Confesó mil 500 asesinatos José Antonio Acosta, El Diego, como jefe de La Línea, brazo armado del cártel de Juárez y adversario del Chapo Guzmán. Pero transcurrieron años para ser detenido por la Policía Judicial Federal.

El sembradío de mariguana “más grande en la historia de México” fue descubierto en Baja California el 13 de julio pasado. Tenía una superficie de 120 hectáreas y el valor por cada cosecha de la yerba ascendía a 157 millones de dólares. Lo encontraron fuerzas militares y ningún agente policíaco advirtió esa plantación en los años (¿…?) de su funcionamiento.

A diez kilómetros de la capital de Querétaro y a dos de la autopista México-Querétaro, el ejército descubrió un narcolaboratorio con superficie de 4 mil 500 metros y un valor de 20 millones de dólares. En el mismo había seis cisternas, algunas con capacidad de cinco mil litros. Tampoco vio tan gigantesca fábrica de metanfetaminas ningún policía, ni local ni federal.

Según información procedente de Washington, Vicente El Vicentillo Zambada manifestó por escrito que la agencia estadounidense sobre el control de drogas, la DEA, ha otorgado inmunidad al cártel de Sinaloa, cuyos jefes son el Chapo Guzmán y El Mayo Zambada.

El Vicentillo fue extraditado de México y es juzgado en Chicago. Afirmó que la protección a su padre, El Mayo y al Chapo ha sido para que suministren información sobre bandas rivales.

Estos son los hechos y cada ciudadano debiera formarse un juicio de cuanto realmente sucede en la república, tomando en cuenta el desempeño de militares, a quienes se les denuncia por violar los derechos humanos por ilícitos en que han incurrido.

Como tantas veces se ha dicho, los soldados no fueron adiestrados para identificar y detener a delincuentes. Pero en este sexenio se les envió a las serranías a enfrentar a los cárteles e incontables veces cayeron en emboscadas con la consecuente pérdida de numerosas vidas.

Es innegable, sin embargo, que los militares entreguen buenas cuentas y ahí están los casos del gigantesco sembradío de mariguana y el laboratorio de metanfetaminas, a los ojos de la población queretana. En cambio, los policías federales detuvieron al Pozolero, hasta cuando desintegró a 600 cuerpos humanos. En otros tiempos, policías locales o federales detenían a los criminales a pocos días de cometidos los homicidios.

Es increíble que a El Diego, principal sicario de La Línea del cártel de Juárez, y quien se desempeñó en Chihuahua durante por lo menos una década, haya asesinado a mil 500 personas, hombres, mujeres y menores de edad, y no lo hayan detenido agentes federales o policías estatales y municipales cuando inició sus asesinatos. Es claro que este individuo recibió protección en tantos años.

Voces de diferentes sectores exigen que el ejército y la marina sean retirados de la “guerra” contra el narcotráfico y éste sea combatido por los órganos policíacos. Pero si los agentes federales y locales son incapaces, como se ha visto, de detener con prontitud a criminales como el Pozolero y El Diego, ¿qué se puede esperar de ellos?

Según el presidente Felipe Calderón, los mexicanos estamos en deuda con los agentes policíacos, porque sacrifican sus vidas en bien de la nación. Incluso los condecora en actos previos y exhibe armentos en desfiles. Sin embargo, los resultados policiacos son pírricos. Según cuentas de medios informativos, el número de ejecuciones ya pasó de 50 mil en este sexenio. Sobre todo en estados del norte del país: Jalisco, Zacatecas, Michoacán, Guerrero y Veracruz.

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