Juan Antonio Rosado

Además de componer música de concierto, una de las aficiones de mi padre era los álbumes, donde incluía fotos, pedazos de recuerdos, dibujos suyos y anécdotas que se leían a través de imágenes. De forma artesanal, elaboraba cada álbum para convertirlo en algo divertido. Lo anterior viene a colación porque el libro que me ocupa, Del sexo de los filósofos, es un álbum de Armando González Torres donde todo cabe. Pero, ¿qué no cabe en un ensayo cuando el autor se ha propuesto ser antojadizo, experimental y divertido? Si nos es imposible renunciar a la esfera irracional (impulsos, emoción, fe, sentimientos, deseos), en cambio podemos regularla, representarla con una técnica que implica imaginación y razón, reflexión, crítica, y a la vez reflejar un carácter. De ahí que la función lúdica haya sido una de las más explotadas por el ensayo alejado del academicismo estéril. No hay camisa de fuerza para un ensayista libre.

González Torres desciende de la cabeza, donde reposan las teorías, hacia el instinto conducido por la palabra, del que ningún filósofo —ni Kant— fue ajeno, justo por ser demasiado humanos y pretender transfigurar —ingenua pretensión— la realidad en ideas o —lo que es peor— en sistemas. A esta intención renuncia González para elaborar un libro donde propone un “canon informal” y se divierte “arrastrando la pluma con un cascabel”.

Estructurado en estampas, reseñas y reflexiones que lo mismo pretenden divulgar información que provocar, este libro nació en cuatro bloques: el primero le da título. George Steiner, Denis Rosenfield, Paul Ricoeur son algunos intelectuales con quienes se dialoga. Entre las impresiones o temas, abarca el arte de callar, la tragedia griega y su actualización (con los deplorables productos que emanan de ella) y la confesión como género.

En “Autoayuda de altura”, la segunda parte de este conjunto de miniaturas y paseos, el autor no se refiere a esa basura publicada para reconciliar con la convención a lectores ávidos de ser “felices”. El ensayista nos descubre a pensadores como Pierre Hadot, quien desconfía de los sistemas; nos recuerda a clásicos como Epicuro, Boecio, Russell y Camus. A Cioran lo compara con un buen vino que uno es incapaz de apreciar de joven, “cuando se mezclan las bebidas sin control”. El dolor como uno de los grandes temas es ineludible en el ensayo “¿Cura la poesía?”.

Y del dolor, pasamos a la sección “Enfermos de libros”, donde asistimos a diálogos con escritores como Raymond Aron, Bioy Casares y Witold Gombrowicz. Entre otros temas, hay una defensa del derecho del lector a tener un criterio sobre la cultura, es decir, una defensa de la crítica. El autor también defiende, como Montaigne, la libertad del ensayista y de su género en tanto ejercicio de las facultades naturales.

En la última parte, “Zona freak”, “Oda didáctica” está estructurado como adivinanza. ¿A qué personaje (o personajes) se refiere el escritor tras recorrer emociones, intereses y anhelos diversos? Decirlo sería como contar el final de una película (gesto de pésimo gusto). Entre otros freaks, menciono a Emilio Adolfo Westphalen, Rimbaud, Simone Weil, Blanca Varela, Eliot, Valéry y Maupassant.
En síntesis, Del sexo de los filósofos, álbum intelectual de González Torres, despliega fotos —no radiografías—, desde diversos y muy particulares ángulos. Son lecturas, encuentros fructíferos con el intelecto, que invitan a mantener nuestro vínculo con el pasado, sin el cual nada comprenderíamos del ya de por sí absurdo mundo en que —a pesar de todo— seguimos viviendo.

Armando González Torres, El sexo de los filósofos.
Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, 2011; 264 pp.