El nombre de novela lírica le queda como anillo al dedo.
Magdalena Galindo
Hay varios temas de discusión que plantea esta anómala novela de Sergio Fernández que se llama Los peces, como son el género, las influencias, la trama, la originalidad, pero antes, como él mismo lo demanda en su prólogo, quisiera referirme a las sensaciones que provoca. La primera experiencia del lector es que se trata de un inmenso torrente de palabras que no sólo están lejos de contar una historia, sino que ni siquiera permiten una interpretación cierta, y cuando el asombrado escucha está a punto de ahogarse en ese mar de incomprensión, el autor con una frase coloquial o una referencia concreta, lo conduce suavemente a la orilla, pero apenas empieza a sentirse a resguardo, cuando otro chorro de palabras lo vuelve a arrastrar a las tumultuosas metáforas para perder nuevamente el aliento. El texto –como veremos es difícil clasificarlo simplemente como novela– es resplandecientemente bello, aunque uno no pueda echar mano de un mapa de interpretación para orientarse; si acaso, pueden mencionarse algunos de los temas que aparecen y reaparecen a lo largo de las páginas.
De manera obsesiva, todo en Sergio siempre es obsesivo y pasional, se intenta atrapar en descripciones elusivas, misteriosas, la esencia y la superficialidad de Roma, los gatos que se pasean por las calles en la tarde o en la noche, el calor de agosto en el verano romano, el amor y sobre todo el sexo, los muchos humores siempre repelentes y atractivos del cuerpo, la soledad, la muerte, la timidez y la audacia simultáneas, sin olvidar la presencia del demonio y de ángeles que recuerdan y olvidan sus variadas misiones. En conjunto, puede afirmarse que está pleno de erotismo, no sólo porque casi en cada página hay una referencia sexual o amorosa, sino porque también las frases que se refieren a otros temas, como el atardecer o el Monte Palatino están impregnadas de calor erótico. En el prólogo, Fernández nos advierte que esta novela inicia lo que yo y él hemos llamado el lento strip-tease de su vida literaria, y, en efecto, en Los peces empieza el develamiento que se acentuará más tarde en Los desfiguros de mi corazón y en Todo para los dioses. Aquí, sin embargo, los velos apenas empiezan a caer, sólo nos dejan atisbar esa intimidad que aquí aparece todavía atribuida al narrador o, en este caso narradora, cuando en sus libros posteriores, verdaderos híbridos entre la ficción y la crónica, ya aparecerá la intimidad del autor, sin la máscara del narrador.
Si estas sensaciones son lo más importante en la lectura de Los peces, habría que señalar que desde el punto de vista intelectual la novela suscita un conjunto de interrogantes. Una de ellas, es a qué género literario pertenece. En pleno uso de su autoridad, dicho sea en todos los sentidos, Fernández la ha clasificado como novela lírica. De acuerdo es lírica, pero no sé si novela, o más bien, no sé si está más cerca de la poesía que de la narrativa. Desde luego, como es obvio, no es poesía, pero se trata de una prosa tan cargada de metáforas que tampoco puede identificarse con el texto, mucho más utilitario, en cuanto está al servicio de contar una historia, mucho más llano, incluso en los neobarrocos, propio de una novela. El texto, podríamos decir, está cincelado en cada párrafo, construido con lo que podríamos llamar metáforas a hueso, en carne viva, de modo que se arrima a la poesía, de la cual, desde luego, no toma la métrica ni la rima, pero sí el ritmo, con lentas cadencias a veces, con látigos veloces otras, de modo que, en efecto, el apellido de lírica le viene como anillo al dedo, pues como todo mundo sabe, la lírica, en sus orígenes se aplica a la poesía acompañada de música, nótese que a la poesía, y al correr de los tiempos, ya del siglo XV para acá, el término de lírica califica a éste y otros géneros que exalten los sentimientos, la intimidad del autor.
También se aleja de la novela, en cuanto tampoco hay propiamente trama, no hay sucesos como no sean el atardecer en el Monte Palatino y un triángulo amoroso o mejor una relación entre una mujer y un sacerdote, de la cual no sabemos los avatares sino, únicamente, el hecho escueto. Conspira también contra la trama propia de una novela, que el relato, siempre moviéndose en círculos que retornan sobre sus pasos, está casi en su totalidad escrito en presente. No hay propiamente recuerdos ni incursiones en el futuro, sino como en la película de Alain Resnais, El año pasado en Marienbad, la misma escena se reitera con pequeñas variaciones.
Se trata, otra anomalía, de un largo monólogo en que sólo la voz de la mujer existe y nunca aparecen realmente, quiero decir, presentes y actuantes ni Gabriel, el amante, ni Antonio, el sacerdote. Sin embargo, nada más lejos de un monólogo interior a lo Joyce, donde se escenifica el raro vagabundear del pensamiento, porque si bien escuchamos una sola voz que en sucesivos asaltos intenta describir sus sensaciones, las elaboradas metáforas lo alejan del desorden y la espontaneidad del pensamiento interior. No lo podemos inscribir tampoco en lo que podríamos llamar el monólogo exterior o teatral, porque no busca elaborar un discurso dirigido al público o al lector, sino una introspección profunda y al mismo tiempo descripciones del paisaje o ´de los aspectos exteriores como la ropa, o de acciones instantáneas como reclinarse sobre el barandal o mirar hacia abajo los techos de Roma.
Lo que quiero decir, pues, es que Sergio, siempre transgresor, no se atiene a las normas de ningún género, sino crea un texto anómalo, en donde el rigor de la poesía y el estallido de la lírica se mezclan para escribir una novela en la que la trama se reduce, casi, a una sola acción y sólo asistimos a esta avalancha de palabras que nos van entregando la complejidad del entramado sentimental y al mismo tiempo una atmósfera construida con su amor por Roma y en general por Italia, en donde la tónica dominante, como ya dijimos, es el erotismo.
