Han pasado tantos años que he perdido la cuenta;  tampoco quiero acordarme quién fue el presidente que lo dijo.  Palabras más, palabras menos, en uno de sus mensajes indicó que nuestro país había logrado transitar de la miseria a la pobreza.

De la miseria absoluta, explicó, sin esperanza de  redención, a la pobreza digna que es lo propio de un país en vías de desarrollo; la pobreza que implica seguridad social, asistencia médica, habitación al alcance de todos los trabajadores, educación en todos los niveles, certeza en el empleo y salarios razonables para acceder a niveles satisfactorios de bienestar.
Todo eso…

Eran otros los tiempos, es cierto, y otras las circunstancias. El país crecía, la juventud confiaba en su futuro, México era respetado en todos los ámbitos internacionales, América Latina admitía el liderazgo de un país fuerte, seguro de su razón y dispuesto —tierra tradicional de asilo— a tender su mano generosa a quien le solicitaba auxilio.

Es cierto que la decadencia empezó con algunos gobiernos priistas, que confiaron más en el neoliberalismo del FMI y el acatamiento a los dictados económicos de Estados Unidos —los  Chicago Boys de triste y persistente memoria— pero sin llegar al grado superlativo de sumisión que hoy vivimos.

Dos sexenios de inoperancia panista han bastado para dar al traste con los logros de muchas décadas de trabajo fecundo y creador, como dijera en su momento don Adolfo Ruiz Cortines. Ya no es solamente el trágico balance de 50 mil muertos lo que aparece como el legado más visible de Felipe Calderón. Hay muchos agregados más, pero tal vez el más oprobioso para un régimen ineficaz sea la vuelta a la miseria de millones de mexicanos. Daño colateral, dirán algunos miembros del gabinete, con el cinismo de quien no conoce adversidades.
De acuerdo con el sistema de medición por ingresos, en solo dos años el número de pobres patrimoniales creció en más de siete millones de personas, al pasar de 50.6 millones en 2008 a 57.7 millones en 2010, según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social.

Se dice fácil: siete millones de tragedias individuales; siete millones de mexicanos que hubieran merecido un destino mejor y cuya  desgracia se esconde en la enormidad de las cifras: es más fácil imaginar el dolor de un niño que se rompiera un brazo, por poner un ejemplo, que la desgracia que abruma a siete millones de personas que esconden bajo el termino pobreza el  acceso a estadios de  miseria negra y sin remedio alguno.

En total, de acuerdo con este órgano del gobierno, suman 13 millones de mexicanos a quienes el régimen a condenado a la penuria, cuando no a la indigencia.

En realidad la cifra es aún más alta, ya que los números  están manipulados; el método usado por el Consejo Nacional de Evaluación privilegia conceptos que hacen ver menos adversa la pobreza. No considera variables duras y factores que influyen en conceptos admitidos como factores de bienestar. Si de acuerdo con cálculos del INEGI  el número de pobres se incrementó en forma explosiva, la fría objetividad de los números habrán de quedar como el legado —triste legado— de un régimen fallido que hace tiempo dio de sí.
Los huéspedes del infortunio… Su desdicha podrá iluminarse con la Estela de Luz que prometió el presidente Calderón y que habrá de engrosar los anales de irresponsabilidad e impunidad del sexenio.

Los nuevos pobres aplaudirán el presupuesto dedicado a ésta y otras torres de babel en lugar de dedicarlos a la lucha contra la miseria, y seguramente votarán a favor de quien los empujaron a niveles que nunca debieron de existir en el México contemporáneo.
Nunca…