¿Calderón estará embrujado que nada le sale?
Tuve que ir al diccionario porque no me cuadraban las ideas. Nadie se ocupó de explicar qué era la Estela del Bicentenario y algunos imaginamos que sería como la anunciada para el Punto Cero, en Nueva York, donde estaban las Torres Gemelas. Un haz de luz inmenso y visible a cientos de kilómetros. Pues no. Mi ignorancia, basada en la desinformación, fue total.
Tras profundísima investigación, averigüé que estela puede ser entre otras cosas la denominación de un monumento conmemorativo, con forma de lápida, pedestal. En ella se inscribían textos, signos, símbolos, y figuras, describiendo el porqué de su ubicación, constituyendo importantes documentos para arqueólogos e historiadores.
El ping pong de responsabilidades sobre la fallida construcción de la que habría de conmemorar nuestro segundo centenario de la Independencia, ha atraído la atención sin que se acabe de saber claramente lo que Felipe Calderón intentó.
Por ahí se coló la idea, al llamársele de luz, que sería un haz luminoso intensísimo generado por emisores que multiplicarían su potencia con cristales especiales, pues se ha hablado de cuarzo de origen extranjero. Este monumento podrá ser muy bello pero nada tiene de recordación.
La forma de la obra serían dos esbeltas columnas de 104 metros de altura, separadas a una distancia reducida entre sí, las cuales representan los dos siglos del Bicentenario. Ha costado dolores de cabeza a Calderón y al secretario de Educación, Alonso Lujambio. El gasto en el proyecto se ha multiplicado ad infinitum y aún no se sabe hasta dónde llegará.
Lamentablemente, siempre hay cosas peores que el dinero mal gastado y en este caso es que se han arruinado varios paradigmas esenciales de la ciudad de México y en general del país mismo: la perspectiva espléndida del Paseo de la Reforma hacia el Castillo de Chapultepec; su inversa, la vista no menos maravillosa del Paseo de la Reforma desde las terrazas del propio castillo y la entrada principal al Bosque de Chapultepec ubicada sobre el Paseo de la Reforma. Se le conoce por Puerta de Leones por las dos esculturas de bronce que franquean sus laterales. La puerta se inauguró el 17 de septiembre de 1921, centenario de la consumación de la Independencia. Ahora ante las diferencias de tamaño con la Estela esos magníficos leones parecerán gatos.
La obra de la Estela se confió a una empresa privada, GUTSA, que recién había sido sentenciada como inconfiable por la autoridad y por ende descalificada para todo concurso, acto de autoridad que sólo un amparo suspendió. La otra empresa, la estatal, es una filial de Pemex, a quien se le supone que algo sabe de subsuelos y construcciones pesadas. Pues no. Las dos fallaron y de ahí el ping pong entre el arquitecto Becerril, cabeza del equipo proyectista, las compañías contratadas y Lujambio. Escondido tras el telón, Calderón espía el follón. La gente con azoro y seriedad se pregunta: ¿qué Calderón estará embrujado pues nada le sale?
Esto nos lleva a recordar a un malo de la pasional película mexicana: don Porfirio Díaz, el estigmatizado, el sanguinario, el malo, al que tenemos que denigrar después de cien años, para que por comparación con ese ogro, parezcamos buenos. Pues este maloso personaje concibió un maravilloso monumento que el mundo entero, sin exageración ninguna, identifica como el símbolo de México. Lo concibió, lo diseñó, lo construyó y cien años después está ahí, identificando al país, a los mexicanos y siendo el orgullo de la ciudad.
Es una columna de 2.70 m. de diámetro, ni más alta ni más baja que lo que debía, la remata una victoria alada revestida de oro, enarbola una corona de laureles y una cadena rota. Esta victoria unge desde su cumbre al grupo de insurgentes que nos dieron libertad, guiados por Miguel Hidalgo. La base del monumento está adornada por damas de bronce simbolizado la Paz, la Justicia, la Guerra y la Ley.
Bajo sus pedestales están grabados los nombres de veinticuatro personajes agrupados en Precursores, Caudillos, Consumadores, Guerrilleros, Escritores, Congresistas, Heroínas y Conspiradores. Toda una concepción de honra y remembranza.
Así concebía nuestro pasado una conmemoración: con símbolos absolutamente indiscutibles. Con imaginación, creatividad, sensibilidad por la historia, proyecto y ejecución precisos, controlados y oportunos.
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