El fin de semana pasado tuve la oportunidad de ver la película francesa Des hommes et des dieux, titulada en español De hombre y de dioses. Del director Xavier Beavoui, el largometraje que compitió por el Oscar este año a mejor película extranjera relata una historia real.
Se centra en la presencia en los años noventas del siglo pasado de un monasterio de monjes Cistercienses cerca de la población de Médéa a noventa kilómetros de Argel, en Argelia. Los Cistercienses son una orden religiosa de vida contemplativa fundada en 1908 por Roberto de Molesme y seguidores de la Regla de San Benito.
La cinta es todo un ejemplo de resolución de conflictos, muestra la convivencia de una comunidad religiosa católica de apenas ocho monjes viviendo en completa armonía con la población musulmana.
Esta suma de comunidades viene a dividirse por la violencia desatada por terroristas fundamentalistas que asesinan a unos trabajadores croatas cristianos. Los hechos provocan en los monjes franceses una reflexión sobre la conveniencia de regresar a su país, mientras deciden deliberan sobre partir o quedarse se presenta en la noche al convento el grupo terrorista exigiendo llevarse las medicinas junto con el monje médico.
En ese momento la escena muestra un diálogo que deja una gran enseñanza para la resolución de conflictos: se construye la solución a partir de lo común. Y lo común fue posible ya que ambas partes, el monje católico y el fundamentalista musulmán entendían el fundamento de la fe de ambos, es decir se conocían, sabían que era importante para el otro.
No quiero revelar más detalles de la historia pero sí compartir los mensajes. El filme presenta que las religiones, las verdaderas, pueden llevar al encuentro de comunidades distintas y esto es posible porque comparten la búsqueda del ser humano con su creador. Es posible la paz si se respetan los derechos humanos y entre ellos resulta fundamental la libertad religiosa que expresada por la Declaración Universal de los Derechos del Hombre supone el poder manifestar la fe de manera pública y privada.
La laicidad positiva a que se refiere Sarkozy supone que el Estado sin imponer o prohibir ninguna religión mantenga las condiciones para que las distintas expresiones de fe ayuden a fortalecer la vertebración social a partir de los valores morales y éticos.
A pesar de la violencia de la historia, resulta reconfortante encontrar mensajes de amor, amor personal y comunitario que sirve como un bálsamo en medio de la violencia del cine norteamericano y nacional y de la realidad en partes del país.

