3% que hace seis años logró la también perredista Yeidckol Polevnsky.
Y por lo que toca a Bravo Mena, pues este simplemente mostró la debacle blanquiazul.
¿Por qué arrasó el PRI? ¿Realmente cambió? ¿Dejó de ser el dinosaurio antidemocrático que por años fue?
La victoria tricolor se explica, es cierto, por la decepción que han transmitido al ciudadano dos malos gobiernos del PAN y también por la incapacidad del PRD y la izquierda (incluido el Morena de López Obrador) de apuntalar, sin fracturas, una alternativa que vaya más allá de la mezquindad de grupúsculos mercenarios como el de los Chuchos o los Bejaranos y del discurso, igualmente dinosáurico, que culpa de todos los males a una mafia en el poder. Correcto, la mafia existe y ahí está, pero no se acabará con ella sin un plan de acción sólido, realista, verdaderamente alternativo, capaz de movilizar los sectores populares y a la clase media depauperada, pero temerosa.
¿Que el PRI arrasara quiere decir que es hoy el que ofrece una verdadera alternativa de cambio? No. El PRI ganó porque, a través de sus gobernadores, aceitó las viejas y tramposas estructuras, gastó millonadas del erario público en promover a sus candidatos y compró votos, muchos votos. Se aprovechó de la necesidad y el oportunismo de la gente, y sacó raja de una autoridad electoral omisa que no supo garantizar equidad, libertad y transparencia y que igual fue incapaz de hacer cumplir con los requisitos mínimos para ser candidato (como fue el caso de la residencia de Encinas), que de sancionar los actos anticipados de campaña o gastos que rebasaron los topes de financiamiento (como parece ser el caso de Eruviel). Alguien por ahí dijo, con sobrada razón, que los mexicanos votamos pero no elegimos.
Por otra parte, el argumento de que ganó el PRI porque se renunció a la política de alianzas es una falacia. Hoy está más claro que nunca que estamos ante dos proyectos de nación confrontados: el que mantienen y defienden desde hace tres décadas el PRI y el PAN, y el que ofrece la izquierda PRD-PT-Morena. Que sectores mercenarios de ésta promuevan alianzas con el PAN para frenar al PRI y ganar el poder, no es una alternativa seria, ya que tricolores y blanquiazules representan lo mismo en términos de proyecto, aunque sean diferentes en cuanto a prácticas democráticas.
Por lo demás, estamos ante procesos electorales cuya confiabilidad se agota según deja ver la decreciente participación ciudadana y resultados como los del domingo pasado que no reflejan, por lo mismo, el sentir ciudadano mayoritario.
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