Manuel Berumen Resendes

Respuesta que, como ciudadano, doy a la exigencia de Calderón de unidad nacional.

En los últimos días, después de la dolorosísima tragedia sucedida en Monterrey, el presidente Calderón ha venido insistiendo, en cada oportunidad que se le presenta, en que todos los mexicanos debemos estar unidos. Pero además del llamado del presidente hay en su tono de voz un reclamo implícito, un reclamo que no sería vacío si acaso hubiera alguien que no deseara lo que él propone. Yo estoy seguro que no hay un solo mexicano razonable –aquellos que creemos que todos debemos comportarnos dentro de un marco de normas, valores y principios encarnados en la constitución y en las leyes– que no desee que todos los miembros de la sociedad mexicana estemos unidos entorno a un proyecto de nación que derive en una democracia de amplio alcance. Una democracia en el que todas las personas tengan la libertad de perseguir y alcanzar todos sus fines de vida legítimos. Sobra decir, esa democracia no se vislumbra siquiera como una lejana posibilidad real en nuestra, cada vez más, desfragmentada sociedad.

El defecto con el discurso de Calderón –además del tono de reclamo injustificado– es que desea que esa unión entre los mexicanos, ese acuerdo social necesario para terminar con el cáncer social que significa la delincuencia organizada y la violencia, se realice en torno a una única forma de concebir la manera en que las cosas deben ser hechas. Así, Calderón exige que la unión entre los mexicanos se transforme en un apoyo incondicional, que provenga de todos los sectores de la sociedad y todos los mexicanos razonables, en el que se acepte y se afirme su estrategia de militarización en el país. Esa es la única unión que Calderón entiende como aceptable; rechaza todo tipo de unión nacional si ésta implica realizar un giro a la estrategia de militarización tal y como él la ha planteado hasta ahora. En otras palabras, Calderón rechaza cualquier estrategia que tenga como objetivos simultáneos desmantelar la estructura financiera de la delincuencia organizada y transformar la estructura social de forma que se regenere el delicado tejido social. Sobra decir que hasta ahora su estrategia solo ha conducido a una odisea en donde algunos grupos de la sociedad se esfuerzan infructuosamente por tejer de día y él se empeña por destejer de noche.

La realidad es que Calderón es renuente a la unión de los mexicanos en torno a una estrategia de seguridad que tenga como propósitos desmantelar la estructura financiera de la delincuencia organizada y regenerar el tejido social porque ello implicaría tener que transformar las instituciones sociales y, simultáneamente, perseguir y encarcelar a un gran número de personas que pertenecen a esas instituciones en los sectores formales de la economía y la política y que, en una u otra forma, sirven a los propósitos de la delincuencia. Implicaría, por ejemplo, tener que enjuiciar por corrupción, complicidad y omisión a gobernadores, miembros de los congresos –locales y federal–, jefes del ejército y la marina, jefes y policías pertenecientes a las distintas agencias de seguridad pública. Implicaría perseguir y enjuiciar a banqueros y, en general, a personas importantes que forman parte del sector financiero formal quienes conjuntamente con empresarios de diversos sectores ayudan a lavar, mes con mes, miles de millones de dólares de la delincuencia organizada. De igual forma implicaría desmantelar o apropiarse de miles de empresas y comercios legales en todo el país, incluidas instituciones educativas de todos los niveles, que son propiedad de la delincuencia organizada y son administradas y dirigidas por familiares de éstos.

Resumiendo, implicaría un saneamiento de las instituciones sociales de las cuales obtiene beneficios la delincuencia organizada. Supondría, entre otras muchas cosas, el enjuiciamiento y encarcelamiento de miles de personas que no pertenecen directamente a la delincuencia pero que sí le sirven de puente para que el conjunto de sus operaciones –lo que incluye su inmensa operación financiera– sean realizadas con relativo éxito y sin mayores contratiempos. La unión de todos lo mexicanos en torno a una estrategia de ese tipo es la que no acepta Calderón y acusa de detractor y de traidor a quien, siquiera, se atreva mencionarla.

