César Arístides

En julio de 2011 se cumplieron cincuenta años de la muerte del novelista francés Louis Ferdinand Céline; el escritor maldito y condenado, el colaboracionista y el salvaje, el desterrado y el perdulario. Doctor, misántropo, provocador, renegado, muchos calificativos pueden acomodarse a la figura amarga de Céline, de este apasionado de la injuria y la locura, pero lo que resulta indudable es que a pesar de su actitud política y social cuestionable, su criterio visceral en contra de los judíos y su blasfemia permanente, su calidad literaria resulta hasta nuestros días deslumbrante, reveladora, tenebrosa mas con una ternura sucia, hostil que retrata a la condición humana desde la perspectiva del errabundo y el condenado, del hombre derrotado, del ser que ha visto las atrocidades de la guerra y ha perdido toda ilusión.

Autor de Viaje al fin de la noche, obra que lo dio a conocer en el ámbito literario francés y de inmediato le brindó el reconocimiento crítico, siguió con Muerte a crédito, De un castillo a otro, Fantasía para otra ocasión, Norte, Rigodón… panfletos y una biografía del doctor Semmelweiss, en su obra nadie se salva, ni los niños ni los ancianos, tampoco caben los soñadores ni los enamorados, su escritura es un reclamo y un alarido: tensa, nerviosa, incluso repulsiva y de erotismo lodoso; Céline tuvo como obsesión las tribulaciones del hombre desde lo individual (la infancia jodida, la adolescencia triste y llena de violencia, la edad adulta de sensualidades podridas, lesiones de guerra y contemplación de atrocidades) a lo universal (fue testigo de bombardeos, de destierro y escapada, habló de las guerras mundiales porque fue parte activa de su delirio), y en toda su obra literaria él es juez y condenado, hilaridad y aullido, dolor intenso que eleva su rencor.

Muchas páginas se han escrito sobre la célebre Viaje al fin de la noche pero es justo revalorar la obra de Céline por explosiva, voraz y compleja, una suerte de biografía del hombre europeo de entreguerras con todas sus miserias y abdicaciones posibles, sin duda un recuento de dificultades profundamente humano. En Muerte a crédito se habla de la vida y penurias del pequeño Ferdinand que vive en un pasaje comercial parisino con unos padres violentos que lo acusan y lo castigan continuamente, vecinos entrometidos y un ambiente atosigante; el niño Ferdinand es un mal estudiante y muy pronto debe trabajar. Se integra a las calles de París y de inmediato entra al infierno cotidiano de  estafadores, niños mugrosos y mujeres que lo introducen al mundo del sexo en forma grotesca.

El niño debe abrirse paso y mamar el veneno de la bestia, y en ese enfrentamiento con la vida, la bestia es la gran ciudad, la injusticia y la demencia del siglo que se despereza en calles que nacieron viejas y con habitantes que deambulan en busca del pan negro vestidos con la avaricia y el desdén. Novela impresionante y con una dosis de dulzura sublime, Muerte a crédito es un retrato del artista adolecente que se asfixia sin sueños en las penurias, el retrato más bello de un niño desamparado, destinado al fracaso y a la soledad pero que sobrevive a las adversidades con una carga de culpa tremenda y la ilusión de una nueva vida emponzoñada.

Céline deja la infancia pero no las amarguras y en De un castillo a otro relata las complicaciones que tiene para escapar de su país. Con su mujer y su gato se instalan en un castillo construido en un despeñadero, allí se relacionan con los otros colabos y detractores, con militares y la rancia alcurnia que ha perdido su poder, todos viven conscientes de que el fin está cerca y la metáfora de habitar una construcción en el abismo encaja perfecto con ellos, pues tarde o temprano la guerra acercará sus garras para devorarlos, la hondura los reclama, la degradación, la miseria humana.

Así que luego de viajes en tren delirantes, escenas de hambre y lujuria, frío en habitaciones señoriales convertidas en buhardillas, De un castillo a otro es una suerte de viaje a los infiernos, avernos que continúan con su indolencia, crueldad y severidad en las novelas Norte y Rigodón, donde la fuga se mezcla con bombardeos, acusaciones de propios y extraños, delaciones y lamentos, pues a Céline lo odian franceses, judíos, alemanes, daneses… todo el mundo vomita sobre su humanidad. Hundido en la paranoia, el escritor se escapa y se desmorona, el castigo por apoyar el régimen de Vichy y la simpatía por la enjundia alemana tiene una factura horrible, indecible e implacable que le aguarda, el novelista es un eterno condenado, el ser más miserable sobre la tierra, así las cosas el holocausto, el exterminio judío y los giros de fortuna de combatientes, caerán sobre su alma como una piedra maldita que nunca podrá quitarse, ni vivo ni muerto.

En Fantasía para otra ocasión relata el encierro en Dinamarca, sus alucinaciones de preso y su enfermedad física que le hace bajar cuarenta kilos, describe la vida en la cárcel y el espanto que le produce encontrar en lo alto de la celda a un fantasma que lo azuza y le recrimina, el dolor físico se mezcla con la locura y ambos se vuelven alarido y maldiciones, en esta obra el diario de un loco es un anecdotario escrito con el sufrimiento y las pesadillas, pero también con un humor inusual que retrata a los hombres —incluido él— de manera extraña, a veces jocosa y también grotesca, se aprecia la conjura de un necio que se burla de su condición y paradójicamente aumenta el odio a sus semejantes.

El Céline de la primera guerra mundial no existe, menos el que guiñó un ojo a Hitler o el que paseó con Caronte en las alucinaciones; el Céline de Fantasía… es un loco enclaustrado, un alucinante guiñapo que encarna la condición humana cuando las quejas, majaderías o conjuros no sirven más; el Céline de la cárcel, insisto, es un hombre derrotado que emplea los resabios de su  fuerza para burlarse aún más del mundo y de sí.

La burla, el encono irónico, la ironía lépera, es una constante en la obra del francés, se burla de intelectuales y políticos, de vecinos y de artistas, de próceres y editores, se burla de artistas y de estadistas, se burla de sí y de los ideales de los hombres. Para Céline la justicia no existe —tiene razón— y todo código político, moral, social está podrido; sus sueños patrios son polvo en la sangre, sus anhelos, con él, fueron desterrados para que se pudran en las ansias y el olvido. No hay salvación, la vorágine de la guerra devoró esperanzas y proyectos, por eso terminó sus días en la socarronería y la maldición, escribió para ganar dinero y contar su verdad, para atacar y ofender, no le importa el trabajo literario, sólo delirar, desbarrar, arremeter.

En julio de 2011 se cumplieron cincuenta años del maldito Louis Ferdinand Céline, un escritor odiado y temido, un novelista de la frustración y la rabia, de la dulzura enferma y la ternura violenta, del amor destrozado y los ideales perdidos en los escombros y las bombas, si hacemos a un lado los yerros de opinión y sus juicios sociales cuestionables ampliamente discutidos por intelectuales, políticos y humanistas, encontraremos a un hombre desquiciante, enfermo, a un escritor vital con una obra verdaderamente valiosa, enfrentaremos a uno de los escritores más grandes de la literatura universal.