Raymundo Canales de la Fuente
Una de las garantías que nos otorga la reproducción sexual es la diversidad, es decir, la certeza de que cada individuo tendrá diferencias —grandes o pequeñas— respecto del resto de sus congéneres.
En el caso de la especie humana se percibe no sólo como una ventaja evolutiva, sino casi como un don divino, siempre seremos diferentes, no tenemos una copia en ningún lugar del planeta.
Al margen del aspecto poético y mágico que contiene esa percepción, efectivamente todos somos diferentes y la lucha de la cultura por preservar esas diferencias y lograr respeto mutuo se considera uno de los avances sustantivos de la civilización. No es una tarea fácil, involucra en muchos casos actuar en contra de sentimientos profundamente arraigados e igualmente irracionales que cuesta trabajo dominar tanto en el ámbito personal y familiar como en lo social y político.
Baste pensar en la situación cotidiana que enfrenta cualquier persona al comunicarle a su familia que pertenece a otra religión, a otro partido político o que dejó creer en el dios “familiar”.
Las diferencias se expresan y quedan evidenciadas no sólo por el aspecto físico sino por el emocional y conductual; a cada persona se le ocurren cosas diferentes respecto a los mismos hechos y actuamos de modo distinto, y la sexualidad, entendida en su sentido más amplio (no sólo es la genitalidad) de ninguna manera está al margen de dicho ejercicio.
Bajo esta óptica podemos afirmar que existen casi tantas sexualidades como personas y lo que muchas culturas están concluyendo respecto de esta diversidad es que son validas todas las expresiones en este campo con la condición de que exista acuerdo previo de los involucrados, no se incluya nunca a menores de edad y no implique ningún tipo de violencia o coerción sobre nadie. Si bien es cierto que el coito hombre-mujer se ha considerado como el arquetipo de la sexualidad debido a su prístino papel en la reproducción, hoy día tenemos una amplísima gama de expresiones de la misma que quizá han existido siempre, pero no fue sino hasta el siglo XX cuando quedaron en evidencia debido a los estudios científicos de que comenzó a ser objeto este aspecto de la conducta humana. Recordemos los estudios de Master y Johnson que por primera vez en la historia se atreven a estudiar, bajo condiciones controladas, a una pareja durante el coito.
Mucha tinta se ha vertido describiendo las pruebas que hacen evidente el ejercicio de la sexualidad como parte de una vida saludable, satisfactoria y plena, en un principio respecto de la pareja heterosexual, pero con el tiempo se han hecho extensivos estos conceptos a todas las demás orientaciones sexuales, que por otro lado hoy no son consideradas “enfermedades” en los textos básicos de medicina, psiquiatría y ciencias de la conducta.
Todo este complejo panorama está incidiendo en muchos ámbitos de lo social, en lo político, así como en las manifestaciones culturales individuales, familiares y de pareja.
Es necesario que la sociedad en su conjunto acceda al análisis de las implicaciones tanto personales como de pareja respecto del tema, partiendo quizá de la pareja heterosexual (con fines exclusivamente de sistematización del conocimiento), para continuar con todas las demás situaciones posibles, y haciendo especial énfasis en las percepciones del propio cuerpo, la concepción del género y las relaciones de parentesco, aspectos todos trastocados por la tecnología reproductiva actual.
Ha sido tan vertiginoso el avance en el campo que poco se ha escrito en ciencias sociales al respecto, la sociedad está siendo profundamente afectada y está siendo modificada por el uso sistemático de las mismas. Se necesita una reflexión muy profunda para, incorporando los elementos de tolerancia y respeto, sentar las reglas que normen esta actividad humana en el beneficio de la sociedad.
Nadie está exento de la responsabilidad de opinar y participar en esta apasionante discusión. Esperemos que el texto aquí presentado sirva como un acicate más a la misma.
El panorama menos deseable es lo que estamos viviendo hoy en nuestro querido México: legisladores que por razones ajenas al bien común rehúyen la discusión o bloquean propuestas que puedan significar avances, probablemente influenciados por corrientes filosóficas basadas en alguna religión, y cito como ejemplo a la Comisión de Salud del Senado que no ha demostrado ninguna voluntad ni progreso en un tema sustantivo para la sociedad como la regulación de la reproducción asistida, cuando había manifestado su voluntad de discutir de manera abierta e incluyente el tema. Lamentable papel, ojalá algún día contemos con los mecanismos que nos permitan exigirle a los legisladores que cumplan con su trabajo o dejen su curul, que tanto nos cuesta a todos.
