Ricardo Muñoz Munguía

El amor reposa su estado en una perpetua ambivalencia. Pensemos en el amor de pareja (dejemos de lado, por esta ocasión, las mariposas en el estómago, las ansias de relacionarse con alguien y los síntomas que nos provoca aquél o aquélla), en la forma como está preestablecido en la sociedad: la relación que culmina en el matrimonio. Esa postura nos lleva a imaginarnos un escenario donde la fidelidad que nos ha impuesto el contrato es la razón clímax de la supuesta felicidad que, no habremos de dudar, se logre pero “si la monogamia se torna una faena y el deseo se regula de manera contractual; si llevamos las cuentas, imponemos la fidelidad del mismo modo en que se usufructa trabajo de los empleados y hacemos del matrimonio una metalurgia sujeta a una rígida disciplina obrera, cuyo fin es mantener a los maridos, esposas y compañeros domésticos del mundo estrangulados y ceñidos al statuo quo de la maquinaria, ¿podemos hablar de ‘buenas relaciones’?”.

Laura Kipnis obliga a que nos asomemos al fondo del tema pues su volumen Contra el amor (Traducción de Ana Marimón. Tumbona Ediciones) abre el telón a un escenario donde las relaciones desatan su franca forma que, alejadas de todo romanticismo, nos ubican contra el amor. Sin embargo, se aboga por la razón y por el acercamiento a un sano juicio del que se carece ante el deslumbramiento.

Así pues, la pareja vive en continua guerra y paz, amor y odio, de ahí una carga importante de tal esencia proviene de la figura que la sociedad encierra a todo aquél que está decidido a probar de esa miel. Pero a eso: el amor, a lo que tantos artistas en sus diversas expresiones le han dado gran parte de su obra y lo que es ingrediente obligado en las telenovelas, es adentrarnos con la linterna de la conciencia a esas cuevas donde la plenitud de la libertad del individuo consigue en cierto modo restituir su vigor a través de exponer los deseos con la rebeldía necesaria de la felicidad y sin la carga del “qué dirán”, nada doméstico y con la ligereza que provoca el desprendimiento de la “cruz”, que llevan algunos a cuestas.

Por otro lado, me viene a la mente la postura de los sociólogos: el amor no existe, es un contrato en el que hay intereses físicos, monetarios o de otra índole. Me hace dudar de su legitimidad a pesar de mi experiencia que está más hecha de emoción e imaginaciones. Al ir a fondo del asunto se puede descreer del amor pero éste, al sentirse, vuelve a convencernos de que existe más en la imaginación y el recuerdo que sobre la mano.

Indudablemente estamos en un tema que hace dos filas infinitas de opiniones pero, también sin duda, leer el trabajo de Laura Kipnis no sólo nutre de entendimiento a “cornudos” o a “pobrecitas” que a “donjuanes” o “recatados” o “fieles de corazón”; “poco importa si te has alistado o no en el crucero de gala: todos, de alguna forma u otra, viajamos en este barco —así sea en virtud de haber jurado que nunca lo abordaríamos”. Un volumen en el que caben todas las historias de amor.