Domingo 3 de julio


La jornada electoral del 3 de julio puede estar sobre diagnosticada, pero si la proyectamos hacia los escenarios del 2012 puede arrojar elementos para el análisis y la reflexión. La manera de procesar el triunfo y las derrotas se da a partir de la circunstancia de cada partido político y sus principales actores. Los discursos son conocidos, aplaudidos y repudiados.

En el PRI, Humberto Moreira y su equipo han brincado la primera aduana electoral. Quedan fortalecidos y con mayor margen de maniobra. No hay escenario que suponga un cambio de mando operativo. Las posibilidades de otros se reduce, su valor político disminuye y salvo un descalabro mayúsculo de Enrique Peña Nieto, este tiene amarrada la candidatura. Su calendario, deja el poder estatal en septiembre le favorece, puede definirse antes que los demás. El PRI trabaja desde ya con su programa de gobierno, las respuestas a la pregunta de Beltrones de ¿para qué quieren el poder? llegarán en los próximos meses, y tienen espacio y tiempo para publicitarlas. Un periodo extraordinario en el Congreso y las posibles reformas que se den, llevarán como símbolo la paternidad priista.

En el PAN, todo es confusión, a Gustavo Madero no se sabe si algunos lo defienden por convicción o por precaución. Un quinto relevo en la dirigencia panista en lo que va de la presidencia de Felipe Calderón no será fácil de explicar, claro que les queda el argumento de Germán Martínez, el suicidio público para cargar con los errores, pero sería muy seguido, ¿no?

Los potenciales candidatos saben que después del 3 de julio su tiempo es corto, remontar la ventaja real en el posicionamiento de Peña Nieto y del PRI los angustia. El discurso sobre el peligro de regresión democrática no está funcionando. Hay una mayoría de electores que por edad no vivieron en carne propia todos los males que, a decir del PAN, representa el PRI. Están vendiendo un demonio que no conocieron. La economía crece pero no lo suficiente para extenderle un cheque en blanco a los panistas. Y en materia de seguridad los avances todavía no se perciben mayores a los pesáres de tantos, y claro, su profunda raíz en la percepción de millones. Poco que presumir, por más esfuerzo que hagan.

En el PRD la división y el sectarismo lo cubren todo. Más allá de la muy importante definición para que Andrés Manuel López Obrador vuelva a ser el candidato, los perredistas gastan tiempo e imagen en discutir si este pueblo es tarugo y no se da cuenta que todos nuestros males vienen de los impuros, de la mafia en el poder que disfruta de la imbecilidad de todos los que no votan por ellos, o de ser una izquierda cohesionada en lo fundamental, diversa, plural sí, pero efectiva, que no pone de pretexto lo de siempre y se ajusta a la competencia institucional.

Para el Estado queda el reto de fortalecer la institución electoral. Un IFE que sigue incompleto por la disputa de cuotas que va a resultar en el agandalle de unos y la derrota de otros que cantarán desde ya su descalificación al resultado.

A la sociedad en su conjunto le queda debatir en cuanto foro le sea posible si sus incentivos y simpatias electorales las determinará el análisis de propuestas y candidatos o la inmediatez de las promesas, ocurrencias y mercadotecnia con que nos veremos bombardeados. Debatir y reflexionar si buscamos una pureza ideológica congruente y de altura o la solución inmediata de los asuntos primarios y generales, economía y seguridad, educación y salud. Salir de la polarización y confrontar nuestras ganas de democracía con todas sus virtudes y con todos sus defectos.

No hay absolutos, la vida pública no es en blanco y negro, hay matices, hay otros factores de poder real que juegan e inciden y que sí, buscan su beneficio ante todo, aquí y en el mundo. La sociedad mexicana decide el nivel y profundidad del debate, o lo reducimos a buenos y malos o lo ampliamos y hacemos incluyente. Mitos o realidades. Y el derecho indiscutible de decidir, para bien o para mal.

Hay mucha tarea pendiente para todos. Queda un año.