Así garantizan unos y otro su confortable existencia


Ser ciudadano, el más grande honor

al que puede aspirar cualquier hombre.

Benito Juárez

El pasado 5 de julio, la Agrupación Política Local Ciudadanía y Democracia inició sus conferencias sobre la ciudad de México. En esta primera ocasión, a propuesta del ingeniero Joel Ortega, la doctora Ma. Elena Morera y el licenciado Ulrich Richter se abordaron los derechos ciudadanos como tema de la reunión.

Por su cercanía en tiempo, el foro tocó en diversos momentos el proceso electoral del 3 de julio del que se concluyó que el gran vencedor de esa jornada sería el abstencionismo, y una de las vertientes de esta abdicación ciudadana que se delineó en la charla se refirió al manifiesto vacío que la mayoría de los ciudadanos convocados a las urnas hacen a la simulación demagógica a la que partidos y gobiernos han llevado al ejercicio del sufragio.

Con esta idea en mente, ubicamos que de forma por demás perversa los partidos políticos y sus testaferros orientan toda disquisición sobre el abstencionismo a imputar a la sociedad su origen, y en fingidos ataques de sinceridad llegan a reconocer, cuando más, errores de estrategia partidaria, pero ninguno de los opinantes políticos confiesa que son ellos los que al haber secuestrado —levantado se diría al más puro estilo del crimen organizado— a  nuestra democracia en función a sus agendas partidarias, que perversamente desalientan la participación ciudadana para garantizar sus cotos de poder.

Recordemos que fue en el año 2000 que al gobierno de Ernesto Zedillo se le impusieron, desde el extranjero, condiciones que lo obligaron a facilitar un verdadero proceso democrático gracias al cual fue posible vivir por vez primera la alternancia partidista a nivel federal.

Como resultado de esa elección, Acción Nacional asumió la conducción del país, generando entre el electorado una esperanza de democratización, que su vocación reaccionaria frenó, secuestrando la transición con la complicidad de la mayoría de los partidos, que entendieron que con ello defendían un régimen que garantiza su confortable existencia.

En ese contexto es entendible la obsesión foxista por impedir, a toda costa, la candidatura de Andrés Manuel López Obrador a la contienda del 2006,  así como la negra campaña electoral que desplegó Felipe Calderón en su contra, estrategia de desprestigio que impuso la continuidad panista en la Presidencia de la República —con el 0.56% de los votos, pero sin legitimación social alguna—, y que retuvo cautiva a nuestra democracia polarizando el país con tales acciones.

El apañe de nuestra democracia no es responsabilidad exclusiva de Acción Nacional, es imputable a la clase política y partidaria que ve en ella, no  el sistema  de gobierno concebido por los griegos en la Antigüedad, sino un instrumento que garantiza el nicho de negocio que para ellos representa el manejo discrecional del erario público en todas sus componentes.

Bajo esa falsa premisa, partidos y políticos han sustituido el principio patriótico de que la patria es primero —legado por don Vicente Guerrero y que preside todos los recintos legislativos del país—, por un inconfesado y aberrante la transa es primero, complementando tal ruindad con la vandálica frase de que el que no transa, no avanza, paradigma de la perversión del sufragio en beneficio de  indignos intereses de facción.

Para nadie es un secreto que parte fundamental de esta estrategia estriba en la decisión política de mantener en la ignorancia democrática a la niñez y juventud, propiciando en ellas su mínima participación al llegar a su edad ciudadana, a la par de facilitar la perversa práctica de la mercantilización del voto y del sufragio clientelar.

Si alguna duda queda de los aviesos intereses político-partidarios, baste acreditar su doble discurso en función a las candidaturas ciudadanas, opción, que —a pesar de estar contemplada en la Constitución desde 1918—, genera un apoyo discursivo a la par de su velada obstinación por aplazar su aprobación, al igual que hacen con la democracia participativa, pues saben que ello facilitará indeseados instrumentos de control ciudadano, como son el plebiscito, el referéndum, la revocación del mandato y la transparencia y rendición de cuentas, los cuales ponen en riesgo su confortable impunidad.

Afortunadamente, el ejercicio impulsado por Ciudadanía y Democracia demuestra que cada día son más los mexicanos que se organizan en torno al principio moral e histórico de que el ser ciudadano es el más grande honor al que puede aspirar un ser humano, como lo afirmó don Benito Juárez desde el siglo XIX, cuyo aniversario luctuoso conmemoramos este 18 de julio.

Y menos mal que estas agrupaciones civiles se enlazan a fin de rescatar, del inmoral negocio que defiende esa partidocracia que la tiene secuestrada, el sentido original de la democracia.