Carmen Galindo

Alfonso Reyes decía que la literatura es para todos los hombres, no para los especialistas. Para Marx, el trabajo crea objetos útiles, humanizados porque son creados para satisfacer una necesidad humana, pero el arte, aunque es trabajo, porque el artista conoce y va dando forma a sus materiales, es un tipo de trabajo superior.  En el trabajo nuestro de cada día predomina el fin utilitario; en el arte, el trabajo creativo.  En uno se crean objetos útiles; en el otro, objetos espirituales. Vamos ahora a la filosofía antípoda de Marx. Los idealistas, pensemos en Kant o en Shelley, asimilan al arte con lo gratuito, con el placer, con el juego. Lo catalogan como una finalidad sin fin, porque no busca la utilidad.  La Biblia, por acudir a un juicio de autoridad compartido por muchos, dice simple y llanamente; “no sólo de pan vive el hombre”.

No todos suponen, ni siquiera entre las varias derivaciones del marxismo, que el arte aporta conocimiento sobre el hombre, pero en lo personal tengo la convicción de que la literatura atisba por el ojo de la cerradura, se ocupa, no del hombre como ser biológico, eso es campo de la Biología; no del hombre como ser social, de eso trata la Sociología o la Ciencia Política; no del hombre como ser histórico, sobre eso versa la Historia, no, en fin, de la psicología del hombre,  de sus costumbres y ritos que encuentran su lugar en la Antropología, sino de esos espacios, importantísimos, privilegiados, que son la imaginación y la vida privada de los hombres.

Como se aprecia en este breve recuento, el arte es considerado no una, sino la expresión humana fundamental; sin embargo, a las autoridades educativas de éste y otros países, les parece una inutilidad, porque no sirve para capacitar al estudiante para desempeñar un trabajo.

Pues bien, a los tecnócratas actuales, y reitero me refiero a los gobiernos del mundo, no sólo de México, no les importa. Piensan que al estudiante hay que prepararlo para el mercado de trabajo y con ese fin inmediatista,  la literatura no sirve para nada.  Como no sirve la Filosofía, (con la Ética o la Lógica en sus haberes) ni en general las Humanidades.  En las preparatorias se ha reducido a dos cursos, uno de literatura mexicana y otro de literatura universal, y pare usted de contar. En los Conalep, ni se diga, son escuelas técnicas y en los Colegios de Ciencias y Humanidades, dependientes de la UNAM, se arrincona la literatura en el Taller de Lectura y redacción que consiste en la lectura de cuatro o cinco textos al año divididos por géneros: uno de poesía, otro de teatro, otro de ciencia, otro de periodismo y creo que otro de ciencias sociales. La justificación a la orden del día es que antes sólo memorizaban datos inútiles, como quién fue Cervantes o quién era Sor Juana. (Recuerdo la frase de alguien que decía si no has leído los libros, al menos que los nombres de los autores sean tus conocidos).

Literatura en las escuelas, los teatros, los estadios y las minas

Durante la primaria, al final del libro de texto (todavía no gratuito porque esa propuesta llegó con el gobierno de López Mateos) se antologaban poemas, entre otros un soneto de Sor Juana que hasta la fecha me sé de memoria. En los festivales escolares, el día de la madre por ejemplo o el de la bandera, un niño de la escuela (en mi caso, siempre era mi hermana Magdalena la elegida) recitaba (de memoria) poemas de Amado Nervo (A los niños héroes o Guadalupe la chinaca). Y eso que ya no nos tocó la época en que la declamación era moneda corriente en las reuniones familiares, en donde no falta el que recite Fulano o fulanita de tal. Uno de mis tíos, hermano de mi madre, era de esos declamadores de fiestas y el otro día, con más de 90 años, me recitó por teléfono un poema, nada fácil, de Nervo. Bertha Singerman declamaba en los teatros de América Latina, y Nicolás Guillén y Pablo Neruda (poetas populares por su fama y poetas populares por interesarse en el pueblo) llegaron a leer su obra en estadios y minas. Todo esto se ha perdido.

            Resulta que cuando yo era estudiante de secundaria el plan curricular, antes simplemente se llamaban materias, constaba de un curso anual de literatura española (en tercero de secundaria), un curso anual de literatura mexicana, otro igualmente anual de literatura universal. La clase de teatro nos ponía al tanto de la tragedia griega o de Moliere, creo que en tercer año de secundaria. En algún momento, le echábamos el ojo a los textos de Rubén Darío, que también sabíamos de  memoria, o de Lugones,  que ya causaban cierta extrañeza, lo que quiere decir que también nos informábamos de la literatura iberoamericana.  En la clase de crítica literaria nos llevaron al teatro y conocí una obra de Arthur Miller.

El tiempo y el arte de masas

Existe un tiempo, que no en balde se llama libre, que es el que no dedicamos a nuestra supervivencia (comer, dormir, vestirnos para protegernos del clima, etcétera), un tiempo que escapa igualmente a nuestro horario laboral y de transporte al centro de trabajo.

El tiempo libre lo llenamos con leer “Oda a la cebolla” de Pablo Neruda, escuchar Sensemayá de Silvestre Revueltas o admirar a Frida Kahlo en uno de los murales de Diego Rivera en la Secretaría de Educación Pública. Como muchas personas han sido marginadas (despojadas) de su acceso al mundo del arte,  para satisfacer esta necesidad humana, que todos tenemos, la substituimos con un sucedáneo del arte: la telenovela, el cine comercial, la música también comercial, vale decir, no la cultura popular, que es harina de otro costal, sino el arte de masas, creado e impulsado por el mercado.

             He observado que a la clase burguesa le molesta que los trabajadores gocen del tiempo libre. Creo que eso subyace en la oposición, por medio de la burla, a que existan las playas artificiales en el Distrito Federal o la pista de hielo o los conciertos en monumentos públicos. Subyace en la oposición que tuvo el proyecto, en el ISSTTE  dirigido por Socorro Díaz, la publicación de la colección ¿Ya leisste?, gratuita para los derechohabientes e integrada por cien títulos –narrativa,  poesía, teatro y ensayo- con tirajes de 20 mil ejemplares cada uno.  Que se dé atención médica a la clase obrera para que pueda seguir trabajando en las empresas eso está bien, pero nada de que en su tiempo libre lean por placer.