Lo ocurrido en el estadio del equipo Santos estremeció a la Laguna, pero fue noticia que se difundió en todo México y en buena parte del mundo.

Lo ocurrido en el estadio de futbol de Torreón es señal inequívoca de que hoy los mexicanos nos sentimos más amenazados y más desprotegidos. La balacera se produjo afuera del inmueble y apenas un proyectil atravesó un vidrio sin mayores consecuencias, no hubo muertos ni heridos dentro del coso, pero sus miles de ocupantes vivieron minutos de terror.

Lo que cabe subrayar es que finalmente, dentro del estadio, las cosas no pasaron del susto, pero tremenda debe ser la sicosis que envuelve a los mexicanos si unos balazos lejanos pueden producir un susto de esa magnitud, con los riesgos inherentes a una estampida en ese lugar donde se congregan multitudes.

Lo ocurrido en el estadio del equipo Santos estremeció a la Laguna, pero fue noticia que se difundió en todo México y en buena parte del mundo. Las imágenes de televisión expresaron con la mayor elocuencia lo que hoy experimentan los mexicanos: la certeza de su indefensión, el saberse inermes ante los criminales y más aún ante las fuerzas policiales y militares, que en su desesperada y caótica cruzada victiman más a la población pacífica que a los delincuentes, como lo prueban los allanamientos y cateos sin orden de juez, las detenciones arbitrarias y el terror que imponen con sus armas quienes están para ofrecernos seguridad.

Los defensores del baño de sangre calderonista dirán que todo es un asunto de percepción, pero en política, ya se sabe, las apariencias cobran verosimilitud. Lo que parece, efectivamente es, más allá de los deseos de quienes malgobiernan. Y lo que se muestra ante la ciudadanía es la montaña de muertos, 40 mil o 50 mil, según diversas fuentes, de seis a 10 mil “desaparecidos” y un número mayor e indeterminado de “víctimas colaterales”.

Eso de “víctimas colaterales” implica que no son los directamente caídos en el enfrentamiento entre la delincuencia y los uniformados. El  concepto más bien engloba a los que pierden el empleo porque cerró el negocio donde trabajaban, los que amenazados por los criminales optan por dejar la ciudad donde vivían, los que no cuentan con la seguridad que el Estado debe brindarles en sus personas y su patrimonio, porque desde hace varias décadas el Estado se ha venido reduciendo por las políticas neoliberales y lo que queda es un conjunto de ruinas, escombros desperdigados por el país sobre los que se mueven los uniformados que imponen el terror a la gente pacífica.

Felipe Calderón no ha entendido que así no se protege al ciudadano común ni se abate la criminalidad. Ha fallado en todo.