Calderón desea la unión de todos los mexicanos, únicamente, en torno a su estrategia actual de militarización. Pero hay que decir claramente que seguir haciendo las cosas como hasta ahora se han hecho implica imponerle, tan sólo, un pequeño obstáculo al crimen organizado para seguir creciendo y operando, obstáculo que resuelve fácilmente reclutando cada día más y más sicarios –la inmensa mayoría de ellos jóvenes entre 15 y 30 años sin oportunidades reales en los sectores formales–, que han ido muriendo poco a poco en la guerra contra la policía, el ejército y la marina. Ese camino, el hasta ahora seguido por Calderón, solamente significa que cada día haya más muerte de civiles inocentes y sicarios –sicarios que hay que decir están en el último escalón de mando de las organizaciones delictivas– al tiempo que la estructura de la delincuencia organizada aumenta en poder económico, político y social hasta constituirse, casi, en otro poder capaz de competir con el poder del Estado. Así, bajo tales condiciones es imposible unirse en torno a la oferta social que Calderón nos hace a todos los mexicanos. Aceptar esa oferta significa aceptar el suicidio social.

Como ya se dijo Calderón solamente acepta la unión de los mexicanos si ésta supone adherirse a su fallida estrategia de perseguir militarmente a los sicarios de la delincuencia organizada mientras que los jefes de éstos últimos continúan corrompiendo, todos los días, al conjunto de las instituciones que forman parte de nuestra cultura social, económica y política enmarcadas en una famélica democracia. Parece imposible que bajo esas condiciones los mexicanos alcancemos el tipo de unión que añora Calderón. Una unión que estaría sostenida, en el mejor de los casos, sobre columnas de arena que significaría continuar llevando a la muerte infructuosa a más mexicanos inocentes y a aquellos que no lo son pero que en cuyo caso deben ser encarcelados y enjuiciados y no asesinados impunemente como Calderón desea que continúe ocurriendo.

Ahora más que nunca, con la arenga de Calderón a la sociedad por no plegarse a su idea de militarización, éste ha demostrado ser un presidente autoritario y obcecado incapaz de aceptar que ha cometido errores gravísimos cuyo costo puede ser medido, hoy por hoy, mediante el conteo de vidas humanas. También es incapaz de aceptar que existen mejores estrategias de seguridad para conseguir el objetivo, ya del todo imperativo, de frenar el desmedido crecimiento de la delincuencia y la violencia que se crea alrededor de ésta.

Es imposible ceñirse a la idea de unión de Calderón porque ello supone continuar con la guerra tal y como ésta se ha desarrollado hasta ahora. Ello significaría aceptar la idea de Calderón de dejar en la más inmensa impunidad a un conjunto de personas que forman parte de los sectores y las instituciones formales que sirven como columna vertebral a la delincuencia organizada y que, por ese hecho, son delincuentes en sí mismos (delincuentes de cuello blanco). Ello supone seguir permitiendo que este grupo de personas sigan obteniendo enormes beneficios económicos por ayudar y permitir que la delincuencia organizada siga moviendo libremente sus inmensos activos financieros en el sistema económico formal. Significa, también, dejar en la impunidad a banqueros, políticos, mandos de las corporaciones policiacas, jueces, empresarios, etc., que han abusado de toda la sociedad corrompiendo sus instituciones.

¿Así es como Calderón desea que nos unamos: en torno a un proyecto fallido que apuesta por la muerte de más personas y deja en la impunidad a la columna vertebral de la delincuencia organizada? Yo no acepto la oferta de Calderón y creo que muchos otros mexicanos tampoco la aceptarán. No basta con el intento repetido de chantajear moralmente a los mexicanos cuando ocurre una nueva tragedia acusándonos a todos como culpables por no apoyarle como él desea. Es necesario, en estos momentos en los que se corre el riesgo de perder al país, que Calderón acepte que no se ha atacado la columna vertebral de la delincuencia y que es necesario empezar ya. Si se ataca el problema desde ahí pronto será posible sacar al ejército de las calles y terminar así con una ola de muerte y violencia que se encuentra atrapada en un círculo del que ya nos resulta imposible salir como sociedad.