A veces de noche,

enciendo la luz para

no ver mi propia

oscuridad.

Antonio Porchia

 

 

Por Edgar Díaz Yáñez

 

Cuando surgió la posibilidad, en estos días, de hablar acerca del proyecto ‘Estela de Luz’, mi posición al respecto fue un poco más que reticente. Y es que es inevitable sentir cierto rechazo, reitero, rayano en repulsión, a temas que en su interior mezclen dinero —mucho—, política —no tanta—, cultura —nula—, y corrupción ­—¿acaso existe?—. Está bien, exageré un poco con el último concepto; digo, a mí no me consta lo de la corrupción, pero, ¿a quién sí? —o mejor aún ¿a quién no? —

Pero mientras la mayoría se concentra en el probable desenlace del proyecto —que ya tres años atrás se presentaba como la obra que «representará la fuerza y la convicción con la cual los mexicanos estamos tratando de forjarnos un mejor futuro para todos», como una obra que «significa la grandeza de nuestra Nación, la esperanza de paz y de unidad nacional y la luz que debe irradiar siempre sobre la patria» Calderón dixit— o en la disputa de quién tuvo la culpa de tan elevado precio —alcanzan ya los 900 millones de pesos, unos presumen más de mil— o que si el coordinador general de la construcción del monumento, el arquitecto Juan Alberto Bravo Hernández, incurrió en conflicto de intereses —«fue funcionario de Gutsa hasta agosto de 2009, y él se encargó de invitar a esa empresa para concursar en la licitación en la que se le concedió el contrato»—; que si Pablo Escudero anunció que la licitación para hacer la obra se dio de manera ilícita; que si el mismo Escudero indultó a Alonso Lujambio —nadie podrá olvidar que la SEP asumió las riendas de los festejos del Bicentenario ¡tras la mala administración de la Secretaría de Gobernación! (¡qué país!)—; que si la obra no se acabó cuando estaba planeado debido a que la constructora no pagó a los proveedores —«Nos damos cuenta de que el dinero no estaba en la obra» afirmó Pérez Becerril en una entrevista televisiva—; que si se intenta comprar el silencio o la no participación de algunos —o alguno, ¿quién sabe?— involucrados en el proyecto; que si intentan diputados de tal o cual partido cancelar el proyecto —o la obra, depende del punto de vista— debido a su alto costo.

Mientras se concentra la atención en todo esto, yo centro mi atención en dos frases que podrían resumir todo y que se pueden leer en el libro Los desfiguros de mi corazón del sublime Sergio Fernández: « (en México) Todo arquitecto es libre para ejercitar su falta de talento; todo regente lo es para adueñarse de la ciudad» y «Todo ser primitivo hace máscaras. Todo ser civilizado las vive». Acaso se pueda agregar algo a tan gloriosas frases, acaso no.

