Humberto Guzmán

En El camino blanco, de John Connolly, encuentro algunos excesos propios de la novela negra actual de éxito. La narración me parece lenta, a pesar de las muchas situaciones de violencia y asesinato que la impregna. Como es sabido, cuando hay mucha repetición de un efecto, éste se desgasta. Tampoco ayudan las descripciones innecesarias de los condados, de la naturaleza, etcétera. Casi al final de la novela, al detective Charlie Parker, homónimo del gran músico de jazz (éste fue negro, creo que el detective no), lo persiguen para matarlo a balazos. Se adentra en el bosque y tiene calma para ver que se restrega contra alisos y acebos, luego ve que uno de sus perseguidores se zafa de las espinas de un acebo, después de matar a otro corre a donde “crecían arces rojos y carpes”, y se resguarda en “la espesura de arbustos y enredaderas”. Y todavía era la madrugada, presumiblemente oscuro todavía. Además, la narración de Parker es en primera persona; si la narración fuera omnisciente podría aceptarse que se sabe todo, pero si no, es difícil ser juez y parte.

Sin embargo, hay cierto humor, espontáneo de la manera de hablar cotidiana de los personajes. Un humor ramplón, gringo —aunque el autor es irlandés—, sarcástico, chistoso a veces; otras, no pasan de ser bromas babosas, de mal gusto, más que en las historietas dibujadas, aunque ambas narraciones se parecen.

Connolly nunca se decidió a incluir lo sobrenatural en esta historia. Muestra algunos atisbos de esta tendencia, pero no la desarrolla, y, bien mirado, son intrascendentes en la acción de Parker, fuera de que crean un punto de misterio en la atmósfera. El detective anda tras el rastro del o de los verdaderos asesinos de Marianne Larousse, una chica de una familia antigua y poderosa de Carolina del Sur. El acusado es un joven negro que tuvo el mal tino de acostarse con ella. Nadie quiere defender al presunto asesino y violador. ¿Y quién será el que lo ayude? Pues, Parker, cómo no. Se tiene que hacer la novela.

Connolly toma, en El camino blanco, un recurso que suelen reconocer a este tipo de novelas. El de la “denuncia”. Es constante la referencia a que si el acusado no fuera negro y sin recursos, no sería el culpable perfecto. (Aunque ahora sería mexicano, “latino” o indocumentado, pero estos títulos todavía no “venden”.) Se permite referirse a la historia de la esclavitud en Estados Unidos y al maltrato que esa sociedad ha dedicado a la raza negra, que sin duda es parte de ella. En realidad tal violencia se aplica contra todas las minorías y los pobres en general y dudo que sea exclusiva de aquel país. En El camino blanco se ve esa especie de bulling que parece estúpido, pero no por eso menos humillante y cruel, de los estadounidenses, conocido por sus programas de televisión y películas y por muchos mexicanos por experiencia propia en ese país. Pero Connolly quiso hablar de los esclavos negros y su historia —un tema clásico ya— en Estados Unidos, como un efecto de “denuncia” que siempre convence. Lo cierto es que hubiera bastado con presentar al joven negro, acusado injustamente, aunque todo lo señalaba (fue el último en ver con vida a Marianne Larousse, llevaba una relación íntima con ella, era descendiente de esclavos de los Larousse, etcétera) y hacer un retroceso a su pasado para ubicar algunos detalles sobre la esclavitud de sus antepasados, lo que fortalecería la tesis de su presunta venganza.

En estos días, posteriores al asesinato de ocho ciudadanos en Oslo y sesenta y ocho jóvenes en la isla Utoya, en Noruega, a manos de un terrorista fanático —como si hubiera de otros—, se publica en las páginas culturales que la novela negra (en este caso nórdica) se adelantó a los hechos. Y de El camino blanco dirían lo mismo. También se hace referencia a los grupos racistas como el Ku Klux Klan o los neonazis. El caso es que la novela negra trabaja con ciertos elementos muy identificados (asesinos, violentos y antisociales de toda laya, víctimas, investigadores privados, corrupción, policías, burócratas, ricos, bajos fondos), que no necesariamente saltan de la página roja (la novela negra es una ficción ante todo), que le permiten representar o utilizar estos problemas de la sociedad moderna —y de las otras también. Los comentaristas de la novela negra —y sus vendedores, por supuesto— les buscan méritos tales como “la denuncia social” y ahora “la predicción” (social) como sus hallazgos. Pero los elementos citados arriba son inevitables en la narración de la novela negra.

No obstante, en la novela hay denuncia desde El Quijote, desde la picaresca, aun desde la de caballerías, y en cuanto a la novela moderna, desde Madam Bovary y Crimen y castigo, en el siglo XIX. En nuestro contexto, quien dijera que en las novelas de la Revolución, que he comentado en estas páginas, dan muestra fehaciente de la denuncia de la corrupción, la traición y las matanzas en ocasiones sin sentido de la Revolución (como de la Independencia) no mentiría, ya que en aquéllas se encuentran el testimonio, la historia, la microhistoria, de ese movimiento. Pero la denuncia o el reflejo de lo social en la novela negra, como en las otras, no es lo importante. Lo importante es la bienhechura de la novela que la hace convincente y tal vez apasionante, con los elementos que elija con talento su escritor.

Por otro lado, en El camino blanco, Connolly, en medio de una narración recargada (demasiados personajes, datos, descripciones), se pasa de observador. La voz narrativa de Parker se confunde, de vez en vez, con la voz omnisciente. Por otro lado, no me enteré bien a bien a qué se refería con “el camino blanco”. Tal vez era el camino que llevaba a la muerte de los negros, además con la ironía de que era “blanco”, causada por los blancos (estadounidenses) racistas, asesinos y esclavistas y neonazis. Aunque parecía también un símbolo metafísico, un tanto romántico. Además, el escritor me guardó el lugar común de la gran sorpresa para el final. La de que el personaje menos esperado, el que le pidió auxilio a Parker para el caso, es el verdadero asesino. ¿Para qué lo llamó entonces? Todo en una dramatización de cine negro, por supuesto. La novela negra, como la de otros subgéneros, suele ser ligera y puede ser divertida y emocionante, muy a lo cinematográfico. No hay que disminuirle estas cualidades con denuncias, saturaciones y referencias históricas excesivas e ineficaces.

John Connolly, El camino blanco. Traducción: Silvia Barbero. Serie Detective.
Charlie Parker. Maxi Tusquets, México, 2011.