Para clausurar un cabaret


¿La clausura de un inmueble es acto consumado o acto de tracto sucesivo? El origen del problema, según lo conocí, se relaciona con los cabarets.

Pero es preciso narrarlo para entrar en materia. Si usted, que ahora nos lee, se hubiera levantado un cierto día de finales de noviembre de 1984, en las primeras horas de la madrugada y, sin ganas de volverse a dormir, caminara noctámbulo por la alameda de Santa María de la ciudad de México, posiblemente habría sido testigo de una curiosa procesión: activos, en fila, tres pasantes de derecho, estudiantes de la facultad, pasaban rápidos por los senderos del parque. Lo que tenían de especial, de llamativo, de raro, era que amarrados con gruesos mecates, llevaba cada uno tres perros callejeros que los seguían, tal vez convencidos de que sus penalidades de trotacalles terminarían teniendo dueños tan jóvenes y despiertos.

El destino de los tres era una antigua casa contigua de un cabaret clausurado. Ya los esperaban en la puerta algunos compañeros, juntos subieron las escaleras hasta la azotea. En ese lugar pareció desarrollarse un rito satánico, porque uno a uno, se les cortó el cuello a los animales (me refiero, desde luego, a los perros, no a los estudiantes), para ser arrojados al patio de la casa vecina precisamente sobre la pista de baile.

Después, satisfechos y felicitados por el abogado del importante despacho en que trabajaban se retiraron.

Dentro de la antigua y noble profesión de los abogados existe, como es lógico suponerlo, gente común y otros que son inteligentes y fértiles en ardides, como dice la Odisea, el libro inmortal de Ulises.

El maestro de los pasantes era un “Ulises” de la profesión jurídica. Pequeño de estatura, moreno de ojillos redondos, vivaces como de ardilla y nariz ganchuda de héroe nacional. Las variadas emociones que abogados como éste levantan en el medio jurídico mexicano, nos recuerda aquel pasaje de la novela de John Steinbeck, Cannery Row: “Las cualidades que admiramos en los hombres, bondad y generosidad, sinceridad, honestidad, comprensión y sensibilidad son las que llevan, en nuestro sistema, al fracaso. Y las características que detestamos: el ser hiriente, el individuo avaro y lleno de codicia, el mezquino, el egoísta y, por último, aquel que busca su propio interés, esos son quienes tienen las características del éxito feliz de la profesión. Y si los hombres admiran las cualidades de los primeros, aman el producto de los segundos”.

El abogado de quien hablamos, el litigante, si bien no era una persona agradable y ciertamente tampoco un hombre bien educado, sí era, por el contrario, mucho, pero mucho muy próspero e influyente.

¿Qué perseguía con tantos cuerpos de perros desangrándose sobre la pista de baile? ¡Precisamente en esa pista en que bailaron tantas y tantas parejas de honrados y sencillos habitantes de esta gran ciudad!

Buscaba lo siguiente: si el cabaret se encontraba clausurado, con sellos de clausura fijados en las batientes de puertas y ventanas, era necesario levantar ese estado de clausura, quitando los sellos; un particular no puede entrar al establecimiento sin quitar o romper los sellos; por tanto, era preciso encontrar una autoridad que lo hiciera.

Dejad, decía un antiguo, muy antiguo amigo, en tono sentencioso, dejad que obre Dios. Y el sagaz jurista dejó que los perros muertos apestaran como sólo pueden hacerlo ellos. Al tercer día los olores eran ya espeluznantes. Entonces se avisó a las autoridades de Salubridad, quienes se presentaron con los vecinos que denunciaron la situación, rompieron los sellos de clausura que habían colocado los inspectores de reglamentos por orden del delegado político del lugar, y entraron a investigar el origen de esos olores.

Me informó un testigo que la escena que los esperaba era espantosa. Sin embargo, ¡tomen nota de esto!, no hubo sorpresa alguna en sus caras, no fue la mirada de “la novedad de lo extraño”, pues no es común encontrar perros abiertos en sangre y con la carne corrompida cada vez que se denuncia un mal olor en las casas de esta ciudad. No, con toda naturalidad, limpiaron el lugar y se llevaron los cuerpos, para darles cristiana sepultura (tengo la impresión de haber dicho algo equivocado y herético). Sin duda, comentaba el espectador de este hecho épico, el maestro que urdió toda la trama había previsto y cuidado amorosamente la actuación de las autoridades de Salubridad.

Pues bien, una vez desaparecidos los sellos de clausura por obra de las autoridades, el cabaret quedaba abierto. El jurista promovió juicio de amparo contra una clausura que habría de llevarse a cabo ya, de manera inminente, solicitó la suspensión del acto reclamado y el juez federal, que no conocía la historia que les he narrado, concedió la suspensión provisional, con la cual abrió de nuevo sus puertas el cabaret a su exclusiva clientela.