Crónica de un triunfo anunciado


El resultado de las elecciones del domingo 3 de julio en Hidalgo, Nayarit, Coahuila y el Estado de México no fueron una sorpresa para nadie, pues las fuerzas políticas se habían desarrollado de tal manera que la arrasadora victoria priísta era natural.

Vale la pena reflexionar particularmente de lo que sucedió en el Estado de México, que no fue resultado sólo de la campaña y del proceso electoral, sino de una estrategia que se remonta al momento en que protestó —como candidato a la gubernatura del Estado de México— Enrique Peña Nieto; en ese entonces, Peña Nieto pudo constatar las divisiones del PRI que se reflejaron en la ausencia del presidente del Consejo Ejecutivo Nacional, Roberto Madrazo, quien no asistió a tomarle la protesta, y en su lugar, actuó de motu proprio y solidario con Peña Nieto, Heladio Ramírez López.

Desde ahí, el recién electo gobernador mexiquense se dio cuenta de la urgente necesidad de alinear las fuerzas priístas en torno de una unidad; por eso, sus esfuerzos a partir de su arribo al gobierno del estado se han encaminado a esa unidad, ya que la ausencia de ella nos produjo una derrota en la que perdimos la Presidencia de la República, fuimos la tercera fuerza de la Cámara de Diputados y la segunda en el Senado.

A partir de ahí, el PRI y todos los protagonistas fundamentales entendieron la lección. Esta es parte de la explicación; la otra está en los graves errores de los otros partidos: un PAN que sólo tiene el 12 por ciento en el estado electoralmente más importante, a pesar de ser el partido gobernante, es un PAN derrotado y gravemente dañado hacia el futuro inmediato.

Y, por otro lado, un PRD que ha venido dividiéndose cada día más, frente a la posición indeclinable de Andrés Manuel López Obrador, de volver a aparecer en la boleta de la elección presidencial, y para lo cual ha desarrollado un intenso trabajo en las bases, pero con resultados insuficientes para obtener triunfos electorales.

La división de los perredistas hacia el futuro inmediato, la indecisión de los panistas y la falta de soluciones a los problemas fundamentales por parte del gobierno de la República, en medio de un clima de violencia patológica, propician una fuerza que muchos no se explican, pero que es arrasadora, pues la ciudadanía ha entendido que la mejor opción de gobierno la constituye el PRI.

Así, la elección del pasado domingo despeja la incógnita de quién será el candidato priísta; no hay duda: Peña Nieto, con su cercanía a los gobernadores priístas, a las organizaciones y al Comité Ejecutivo Nacional, será el próximo candidato y, además, sin la menor duda, el próximo Presidente de la República.

El camino quedó despejado, las incógnitas resueltas, pero lo más importante es la definición programática de un partido, que ha acentuado su trabajo en lo pragmático, pero que se ha alejado de lo ideológico.

Para quienes somos priístas de viejo cuño, por razones ideológicas, nos parece que existe un gran vacío que debe llenarse, para darle a la conducción del partido el sentido social y económico que reclaman nuestros principios constitucionales y doctrinarios.

Queremos y vamos a ganar la Presidencia de la República, pero urge que el proyecto priísta retome el camino de la historia. En pocos meses, Peña Nieto tendrá la palabra.