Por Carlo Pizano

La ciudad de México, como destino turístico, no está en el lugar que le corresponde entre las grandes urbes del mundo. La riqueza cultural está ahí, así como la infraestructura para hacer negocios y convenciones también.

Si la materia prima está presente, ¿qué es lo que está fallando? La respuesta parece ser la siguiente: la ciudad de México como producto turístico no está terminado o se vende y promociona de manera deficiente.

La sede de los poderes federales lucha contra una percepción de inseguridad y conflictividad en sus calles. La coyuntura de la lucha contra el crimen organizado ha hecho visible que la ciudad de México resulta más segura en estos tiempos que otras localidades del país, pero eso puede ser simplemente el resultado de que éstas se volvieron menos seguras.

En realidad es en la conflictividad de la metrópoli capitalina donde ubicamos la causa raíz. Al preguntarnos por qué es conflictivo el Distrito Federal, de inmediato la respuesta son las marchas, los plantones, los ambulantes y la ausencia de cultura cívica.

Si volvemos a cuestionarnos sobre la causa de todas estas realidades, se asoman fácilmente la ausencia de Estado de derecho y la impunidad como causas de todas ellas.

Desde el pasado 3 de marzo, personas integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas se manifiestan a través de campamentos en la Plaza de la Constitución.  Dicha manifestación ha instalado comercio informal en la plancha del Zócalo, venta de comida, bebidas, artesanías, ropa, cargas para celular y copias fotostáticas entre otros productos

El Gobierno del Distrito Federal maneja un doble discurso en donde, por un lado asegura que hay que impulsar los sitios recreativos y culturales de la ciudad, y por el otro, permite la permanencia de este campamento que a todas luces quebranta la ley y daña la afluencia turística.

El cumplimientos de las leyes no es de “contentillo”, las actividades de los campamentos de los ex trabajadores violan el Reglamento de Tránsito Metropolitano, la Ley de Cultura Cívica y el Código Penal del Distrito Federal. Los campamentos ocupan energía eléctrica proveniente del alumbrado público a través de diablitos, además de causar daños a la superficie de la plancha del Zócalo con clavas metálicas que sujetan dichos campamentos y vandalizar el patrimonio nacional pintando escudos de la extinta Luz y Fuerza y  diferentes consignas.

¡Qué paradójico! La explicación a la deficiencia de una política pública de turismo resulta de la costumbre de violar la ley por parte de las autoridades y del ciudadano. Y es que en efecto, cuánto avanzaríamos como sociedad no sólo en la Zona Metropolitana del Valle de México sino en todo el país si una mayoría absoluta de mexicanos cumpliéramos con la ley y la autoridad aplicara las normas de manera exacta y oportuna. Un turista internacional es más un ciudadano del mundo civilizado cuando visita otras culturas en teoría igualmente civilizadas, por lo menos espera toparse con el consenso de que el Estado de derecho es condición para el disfrute de los derechos más esenciales.

De ahí que resulta inobjetable que sociedad y gobierno tienen que poner pausa a las inercias, al activismo a veces irracional para dar paso a reflexiones de largo plazo.