Hace no muchos días —no recuerdo, ni quiero recordar, cuántos— un amigo me recitó, lo que parecía ser su nuevo mantra, una frase, atribuida a Salvador Dalí, (ya se sabe que también lo dijo André Breton) en torno a México que dice «No volveré a venir a un país que es más surrealista que mis pinturas» Yo no he podido comprobar si en verdad la frase es de Dalí, y, en caso de que sí, si fue acerca de México, pero aun siendo la frase una invención de mi compañero generacional, no se puede evitar el exclamar que es cierto. Es cierto que México es un país más surrealista que una pintura de Dalí —perdón si caigo en un lugar común, pero es inevitable cuando se toca un tema recurrente en este lugar común—. Es muestra clara de surrealismo cuando estamos sorprendiéndonos por el resultado de un proyecto multimillonario —¡titulado ‘Estela de Luz’, construido, o lo que sea que está siendo, con fondos muy oscuros (por aquello de la malversación)!; ¿qué más surrealista?— cuando debimos empezar a cuestionarnos la viabilidad de dicho proyecto desde un principio. Me explico mejor: esperamos expectantes el resultado cuando es obvio que desde un principio todo estuvo mal —surrealista—. En primer lugar, se convocó a un concurso nacional que por objeto tenía la construcción de un Arco Conmemorativo del Bicentenario de la Independencia. ¡Y el proyecto ganador fue una Estela! Me pregunto ¿Acaso fue una broma el título del concurso, o el resultado del mismo? ¿no se sabe distinguir entre un Arco y una Estela? Surrealista el hecho de que una Estela haya ganado el concurso para un Arco. ¿Qué más surrealista que un país que ya goza de sendos monumentos para la Independencia —El Ángel— y la Revolución —Monumento a la Revolución—, pretenda crear un tercero para conmemorar los dos juntos? Creo que en estos tiempos, en lugar de quejarnos —¡vaya surrealismo!—, debemos agradecer que no se les ocurriera fusionar ambos y crear un crossover muy sui generis digno de los mexicanos. Surrealista que la Secretaría de Educación Pública sea la encargada de un festejo —o conmemoración ¡que bendito surrealismo, para este caso las dos palabras adquieren el mismo significado!— que tenía mucho de público y nada de educativo.

Segundo, una empresa que estaba inhabilitada por la Secretaría de la Función Pública para participar en la licitaciones federales, ¡ganó una licitación federal!, pero eso no es todo, ¡ah no, el surrealismo no para con tan poco!; dicha empresa ya cargaba con muchas quejas de irregularidades en los proyectos anteriores en los que había participado. Unos afirman, otros informan, y yo me reservo, que la empresa Gutsa firmó su primer contrato por 400 millones de pesos, y a los cinco días —días menos, días más— se le entregaron de anticipo 200 millones de pesos, para posteriormente, en septiembre, cuando se supo que la obra no estaría a tiempo, ¡se le extendió otro contrato por otros 400 millones de pesos, acompañado, por supuesto, por otros 200 millones de anticipo!; ¿Qué se puede decir? Dalí, lo siento, tus pinturas están por debajo de México.

Tercero —pero no último; falta de espacio me impide continuar—, el presidente, Felipe Calderón, en la presentación de la convocatoria para el concurso del Arco mencionó que «Se pretende que las obras del Arco comiencen en junio de este mismo año (2009), y su inauguración está prevista, precisamente, para el 16 de septiembre de 2010, en el día del Bicentenario del Grito de la Independencia.» Pero como nosotros queremos darle la razón a Dalí —a la frase al menos— dejamos que pasara el 16 de septiembre del 2010, de hecho dejamos pasar también el del 2011, quizá para el 2012 ya tengamos los cimientos de la Estela. Surrealismo absoluto.

Surrealismo absoluto para casi cerrar esto: Calderón declaró que «La unión y la fraternidad deben ser el sello de los festejos del 2010. Celebraremos con la dignidad y el orgullo de una Nación que se sabe libre, soberana y democrática.» Vaya, si esto no es surrealismo no sé, en verdad, lo que es; todos los implicados en esto carecen de dignidad y no son el orgullo de una Nación que se pretende libre, se medio piensa soberana, y se sabe no democrática.

Dalí, si alguna vez te expresaste así de México, no te culpo, de hecho te apoyo, de hecho lo corroboro, pero tengo que decirte que entre nosotros todavía se erige un gran defensor de esta ciudad, Sergio Fernández, y que en sabias palabras exclama para mí y para todos: «Pero México no representa la tesis de Alejo Carpentier. Lo que él llama el “tercer sitio” no reza con nosotros. La ciudad tiene el abolengo necesario para ser, en América, la única comparable a Roma. Ni Lima, ni Quito, ni Bogotá se edificaron, que yo sepa, sobre una Tenochtitlán, para sólo mencionar las que, entre nosotros, poseen pasado culto. Si ahora se enorgullece de su gigantismo es como burla de la improvisación en la que la hemos convertido» Definitivamente, ¡México se enorgullece de su gigantismo!