Vicente Francisco Torres

Jan de Vos (Amberes, Bélgica, 1936 – México, 2011) dedicó los años de su madurez intelectual al estudio de Chiapas: La paz de Dios y del rey (1980), La batalla del Sumidero (1985), Oro verde (1988), Los enredos de Remesal (1992), Las fronteras de la frontera sur (1993), Vivir en frontera (1994), Nuestra raíz (2001), Viajes al desierto de la soledad (2003) y Una tierra para sembrar sueños (2002). Los dos últimos son sus libros más militantes vista su vinculación con el levantamiento zapatista iniciado el mismo día en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio, auspiciado por Carlos Salinas de Gortari y que tan desventajoso ha sido para nuestro país.

En Viajes al desierto de la soledad el antropólogo antologa y presenta un conjunto de escritos que habían permanecido inéditos, junto a documentos ya conocidos, como los escritos por Desiré Charnay, Jaques Soustelle y otros. La lista de visitantes modernos de esa zona que se encuentra en la parte nororiental de Chiapas, dividida por el río Usumacinta y que se extiende hasta el Petén guatemalteco comienza en 1786, cuando dos criollos, el padre Manuel José Calderón y el inspector José Ferrara hicieron el enésimo intento de reducir a los lacandones a “tierra de paz”. El explorador norteamericano Jhon Lloyd Stephens y el arquitecto dibujante inglés Frederick Catherwood, en 1840, todavía encontraron una selva virgen devoradora de civilizaciones: “La región por donde ahora estábamos viajando era tan salvaje como antes de la conquista española, y sin una habitación hasta que llegamos a Palenque. El camino se extendía por en medio de una selva tan cubierta de arbustos y malezas que se hacía impenetrable, y las ramas estaban recortadas apenas a la altura suficiente para dar paso a un hombre caminando bajo ellas a pie, de modo que, sobre el lomo de nuestras mulas, nos veíamos constantemente obligados a agachar el cuerpo, y aun a desmontar”.

El profesor alemán Edwin Rockstroh llegó a Guatemala en 1877 para dar clases de historia natural y matemáticas. En sus vacaciones viajaba para estudiar la flora y la fauna de la zona y también para juntar animales a fin de formar un jardín zoológico. En 1881 organizó una expedición a la Lacandonia, viaje del que sacó un relato, pleno de conciencia artística porque lo preparó para El Porvenir, órgano de una sociedad literaria guatemalteca. Rockstroh fue, además, un adelantado del Facundo porque destacó que la civilización atempera las fuerzas de la naturaleza en estado genésico: “la civilización es lo único capaz de hacer de este paraíso infernal un terrenal paraíso”.

El último personaje de la parte amable de la nómina de viajeros y visitantes de la selva lacandona es Teobert Maler, quien vino a México en 1864 enrolado en el ejército de Maximiliano de Habsburgo. Decidió quedarse en México y partió a Europa a arreglar su herencia que utilizó para sus viajes y exploraciones por Guatemala, Chiapas, Oaxaca y Yucatán, zonas amadas de las que realizó dibujos, fotografías y planos arquitectónicos.
En 1822 arrancó la explotación maderera que daría lugar a los más diversos escritos, desde los de B. Traven, que no fue testigo de los hechos, hasta los de Mariano J. Domínguez Vidal, quien, como militar revolucionario ayudó a desmantelar varias monterías en el norte de las selvas de Tabasco. El abogado Rodolfo Brito Foucher, en 1926, publicó en El Universal un trabajo donde denunciaba las condiciones infernales de las monterías guatemaltecas, el modo en que los hacheros eran enganchados con un pago inicial que se convertía en una deuda eterna por los intereses e incremento de los nuevos préstamos que se hacían indispensables. Como podemos ver, es la misma estrategia que Rafael Bernal desnudó en su folletón Caribal. El infierno verde (1954-1955), novela que plantea no el problema de las monterías, sino de los chicleros.

El volumen se cierra con testimonios recientes que dan noticia de los hechos armados que han tenido como escenario el sureste mexicano.

Una tierra para sembrar sueños. Historia reciente de la selva lacandona, 1950-2000 da cuenta de diferentes personalidades que pusieron sus anhelos en llevar el progreso y la justicia a Chiapas, como Pedro Vega, o en documentar la cultura de sus habitantes, tal como hizo la fotógrafa Gertrude Duby. Como era de esperarse, parte fundamental de este conjunto de textos la tienen los distintos abanderados de la teología de la liberación.