Juan José Reyes

Las obras de arte han sido sitio perfecto para que llegue a la gente a pegar etiquetas. Desde los adjetivos manidos hasta los marbetes ideológicos, el arte es receptáculo, no tan pequeño, de señas de identidad de quien las coloca. Quiero decir: si tal cosa es buena o genial lo es entre otras cosas porque yo lo considero, lo digo y lo pregono. En los tiempos recientes el arte además recibe, con refinado pegamento, una nueva mirada pegajosa: la de la corrección política. No podía ser de otra manera, es lo cierto, si hasta en los deportes cuenta de qué lado están los fans o las historias para juzgar a los competidores. En fin. El periodista norteamericano Richard Kimball la emprende en contra de los embusteros que quieren ver en el arte lo que no está pero que conviene ver. No son poco importantes los adversarios, aunque lo justo es decir que no pueden responder: Benjamin, Heidegger. Resulta de mucho interés, es divertido sin duda, leer este alegato entusiasta a favor de lo evidente (el arte debe contar sólo por su autenticidad y la autenticidad de la emoción que genera, por la belleza, la armonía, los logros estéticos) y en contra de la ideología o las modas. El libro habrá de suscitar reacciones, o debería hacerlo en un medio no aletargado, entre los críticos de artes plásticas y entre no pocos escritores que con no poca frecuencia se ocupan de artistas con florido lenguaje. Kimball no está en contra de aquel lenguaje, pero sí de que se considere que su mero uso implique el ejercicio crítico. Aquellas reacciones serían de interés sin duda.

Richard Kimball, La profanación del arte / De cómo la corrección
política sabotea el arte. Traducción de Mariano Sánchez Ventura.
Fondo de Cultura Económica, México, 2011; 210 pp.