Vicente Francisco Torres

Lo veo y no lo creo. En Ciudad Juárez, Chihuahua, la ciudad mártir del calderonato, un grupo de escritores, bajo la dirección de la narradora Rosario Sanmiguel, acaba de lanzar Levrel. Revista de Literatura. Nace sin editorial programático que explique su nombre. Sólo hay dulzura en la palabra; ninguna referencia canófila ni provocación ortográfica. De aquí que en este primer número, correspondiente a la primavera, predomine la poesía. Incluso una reseña sobre Mickey y sus amigos, la más reciente novela de Luis Arturo Ramos, está firmada por Agustín García, un excelente poeta que, como Sanmiguel, publica sólo en dosis homeopáticas.

El primer ensayo de la revista, firmado por la directora, es sobre Novela como nube, de Gilberto Owen, hecho que destaca no sólo la cercanía de Sanmiguel con la palabra poética como sillar de la narrativa, sino una actitud renovadora, no adocenada ni puesta al servicio de otra causa que no sea el arte literario.

Formalmente, Levrel contiene un suplemento poético (dedicado en esta ocasión al sueco Gösta Agren), y una interesante sección de marginalia que da cuenta de los avatares de los manuscritos de Franz Kafka en Israel. Como no podía faltar el relato con tema de la violencia, leemos “El circo: un vistazo a la vida de los malabaristas”, con el que Jesús José Silveyra ganó el concurso de Punto de Partida en 2010.

Aunque hay un buen trabajo sobre la relación entre William Faulkner y Juan Carlos Onetti, que me interesó por viejas razones personales, me parece que un breve escrito de Omar Baca, un joven de 19 años de edad, es el más ensayístico y me entusiasmó porque muestra que no todos los muchachos van tras la narrativa frívola y banal que las editoriales transnacionales ponen de moda y por las nubes. Además, mira con perspicacia la situación en que se encuentra la literatura mexicana, apoltronada, con los autores copiándose a ellos mismos, convertida en un modus vivendi, sin verdaderos intereses artísticos, sometida a las becas, al mercado y a las componendas. Van unas líneas de Omar: “Se ha caído en una trampa: llevar a la mesa de los escritores el pan de cada día para que escriban obras maestras. Esta comodidad sólo terminará por desvencijarlos. Alguna vez alguien nos planteó que los escritores deben ser seres marginales, perseguidos, bestias indómitas, libres. Concordamos. La literatura es transgresión pura, cambio incesante. Un verdadero escritor debe caminar entre la basura, sobrevivir.

“Con esta galería de premios en cada esquina, ya no hay preocupación por la literatura, sino por los requisitos del certamen. Mi libro será un idiota pero tiene las medidas 60 90 60. Qué importa si nomás es un reciclado, tiene lo suficiente para darme un lanita. Se pierde el interés por ofrecer lo inusitado porque es más productivo crear obras premiables, hechas con molde y calculadas con fórmulas (…) Quizá lo más prudente sea acabar con los premios y destinar ese fondo a programas que motiven el surgimiento de nuevos lectores”.