Carlos Olivares Baró
El poeta Gonzalo Rojas (Lebu, 1917-Santiago de Chile, 2011) viene montado en un caballo mojado de llovizna / viene en su casa de aire y en su silencio gozoso de acordes / en los huecos del cielo y en “todo el hueco del mar”. Persistentemente a la intemperie. Siempre glotón de retratos que nos muerden. Siempre en los matorrales del tropel. Siempre como un niño escribiendo mucho “poco y mal. Asmático y tartamudo”. Gonzalo en la vorágine del ritmo que Dios arrojó “desnudo y llorando/ como el mar”. Gonzalo cohabitando en hosterías acuosas y oscuras con Catulo, conversando con André Breton y emborrachándose con su compinche Pablo de Rokha en una taberna lóbrega y solitaria del Báltico: sin desconfianza, con la liturgia como único galardón en los ojos.
Gonzalo espera a su padre bajo la torva. Su padre huele a metal. El minero Juan Antonio Rojas viene desafiando los relámpagos del temporal. Excavador de manos afanosas, barba cerrada, ojos atentos y cantos en los bordes de los labios. / Alguien toca una cueca y la tonada se extiende por el vientre del chaparrón. Baila Gonzalo que trae una botella de vino tinto, lo escoltan trompe, bombo, trutruca, acordeón, charango, arpa de sirgas atiesadas y la zampoña de voz punzante. El amor es un asma. Pasado mañana es domingo y en Lebu un ardor desplaza el polvo del carbón.
Con música en la plaza y niñas de perfil, Lebu / es la costa de este domingo.
Qedeshím Qedeshóth (Editorial FCE México, 2010), antología de uno de los grandes poetas de lengua española. Gonzalo en las callejuelas del surrealismo con un tono lúdico de luces altaneras y tristes. Cercano a César Moro, Coronel Urtecho, Salomón de la Selva, Xavier Abril y por supuesto, de su hermano mayor, César Vallejo; Gonzalo Rojas, centro de una borrasca lingüística pocas veces vista en la poesía latinoamericana. Este volumen —sumario dividido en siete apartados: I. Al silencio, II. Asma es amor, III. Fondo de ojo, IV. Del loco amor, V. En cuanto al ojo izquierdo, VI. Los niños, VII. Libre libérrimo—, compendia en 340 folios, soplos memorables de la lírica Hispanoamericana contemporánea.
El que no ha visto a Dios en el juego no ha visto a Dios, / yo lo vi a los cuatro tal como es: un niñito / con cara de dragón.
El poeta de Lebu publicó más de 50 poemarios: Desde La Miseria del Hombre (1949) hasta Con arrimo y sin arrimo (2010) los lectores hemos sido testigos de una voz de singularísimas inflexiones: fusión de tonalidades grecorromanas (Catulo, Píndaro, Ovidio…), Siglo de Oro (Quevedo, Lope, Góngora…) con matices de la vanguardia latinoamericana y guiños surrealistas. El verso, una prueba del combate del hombre contra “la serpiente que avanza en el silbido / de las cosas, entre el fulgor / y el frenesí”.
Leo en un mismo aire a mi Catulo y oigo a Louis / Armstrong, lo reoigo / en la improvisación del cielo.
Ganador de múltiples premios (Premio Reina Sofía, Premio Octavio Paz, Premio Cervantes…), el autor de Materia de testamento (1988) ha hecho de la poesía un acto de festividad sonora: “Al silencio”, “Una vez el azar se llamó Jorge Cáceres”, “Celia”, “Orompello”, “Latín y jazz”, “Acorde clásico”, “Al fondo de todo esto duerme un caballo”, “Oda pindárica”, “Crecimiento de Rodrigo Tomás”, “Elegía”, “Qué se ama cuando se ama”, “Vocales para Hilda”, “Asma es amor”, “Las sílabas”, “Sábete Sancho”, “A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro”, “Carbón”( “Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir / mi Lebu en dos mitades de fragancia, lo escucho, / lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como / entonces…”)… Las palabras son albores que nunca finalizan: “Un aire, un aire, un aire, / un aire, / un aire nuevo: / no para respirarlo / sino para vivirlo”, proclama este chileno, perpetuamente inmortal en sus irreverentes 92 años de vida en las espirales de un piadoso oficio poético.
Me moría, adiós vieja fragua; un minuto y soy piedra para / siempre, oh voz, única voz.
