El secretario de Turismo del Distrito Federal, Alejandro Rojas, anunció la construcción en la Villa de Guadalupe de una cruz monumental de cristal templado, con un mirador y elevadores que llevarán a los visitantes hasta los brazos del monumento, mismo que tendrá iluminación interior de colores tan cambiantes como la chaqueta del mismo señor Rojas, antiguo miembro del PRI devenido perredista.
El secretario de Turismo de la capital declaró que en el proyecto de la cruz no habrá recursos públicos, de donde puede deducirse que serán privados, pues la inversión, agregó el funcionario, “será recuperada mediante el cobro de la entrada” y de otros servicios que se habiliten en ese monumento que, a más de fungir como un “símbolo de la ciudad”, será “un icono de la fe”, dijo el piadoso señor Rojas.
Como se sabe, los mexicanos no nos andamos con pequeñeces, todos la tenemos muy grande (nuestra ambición), y por eso mismo el anunciado monumento será “la cruz más grande del mundo”, un distintivo para la remozada zona de la Villa, donde se construye un gigantesco estacionamiento subterráneo, una zona de criptas para vender a los creyentes y una amplia explanada para los servicios religiosos.
Por supuesto, quisiéramos creerle al señor Rojas aquello de que para levantar la cruz de su parroquia no habrá recursos públicos, pero lo cierto es que los perredistas, tan denostados por el impune vocero de la arquidiócesis de México, Hugo Valdemar, han hecho grandes esfuerzos para congraciarse con la clerigalla. Los hizo Andrés Manuel López Obrador, quien destinó una suma considerable de nuestros impuestos a la inconclusa Plaza Mariana, y ahora los hace Ebrard con este proyecto.
Tal vez el negocio quede en manos de particulares, pues ésa es la tendencia en otras obras públicas, como las vías de comunicación concesionadas a la firma española OHL. Pero podemos apostar que el gobierno capitalino se gastará el dinero de los contribuyentes en esa cruz a la que seguramente se encomienda don Marcelo para ganar la bendición cardenalicia con vistas a su candidatura presidencial.
De modo que a otro perro con ese hueso. La dichosa cruz tendrá que construirse en un lugar cercano a la Basílica, en terrenos de la ciudad o sujetos a expropiación; el proyecto, los permisos, las concesiones y todo lo que rodea un proyecto de esta naturaleza puede convertirse en una fuga de recursos públicos a favor de una empresa privada en la que nadie garantiza que no participará Ebrard por sí o a través de interpósita persona.

