Juan Antonio Rosado

¿Qué lector no ha sentido, en un momento dado, fascinación o, por lo menos, interés por el tema de los piratas, el bandidaje marino, lleno de aventuras y truculencias? La Nueva España y el resto de Hispanoamérica vivió esta etapa, no ajena a los escritores, sobre todo a los autores decimonónicos que cultivaron con éxito la novela histórica. Por supuesto, hubo antecedentes coloniales, como los Infortunios de Alonso Ramírez (1690), de Sigüenza y Góngora. En su último libro, Los piratas del Caribe en la novelística hispanoamericana del siglo XIX, Adrián Curiel Rivera se adentra en el mar de muerte y pasiones de esos seres que vulneraban la hegemonía económico-política de España en territorio americano. Hubo piratas franceses, corsarios ingleses, bucaneros y filibusteros que se apoderaron del Caribe y que fueron recreados con maestría por los novelistas a los que se refiere Curiel en su estudio: desde el Francis Drake del argentino Vicente Fidel López hasta Los piratas del Golfo, del mexicano Vicente Riva Palacio, pasando por la colombiana Soledad Acosta de Samper y los yucatecos Justo Sierra O’Reilly y Eligio Ancona.

Durante el Romanticis­mo, los narradores hispanoamericanos, en su mayoría, “exaltan las gestas de los piratas y encomian sus acciones sediciosas en perjuicio del absolutismo” español. La excepción es Soledad Acosta. Curiel anota un hecho significativo que me recuerda a lo que ocurrió con la palabra “gaucho”: de ser un término peyorativo, pasó a convertirse, con el tiempo y gracias a los poetas que lo idealizaron o enaltecieron, en un vocablo de signo positivo. En este sentido, en las letras hispanoamericanas del siglo XIX se operó un cambio semántico en la palabra “pirata”, que se “resignifica” de manera positiva. De hecho, tal vez habría que incluir al pirata como un arquetipo mixto: no como un arquetipo del poder (como el caudillo) ni como un arquetipo de la marginalidad de los que habla Rosalba Campra (el indio, el gaucho, el negro o el inmigrante), sino como una mezcla de ambos; algo similar a lo que ocurre con el bandido, que, además, puede ser social o antisocial. La imagen idealizada del pirata en la ficción —dice Curiel— “adquiere el estatus de un símbolo de libertad que, de algún modo, remite al lector a la libertad política recién obtenida”. El escritor entonces desempeña un papel cívico cuyas funciones son cohesionar a una sociedad dispersa y también enseñar, ser didáctico o, como afirma Curiel, se le adjudica una “misión pedagógica”. El fin moralizador o didáctico de la narrativa sobre piratas encaja con otras novelas de la época que no tratan este tema. Ahora bien, las obras hispanoamericanas sobre piratería también se asemejan a las europeas “en el tratamiento histórico que dan a la peripecia”. Ambas, además, utilizan el recurso de la retrospección.

Los cinco ensayos que, con obras específicas como objetos de estudio, ejemplifican esta tendencia temática en nuestra tradición literaria, son “¿Pirata del Caribe o agente civilizador? Francis Drake en la narrativa del argentino Vicente Fidel López”; “los piratas esópicos de la colombiana Soledad Acosta de Samper”; “El filibustero mulato de Justo Sierra O’Reilly”; “El filibustero descastado de Eligio Ancona”, y “Piratas caribeños del Golfo, Vicente Riva Palacio”.

En la “Coda”, el autor concluye que la figura del pirata ha trascendido su categoría histórica para apoderarse del imaginario colectivo. En este sentido, Curiel no puede dejar de mencionar el influjo del cine ni la iconografía contemporánea de piratas. El autor demuestra un amplio conocimiento del tema aunado al rigor académico que implica la creación de estudios de este nivel. Lo anterior le permite al ensayista asociar las obras analizadas con la vasta tradición literaria sobre piratas y, evidentemente, con los aspectos legendarios y los motivos más recurrentes en la imaginería.

Adrián Curiel Rivera, Los piratas del Caribe en la novelística hispanoamericana del siglo XIX.
Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México,
Yucatán, Mérida,
2010; 158 pp.