Margarita Peña

… Fue una noche en que llovía, cuando Plácido brincó de la caja de cartón a la alfombra de la sala. Una bola, un caparazón  queratinoso como abanico a medio desplegar, panza rosada con pelos rojizos, patas arratonadas,  puntiaguda cola. Greta, feliz, le agradeció  a Mane –su pretendiente-  el regalo con un sonoro beso en sol mayor. Se estiraba  dentro del vestido ballerina color azul para alcanzarlo, agitando la  melena cobriza. Luis y yo,  sentados en el sofá,  tomados de la mano, intentábamos escuchar el concierto de Bach; apenas pudimos alzar las piernas  para que “eso” pasara debajo cual flecha, escapando  hasta la cocina. Risas agudas y otro abrazo. Greta coleccionaba chicos como perfumes; todos con auto “sport” convertible. Yo, sólo un novio, eterno, que viajaba en camión, hablaba de política y leía a Nietzsche: un do menor profundo. Después, ellos se despidieron y nosotras subimos a dormir. Greta, levitando en la quimera  de la zoología, su  pasión. La asustada bola rojiza,  sitiada, en algún recoveco de la amplia cocina. Yo, harta de tanto barullo, inquieta por el adiós desabrido de Luis. Cerca de las once de la noche, como solía, llegó papá. Tremendo susto se llevó al ir por su vaso de leche de rigor y  toparse con “eso”, golpeándolo al abrir la puerta de la cocina. “Eso” rebotó hasta el patio, huyó al garage y se escondió bajo el motor del  Ford, que aún trepidaba. Durante la noche escuché desde mi habitación  el tac-tac continuo del tieso rabo sobre los mosaicos, en  una ronda alucinante. Al día siguiente lo divisé trasegando las escasas plantas: solitario, tranquilo, indefenso. Lo llamé “Plácido”. Luis había amenazado con no volver hasta que “eso”  se fuera. Pero no sufrí demasiado porque Polo, estudiante de botánica y novio oficial de Greta, se ofreció a llevarse a Plácido a escarbar en su jardín de Tlacopac.
Plácido se volvió anécdota de sobremesa que nos hacía reír regocijadas, mientras papá y mamá fruncían el ceño y  comían el postre. Mamá, sobre todo, que durante el tiempo en que Plácido rondó el jardín no dejó de temer por la integridad de sus rosales. Luis había empezado a dejar de visitarme.
Tiempo después, entrado el otoño, Leopoldo hizo un sábado su aparición, triunfante, pregonando el delicioso sabor de los platillos exóticos. Delirante casi, cargaba bajo el brazo, bellamente envuelta en celofán, la lustrosa bolsa de armadillo, que colocó ceremoniosamente a los pies de Greta, en esa fiesta de cumpleaños. Ella la miró, la tomó  y soltó un alarido de “grand finale”.